Mágica verbena de San Juan

jueves, junio 29


Queridos amigos virtuales,

Estoy completamente pletórica y extasiada de la vida. Hoy puedo ver las emociones ocultas que se esconden como duendecillos en cada pliegue de la existencia, que esperan risueños a que queramos descubrirlos y montarlos a nuestros hombros con el ademán de una sonrisa. Están en cada esquina, en cada sombra de cada copa, en cada soplo de aire, en el hueso de cada aceituna, en cada risa y en cada mirada que rebosa picardía juguetona.

El viernes partí de Inglaterra a pesar de que no había terminado aún la Royal Ascot, volé en mi jet hacia Mallorca para celebrar la verbena de San Juan. Gregor me había llamado para invitarme a la espléndida fiesta de una amiga suya, que se celebraría entre una paradisíaca cala privada y una mansión situada en un lugar apartado de la costa. Me convenció de inmediato a pesar de que la compañía de Ernest me estaba resultando de lo más embriagadora y de que el enfrentamiento de pamelas estaba cada vez más interesante. No sé, algo me decía que, a pesar de todo, debía estar en esa fiesta.

Ya era de noche cuando embarcaba con Gregor y Christopher en el yate que nos llevaría del puerto hasta la cala donde se celebraría la fiesta. Al parecer la única forma de acceder a esa cala era por mar, pues estaba en una zona apartada rodeada de riscos escarpados. La luna brillaba en el cielo nocturno reflejándose en el agua oscura donde moran ocultas las sirenas, entre montones de estrellas que brillaban como pequeños diamantes de muchísimos kilates. Las partículas de agua salada que desprendían las olas flotaban en la brisa acariciando mi rubio cabello, haciéndolo ondear.

La emoción recorría por momentos mi esbelto cuerpo cuando vislumbré la agitación que había en aquella playa. ¿Y si allí estaba el hombre de mi vida, el que conseguiría que abriese mi alma como un capullo de pitiminí? Entusiasmada, me asomé cuanto pude por la borda, sujetando mi pamela con la mano para no perderla en las profundidades. Alrededor de una hoguera bailaban varias personas a ritmo de una suave música chill out mientras otras tomaban cócteles en unas barras instaladas en la arena, entre las palmeras. Todas iban vestidas con ligeras ropas de lino blanco que ondeaban con la brisa haciendo titilar sus largas sombras.

Cuando al fin desembarcamos, mi pecho latía trastornado por la excitación. Para que no se mojaran mis exquisitos zapatos de tacón, un apuesto hombre se acercó con gran caballerosidad y me cogió en brazos para llevarme hasta la arena seca. Era muy masculino, joven y apuesto, con una mandíbula cuadrada poblada por una barba de un par de días que, si os soy completamente sincera, hacía que se me hiciera la boca agua. Mientras me sostenía con sus fuertes brazos dorados, yo apoyaba la mano en su nuca y notaba la caricia de su melena rubia. Noté como por mi piel corrían los lascivos duendes de la noche y el fuego, haciendo que mi vello se erizara por allí donde pasaban. Su olor me embriagaba con efecto hipnótico. No dejó de mirarme fijamente ni un solo momento, y me ruboricé. Estábamos a punto de alcanzar la orilla cuando me sonrió y grité sin poder evitarlo. Eran sus dientes, o mejor dicho el hueco que dejaban los que no estaban. Asustado por mi repentino grito, me dejó caer sin querer, y acabé empapada de arriba abajo. Mis zapatos, mi pamela, mi vestido... todo. La gente había dejado de bailar y todos me miraban atónitos. Debía estar totalmente ridícula y roja como un tomate marino. No entendía que tenían los dioses contra mí para que siempre acabara haciendo el ridículo de esa manera. Seguro que la diosa de la belleza me tenía envidia y me lo estaba haciendo pagar.

Me descalcé y Christopher me ayudó a llegar a la arena. Me sentía penosa, dejando un rastro de tristeza líquida por allí donde pasaba. No podía creer que toda mi preciosa ropa y mis zapatos estuvieran empapados de agua salada. Esperaba que en la tintorería fueran capaces de arreglar ese estropicio. Qué depresión.

Con Gregor a la cabeza, empezamos el ascenso por el camino que llevaba a la mansión. Se internaba por un bosque alumbrado con pequeños farolillos japoneses que se mecían como si duendes invisibles los zarandeasen. La verdad es que era precioso, pero no tanto como la mansión que se alzaba majestuosa en lo alto del acantilado. Un halo de misterio la rodeaba como si una leyenda de película antigua se cerniese sobre su silueta recortada contra la luna.

Llegamos a la puerta y Christopher se disculpó porque tenía que volver al yate para recoger las maletas. Gregor y yo entramos, y me condujo hacia una habitación para que pudiera secarme y cambiarme. Cruzamos por un pasillo y cuando quise darme cuenta estaba a oscuras y sola. Con el ruido de mis tacones, no me había dado cuenta de que los pasos de Gregor habían desaparecido. Le llamé pero no hubo respuesta. Volví sobre mis pasos y llegué a la puerta por la que había entrado al pasillo, pero estaba cerrada. Una sensación de peligro me recorrió como un latigazo de vodka. Me daba cuenta de que me había puesto en las manos de un completo desconocido, porque en realidad no conocía a Gregor de mucho más que del trato cordial que habíamos mantenido por el tema de mi diario personal en internet. ¿Y si era un asesino en serie o un maníaco sexual?, ¿y si quería abusar de mi cuerpo desnudo? Oh, que ingenua me sentí, queridos. Me sentí completamente indefensa, y no pude evitar imaginarme desnuda, ensartada en la pared con un cuchillo como si fuera un broche de mariposa en una solapa.

Avancé tanteando la pared. Agradecí sobremanera la compañía del sonido de mis tacones de aguja en aquella cerrada oscuridad, aunque estuviera acompañado del chapoteo del agua. Era extraño, porque el pasillo era excesivamente largo para que no hubiera encontrado todavía ninguna puerta, y de vez en cuando daba un giro inesperado. Finalmente, llegué a una salida. Coloqué la mano sobre el pomo mientras mi pecho subía y bajaba presa de mi agitada respiración. Abrí la puerta con suma cautela y miré al otro lado. Nada, todo estaba igual de oscuro. No podía hacer otra cosa, así que entré dando pequeños pasos. De repente tuve unas irrefrenables ganas de reír. En aquel momento me había imaginado a mí misma como una de aquellas antiguas muñecas de famosa, toda mojada y engalanada.

Vi un brillo en la oscuridad y la risa se me rompió como frágil cristal. Algo se me estaba acercando. Instintivamente, me quité uno de los zapatos y lo dispuse a modo de arma. El tamborileo del corazón latía con fuerza en mis sienes. Apreté los dientes. Fuera lo que fuera iba a recibir el mayor taconazo que nadie hubiera recibido jamás.

Pude sentir una respiración detrás de mí, ¡había más cosas allí! Vi varios brillos más, y estaba a punto de dar el mayor grito que hubiera dado nunca cuando se hizo la luz y pude ver lo que me rodeaba. Ya había hecho dos veces el ridículo en un solo día.

—¡Feliz cumpleaños Pamela! —gritaron al unísono Marco, Michael, Gregor, Alessandro y Christopher. Estallaron en sonoras carcajadas al ver la posición en la que yo me encontraba, con el tacón en alto y toda mojada, con el pelo pegado a la cara como los viscosos tentáculos de un pulpo, visiblemente nerviosa y alterada, sorprendida y descolocada.

Mientras Christopher me quitaba el zapato de la mano y Michael me cubría con una manta, Marco me dio el abrazo más dulce y anhelado de toda mi vida y, sin saber siquiera por qué, eché a llorar como una niña. Estaba tan feliz y emocionada que no podía contener el río de mis lágrimas. Allí estaba yo, una frágil mujer entre los hombres más apuestos y maravillosos del mundo, en una fiesta sorpresa de cumpleaños organizada en una mansión posada en la cima de un acantilado de la costa mallorquina. Pensado así sonaba de lo más glamouroso, así que instantáneamente me ruboricé de placer y me abracé lo más fuerte que pude a la espalda de Marco, mi querido profesor brasileño. Estaban todos guapísimos vestidos de blanco.

Tras los abrazos, me di cuenta de que en el centro de aquel salón había una enorme tarta de cartón piedra. Una música estilosa a la par que sensual empezó a sonar. Las luces se atenuaron. Mis amigos me empujaron hacia la tarta y me dieron un encendedor para que prendiera la vela que la coronaba. Me acerqué alucinada, y en el mismo instante en que con pulso tembloroso prendí la vela, la tarta estalló lanzando confeti de colores y pétalos de rosa. No podía creerlo, allí estaba él, el tantas veces anhelado y soñado. ¿Pero cómo lo habían sabido?, ¿cómo habían sabido que ése era el mejor regalo que podían darme?,¿y cómo lo habían logrado? Daba igual, ahora no importaba. La cuestión era que estaba ahí, delante de mí. El chico martini...

Completamente henchida de espíritu, con el pelo seco y arreglado cubierto por una blanca pamela llena de margaritas, vestida de blanco y calzada con unas exclusivas sandalias de Christian Dior, me dirigí hacia la puerta de la mansión del brazo del maravilloso y apuesto chico martini para ir hacia la fiesta de la playa. Aunque ya hiciera unos años de aquel anuncio en que posara junto a Charlize Therón, él seguía igual de gallardo. Para mí siempre sería especial.

No, los dioses se habían propuesto que aquel día no fuera perfecto bajo ningún concepto. Ya había olvidado el ridículo que había hecho en dos ocasiones aquel día, y mis preciosas ropas estropeadas. Yo, en mi ingenua ignorancia, había creído que al estar en su compañía ya nada podía ir mal, que era imposible. Qué equivocada estaba. Abrí la puerta, y cual fue mi ignominiosa sorpresa al encontrarme de cara con ella. Me quedé helada. No podía ser, aquello era impensable, una pesadilla. No, no había bebido tanto como para estar alucinando. En el club social, en mi hotel, y ahora allí estaba Samantha con las llaves de la puerta en la mano. Me sonrió y me miró con el acostumbrado desafío latiendo en el fondo de su mirada. No conseguí moverme cuando me dio dos besos para saludarme.

Resulta que ella era la amiga a la que se había referido Gregor cuando hablaba de la fiesta. Cuando Samantha había sabido por Alessandro que era mi cumpleaños y que mis amigos querían hacerme una fiesta sorpresa, se ofreció amablemente a que la hicieran en su casa de Mallorca aprovechando la fiesta que daba por la verbena de San Juan. Aceptaron sin dudar tras escuchar la descripción del lugar. Incluso les ayudó con sus contactos a encontrar al chico martini. No entendía nada, ¿Samantha les había ayudado?, ¿con qué fin? No podía ver por dónde iba aquella mujer.

La noche fue indescriptiblemente maravillosa y mágica. Al final, después de toda la noche entre bailes, risas y copas, y de intercambiar alguna que otra frase con Samantha, empecé a pensar que quizá, sólo quizá, no tuviera malas intenciones.

Una noche para guardar en la memoria siempre.

Siempre vuestra, y encantada
Pamela

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Felicidades

jueves, junio 22


Queridos amigos virtuales,

Oh, queridos, escribo totalmente desconsolada y defraudada, me siento como un tulipán mustio, una pobre flor que se han olvidado de regar. Luego os contaré por qué, ahora prefiero escribir sobre cosas más gratificantes, como los avances tecnológicos que Gregor, mi informático personal, ha puesto a disposición de mi diario íntimo: una preciosa esfera de reloj, calendario, el clima de hoy en mis ciudades predilectas, pizarra de mensajes, y búsquedas de Google. En conclusión, una exquisitez, ¿no os parece? Gregor es tan eficiente cuando se lo propone...

Me llamó la semana pasada para citarme porque quería verme para hablar acerca de los adelantos que podíamos incorporar en mi diario íntimo y personal, pero como ya sabéis no estaba con fuerzas por todo lo ocurrido, muy a mi pesar, así que fue él quien se acercó a mi hotel. Estuvimos hablando en la sala de fiestas, donde Alessandro nos preparó dos exquisitos cócteles y tocó el piano para ambientar la velada. Christopher nos observaba desde la distancia, siempre tan apuesto. Desde que le conté mi último encuentro con Alfred, no me quita la vista de encima y... la verdad es que tengo que admitir que no me molesta en absoluto ser objeto de la perpetua atención de esos dos preciosos ojos castaños.

Bebí un sorbo de mi copa mientras le miraba. Una corbata azul se abrazaba a su cuello apasionadamente, resaltando sus músculos y su prominente nuez. El efusivo parloteo de Gregor se mezclaba con la música que tejían los ágiles dedos de Alessandro. De repente, sin saber por qué, me sentí indescriptiblemente sexy, rodeada por aquellos hombres cuya atención se centraba únicamente en mí. Sentí en la curva de mis pestañas la electricidad estática que flotaba en el aire.

El piano se quedó mudo y su repentino silencio rompió como una aguja la burbuja de champán de mi ensoñación. Alessandro había dejado de tocar para acercarse a la mesa en la que Gregor y yo trabajábamos con nuestros portátiles impulsado por la curiosidad de saber qué estábamos haciendo, supuse yo. Bajé las pantallas de ambos ordenadores con actitud despreocupada e inicié una conversación casual. No quería que supiese que tengo un diario en la red en el que escribo de él entre muchas otras cosas. Si alguna vez leyera lo que escribo me moriría de vergüenza.

La conversación fluyó tan natural como respirar los vapores de las aguas termales de mi centro de belleza. Me resultó sorprendente estar hablando los tres porque de repente fui consciente de que estaba mezclando mundos disjuntos, mundos que hasta ahora habían estado siempre separados. No sé, es como combinar un bolso de Chanel y unos zapatos de Armani o un vestido de Christian Dior, nunca sabes si podría salir bien. Me animé, e invité a Christopher a que se sentara también con nosotros, y la verdad es que surgió una conversación de lo más agradable e interesante.

Cambiando de tema, queridos, os diré que desde ayer estoy en Londres. No sé cómo se me ha podido pasar, ¡es algo que no me perdonaré nunca! Mi corazón sollozó en el silencio, llorando lágrimas de vino. Aunque os parezca increíble y ni yo misma pueda explicármelo, me olvidé de este evento tan importante. ¡Me he perdido la inauguración de la Royal Ascot! Fue ayer cuando desperté entre mis sábanas de seda y de repente caí en la cuenta de que era ¡veintiuno de junio! Creí que desfallecía allí mismo cuando recordé que había comenzado ya el día anterior. Me sentí menguar por dentro, arrugarme como si fuera de papel, pincharme en el alma con agujas de acupuntura, como aquél día que me quedé dormida y no fui al examen de historia de la moda para el que me había preparado tanto.

Corrí tanto como pude, acudí a comprar la mejor y más exuberante pamela que encontré, y volé en mi jet privado a Inglaterra acompañada de Christopher. Queridos, ¡una de mis peores pesadillas hechas realidad! Imperdonable. Olvidarme de la Royal Ascot... El torneo más importante del calendario hípico mundial, el torneo mundial por excelencia de pamelas, el punto de reunión del lujo y del glamour preferido por la alta sociedad inglesa y los miembros de la Familia Real... ¡y yo improvisando!

Llegamos a Londres y rápidamente partimos en mi limusina hacia Ascot, en el Condado de Berkshire. Sólo respiré tranquila cuando por fin entré cogida del brazo de Christopher, que iba adecuadamente engalanado con un precioso sombrero de copa. Era maravilloso, me sentí como si hubiera vuelto al medio natural del que nunca debí salir. Allí todo era elegancia, las apuestas por los caballos se efectuaban entre copas de vino español y champán, salmón ahumado, fresas con nata y sorbos de Pimms, y siempre bajo la mirada atenta de la reina que se encargaba de preservar el buen vestir.

La Royal Ascot, el torneo mundial por excelencia de hípica y pamelas

Christopher me ayudó a elegir el caballo por el que debía apostar, pues antes de ser guardaespaldas se había dedicado profesionalmente al mundo de la equitación y entendía muy bien de todo eso, así que se fue a hacer las apuestas. Respiré hondo, ya más calmada.

Hacía sol, sólo había unas pocas nubes en el cielo que lo manchaban aquí y allá como si se estuviera desmaquillando con pedacitos de algodón tímidamente. Yo estaba a la sombra de mi pamela. Una enorme y preciosa pamela de color anaranjado que combinaba a la perfección con mi vestido, mis manolos y mis pendientes. Me sentía como un tulipán recién salido de su bulbo, respirando el aire veraniego por primera vez.

—Un estupendo día, ¿no le parece? —dijo una voz a mis espaldas en perfecto inglés. Me di la vuelta, pero no era consciente del gran tamaño de mi pamela y tuve la mala suerte de golpear a aquella persona en pleno rostro con el ala haciendo que sus gafas salieran despedidas. Esto sólo me podía pasar a mí.

Mientras se reponía del golpe, pude observarlo con detenimiento. Era un hombre moreno de mediana edad muy bien conservado, apuesto, tan esbelto como un junco en su traje negro y a la vez intrínsecamente elegante y seguro de sí mismo. Lucía bigote y perilla exquisitamente recortados. Su cara era de facciones rectas, con un recto perfil griego.

—¡Oh, discúlpeme! ¡Ha sido un lamentable accidente! —me sonrojé al ver sus increíbles ojos verde esmeralda. La luz se reflejaba en ellos como se refleja en una laguna de ensueño, formando un arco iris en tonos verdes. Me apresuré a recoger sus gafas. Nuestras manos se rozaron al hacer el mismo ademán.
—No, no. Discúlpeme usted por haberla importunado así ­—dijo mientras se colocaba las gafas. En lugar de lo que se pudiera pensar, las gafas contribuían a que su cautivadora mirada se hiciera más interesante aún. Cada uno de sus movimientos era armónico, ni lento ni rápido, como si tuviera que ser exactamente así y no de ninguna otra forma—. Permítame que me presente, soy Ernest, Ernest Jones —se retiró el sombrero y me besó la mano como un caballero. Me di cuenta de que esos ojos me estaban embrujando, no podía apartar la vista de ellos.

Ernest me contó que se dedicaba a la abogacía. Se había tomado unos días de descanso para venir a la Royal Ascot porque le encantaban las carreras de caballos. Tenía una conversación interesante y era muy divertido, poseía un humor sarcástico e inteligente, capaz de hacerme reír a carcajadas con sus sutiles atrevimientos. Tras varias horas, finalmente nos despedimos hasta esta tarde pensando que ya nos volveríamos a ver allí.

Después Christopher me llevó al hotel. No fue hasta que estuve entre las sábanas de mi cama y encendí la televisión cuando me percaté del día que era ayer. En las noticias, un montón de gente se agrupaba en torno a uno de los misterios de la tierra que se halla en Inglaterra, Stonehenge, para ver salir el primer sol del verano.

Veintiuno de junio. Solsticio de verano. El día de mi cumpleaños. Nadie me había felicitado.

Siempre vuestra, y decepcionada
Pamela

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La araña y el lobo

viernes, junio 16


Queridos amigos virtuales,

Como supongo que ya sabéis, por los comentarios que os he ido dejando a algunos de vosotros, he estado un poco deprimida y asustada. Sólo un poco, nada serio, así que no sufráis. He agradecido muchísimo vuestras muestras de interés porque la verdad es que los días han pasado lentos y lánguidos entre las paredes de mi suite del hotel. Las sombras me rodeaban, se me arrimaban tímidas y silenciosas para rozarme los tobillos con su negra melena porque no las hacía huir con la luz del sol al no descorrer los cortinajes de los grandes ventanales. Sólo mi incombustible copa de martini me hizo compañía en las dilatadas horas en que me dedicaba a pensar en todo lo que me había ocurrido: Michael, Alfred, Christopher, Samantha...

Samantha. Esa horrible mujer se está convirtiendo en toda una pesadilla para mí. Mala suerte la mía, que me persigue como una maldición japonesa terrorífica... ¿Mala suerte? A estas alturas ya no estoy tan segura de que sólo la suerte tenga algo que ver en esto. Esa misteriosa mujer está tramando algo, estoy casi segura, puedo sentirlo en la curva perfecta de mis pestañas, queridos.

Tras lo sucedido en mi club social, confiaba en no volver a verla nunca para no tener que afrontar el espantoso ridículo que hice. Pero pocos días después de aquello me dejé caer de nuevo por la sala de fiestas de mi hotel para hablar un ratito con mi querido Alessandro y allí estaba ella, espléndida, envuelta en un precioso traje negro, con el esbelto cuello rodeado por una gargantilla espectacular de diamantes. Una elegante araña envolviendo con su tela de seda y encaje a los incautos dispuestos a caer en sus maquiavélicas redes. Estaba hablando con mucha soltura con mi querido Alessandro, y él también la estaba mirando con aquella mirada... la mirada que Christopher tenía cuando la conoció en el club social. Se reían. Una risa que desprendía complicidad y que hizo que mi boca se torciera en una mueca de desaprobación inevitable. Noté que en ese mismo instante mis ojos se convertían en dos finas rendijas amenazadoras, cada una con un punto azul que ametrallaba a Samantha intentando desintegrarla para que no quedara de ella ni su recuerdo.

¿Casualidad? Me acerqué a ellos entre indignada y sorprendida, y debo reconocer que no fui del todo gentil con ella. Las palabras salían disparadas entre mis dientes como cuchillos que volaban ásperos como la piedra pómez que mi tía solía usar para retirar las durezas de la planta de sus diminutos pies. Aunque en todo momento mantuve la compostura con gran esfuerzo y nunca fui vulgar, la invité muy sutilmente a que abandonara mi glamouroso hotel. Ella, abatida, con el orgullo herido, vencida en mi terreno, alzó la barbilla y se fue despidiéndose de Alessandro. Ni siquiera se dignó a dirigirme la mirada.

En ese momento me sentí poderosa, una corriente eléctrica de poder recorrió mi grácil cuerpo, pero ese poder también me llenó de oscuridad al ver el reflejo de la mirada de reproche de Alessandro. Había obrado mal, había usado mi poder sobre el hotel para vencer a Samantha en inferioridad de condiciones, y supe en ese momento que me había denigrado como persona, que había cometido una bajeza propia de gentuza de baja clase.

Arrepentida, corrí en pos de Samantha. El sonido de mis zapatos de aguja llenó la sala de recepción. La llamé numerosas veces pero al parecer no me escuchó, pues seguía caminando con paso firme. La alcancé cuando bajaba las escaleras de la entrada del hotel a punto de entrar en su limusina. Sin aliento, me disculpé con toda la franqueza que el arrepentimiento infundía a mis palabras a pesar de su cara impasible. Antes de subirse en su limusina y sin decir nada, me dedicó una sonrisa maliciosa. No supe cómo reaccionar, sencillamente me quedé allí hasta que me percaté de que el coche se había perdido de vista.

Fue entonces cuando me quedé tan helada como si me hubieran lanzado una coctelera de hielo picado por el escote. Me arrepentí ipso facto de haber dado unos días libres a mi guardaespaldas Christopher, porque allí estaba de nuevo Alfred, en su coche, observándome con una cara tan extraña que todo el cuerpo se me revolvió. Abrió la puerta y se dirigió hacia mí con paso decidido. Tambaleándome y con el corazón latiéndome acelerado, ascendí las escaleras y conseguí cruzar la puerta del hotel antes de que me alcanzara. No se atrevió a entrar, pero aún continuaba allí de pie cuando se cerraron las puertas del ascensor que me llevaría a mi habitación.

Siempre vuestra, y con el corazón destemplado
Pamela

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Cóctel: Caipirinha

jueves, junio 1


Queridos amigos virtuales,

Al final, entre apagada y aburrida, me dejé caer unos minutos por la sala de fiestas de mi hotel. Estaba un poco baja de moral por culpa de lo sucedido en mi club social, y sólo el martini que reposaba sobre mi mano izquierda cual animal de compañía me animaba un poco. En honor a la invitación de Marco que rechacé, que salió a uno de los locales de salsa que tanto le gustan, le pregunté a Alessandro sobre ese cóctel tan popular en Brasil: la caipirinha. Sus labios empezaron a expulsar sabias palabras que me apresuré a anotar debidamente en mi glamourosa agenda.

Al parecer, el ingrediente clave en la elaboración de una buena caipirinha es la cachaça, un aguardiente que se obtiene de la caña de azúcar y que, poco a poco, se ha ido convirtiendo en el espíritu nacional de Brasil, en un símbolo de identidad del país y de sus gentes. La historia de la cachaça se remonta 400 años atrás, cuando los dueños de las plantaciones comenzaron a servirla a sus esclavos porque incrementaba su vigor corporal. En el transcurso de los años se fue depurando su destilación y empezó a beberse en las mesas del Brasil colonial.

Este cóctel fresco y exótico está triunfando internacionalmente tanto como lo ha hecho en Copacabana Beach. El caipirinha tradicional está hecho con cachaça, azúcar y limas machacadas, pero a veces se sustituye la cachaça por vodka, tomando entonces el nombre de caipiroshka, o por el ron, en cuyo caso se le conoce como caipirissima.

Caipirinha- Una lima cortada en 8 partes
- Dos cucharadas de azúcar blanco
- Medio vaso de cachaça
- Medio vaso de hielo picado
- Un chorrito de frescura personal
- Adorno: pajita
- Cristalería: vaso on the rocks

Lavar la lima con agua abundante y secarla bien. Cortarla en ocho partes y ponerla en un vaso de cristal resistente junto con el azúcar. Machacarlo con ayuda de un mortero de madera, con cuidado para extraer el jugo y la pulpa de la fruta sin que se desprendan demasiado los aceites de su piel. Añadir el hielo picado y la cachaça, y ¡shake, shake, shake! Agitar quiero decir. Hacer dos e ir rápidamente a la playa más próxima a buscar a alguien especial a quien ofrecerle tan deliciosa bebida. Ideal para tomarlo en una veraniega playa de ensueño rodeada de palmeras.

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