La mujer de los ojos azules

domingo 16 de marzo de 2008


Queridos amigos virtuales,

Aquella mujer era joven, calculé que aproximadamente debía tener la edad de Václav, y aunque no era especialmente atractiva físicamente, lo cierto era que desprendía algo que la hacía especial, aunque no sabía determinar qué era. Se me antojó pensar que esa cualidad era como el ingrediente secreto de un maravilloso martini.

Václav y ella discutieron durante unos segundos delante de mí, de los muertos del cementerio y de algunos turistas que en ese momento pasaban por allí, pero no me hizo falta entender lo que decían para saber que algo no andaba nada bien, sólo necesitaba prestar atención a la angustiosa sensación que se había instalado en la boca de mi estómago.

– Enseguida vuelvo, Pamela –me dijo Václav.
– No te preocupes, esperaré aquí –respondí, todavía patidifusa por la situación.

Acto seguido, Václav cogió del brazo a la mujer con cierta furia contenida y se la llevó. Mientras se iban, ella me lanzó una mirada furibunda. Instintivamente crucé los brazos sobre el pecho y me encogí. Estaba claro que me odiaba, sin embargo eso no hizo que me pasara desapercibida la gran desesperación que latía en el fondo de aquellos ojos azules. La mujer estaba aterrada, pero ¿por qué?

Impulsada por algún tipo de enigmática energía, me levanté del banco con el bolso entre los dedos y me deslicé de puntillas entre las grandes lápidas cubiertas de musgo. Si me hubiera parado a pensar lo que hacía, queridos, si hubiera pensado que posiblemente estaba sola entre miles de tumbas y rodeada por cientos de espíritus, hubiera caído fulminada de terror, pero estaba tan ocupada en descubrir lo que ocurría que afortunadamente no lo pensé.

Me agazapé tras una lápida discreta desde la que podía ver a Václav discutiendo acaloradamente con la mujer de los ojos azules. Por lo que parecía, no conseguían alcanzar una conclusión satisfactoria. Václav se mostró apático cuando la mujer se puso a llorar desconsoladamente, impasible cuando le gritó como una loca, y molesto cuando le abrazó e intentó besarle a toda costa.

El corazón me dio un vuelco al comprenderlo todo. Justo en ese momento una señora mayor pasaba por el camino de al lado de la lápida tras la que me encontraba oculta. Cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que pasara de largo, pero cuando los abrí pude ver que no sólo me había visto, sino que además su cara había tomado un tono de ofendida indignación. Ahora que me lo planteo, queridos, ignoro qué me hizo creer que el alegre rosa de mi magnífico abrigo pasaría desapercibido en el sobrio paisaje del cementerio.

El rubor se apoderó de mi rostro cuando le imploré con gestos que guardara silencio. Señalé a Václav con la esperanza de que entendiera la situación. Para mi desgracia, la señora hizo todo lo contrario: se puso a gritar. Intenté ponerme en pie para salir corriendo lo más rápido posible cual intrépida fugitiva, pero el tacón derecho se me hundió en la tierra húmeda y perdí el equilibrio, cayendo bruscamente contra la lápida. Haciendo caso omiso de la fuerte punzada de dolor que me sacudió el hombro, me quité los zapatos de tacón, eché un último vistazo a Václav para cerciorarme de que no me había visto y, mientras me lamentaba de mi pésima suerte, huí descalza entre las lápidas en dirección contraria a la señora, que seguía lanzándome improperios como una posesa.

Abandoné el cementerio por una de las sinagogas, lanzando pequeños gritos de consternación ante la idea de llenar de tierra mis preciosos zapatos nuevos y de haber estado pisando descalza suelo santo. Llegué al hotel con un desagradable sentimiento de culpa en el corazón y un firme pensamiento recorriendo mi pamela.

La mujer de los ojos azules era la novia de Václav.

Siempre vuestra, y desencantada
Pamela

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Dos pequeñas voces

sábado 15 de marzo de 2008


Queridos amigos virtuales,

Llegué al lugar acordado demasiado pronto. La culpa era de los duendes que me perseguían implacablemente y que se habían propuesto ponerme nerviosa deshaciéndome el recogido. Mientras esperaba, no pude evitar sentirme como una colegiala rodeada de un halo de inocente candidez. Pero esta vez había algo más acompañándome, podía sentirlo como una molesta etiqueta rozándome la piel bajo el jersey de cachemir.

No hacía mucho que había descubierto, queridos, que en mi interior había dos pequeñas voces. Una manaba del corazón, la otra provenía de mi pamela. Me di cuenta el día que estuve lo suficientemente en silencio como para poder escucharlas, un día que mi orquesta interior estuvo extrañamente afinada. De alguna forma, ese inusual equilibrio me había acompañado desde entonces, y con él las dos pequeñas voces. Ahora esas voces se estaban poniendo de acuerdo para fastidiarme, pero no podrían evitar que les hiciera oídos sordos, por lo menos durante unos días, o semanas tal vez.

– Adivina –dijo una voz ronca a la vez que unas manos cubrieron mis ojos.
– ¡Václav, sé que eres tú! –Intenté retirar las manos porque debían estar desmejorando el perfecto maquillaje de mis pestañas, pero eran demasiado fuertes.
– No, ¿quién es Václav? –preguntó la extraña voz. Mis nervios dieron un salto mortal ante la posibilidad de que ése hombre no fuera Václav. Con una fuerza nacida de la desesperación, aparté las manos de mi cara y me separé a una distancia prudencial dando un arriesgado salto con mis zapatos de tacón.
– Pamela, que soy yo. –Václav me miraba con cara de profunda extrañeza–. Era una broma.
– Pues no ha tenido ni pizca de gracia, ¿sabes? –dije con un desagradable tono de voz. En ese momento me percaté, lamentablemente, de que la presencia de Alfred todavía seguía presente a mi alrededor.
– Lo siento de veras, no quería asustarte.
– Lo sé, querido –afirmé mientras me acercaba a besarle–. Ha sido culpa mía, no he podido evitar recordar una cosa.
– Lo siento, no era mi intención –afirmó sin saber dónde mirar, abrumado por la culpa.
– Querido, no pasa nada, ha sido una tontería –sonreí, y fui consciente de que Václav era mucho más frágil de lo que parecía. Al fin y al cabo sólo tenía dieciocho años–. ¿Entramos?

Václav pagó las entradas y nos internamos en el cementerio judío. Sentí un escalofrío cuando me encontré paseando entre cientos de gigantescas lápidas. Eran como dientes de la boca de la muerte que intentaban engullirnos para arrastrarnos al infierno que debía haber bajo ellos. Debo reconocer que los reconfortantes brazos de Václav me ayudaron a sustituir ese horrible aire siniestro por otro más bucólico, y hasta en cierta forma romántico.

Caminamos en silencio hasta que nos sentamos en un banco que descansaba bajo el pequeño balcón de una de las sinagogas del cementerio.

– ¿En qué piensas? –me preguntó Václav–. Estás muy callada.
– Oh, en nada importante. O sea, pensaba en cómo se han desarrollado los acontecimientos hasta desembocar en esta interesante situación. Verás, querido, hace poco estaba en Barcelona, envuelta en mis sinuosas circunstancias y planteándome ideas que ahora me resultan algo absurdas, y ahora estoy aquí, contigo, sentada en un cementerio judío en Praga. Es curiosa la vida, y cuánto más me lo planteo más misteriosa me parece.
– Sí, es cierto. –Václav me cogió de la mano.
– ¿Y sabes cuál es el origen de todo?, ¿sabes qué es lo que ha hecho que ambos estemos aquí ahora?
– Qué.
– Tiene gracia que sea tan simbólico, si te paras a pensarlo hasta parece una señal. El origen es un anillo, el anillo que tú mismo fabricaste y que alguien me regaló para hacerme daño. Es irónico, ¿no te parece sublime?
– ¿Alguien te lo regaló para hacerte daño? No comprendo.
– En Barcelona estaba rodeada de algunas personas que yo creía amigos míos, amigos que se han ido revelando como seres traicioneros uno tras otro. Pues bien, una de ellos hizo llegar a mis manos el anillo de forma anónima, como si viniera de parte de un admirador secreto, y vine aquí para descubrir quién era.
– Entiendo. Y crees que lo hizo para hacerte daño.
– Por supuesto, ¿por qué si no? Pero al final la maniobra le ha salido al revés, porque el anillo me ha llevado hasta ti.
– Mira. –Václav me enseñó los vellos de sus brazos. Estaban todos de punta, cosa que hizo que los míos siguieran el mismo ejemplo.
– ¡Oh, querido, es emocionante!, ¿no es verdad?
– Te va a parecer una tontería, Pamela, pero recuerdo que cuando diseñé el anillo, hace ya más de un año, le dije a mi padre que era mágico, como en las novelas de fantasía que suelo leer, y que acabaría en manos de la mujer de mis sueños para traerla hasta mí.
– ¡Oh, Dior mío, qué deliciosa casualidad! –exclamé mientras me echaba a reír.
– Yo creo que lo ha hecho, te ha traído hasta mí. –Václav se puso tan serio que la risa se me cortó.

Y allí, sobre miles y miles de tumbas apiladas en estratos superpuestos, nos besamos apasionadamente, y mientras lo hacíamos, mis dos pequeñas voces interiores decidieron dar rienda suelta a sus afiladas lenguas, desconcentrándome. Fue entonces cuando un tremendo tirón nos separó. Cuando abrí los ojos, vi que una joven mujer se había acercado a nosotros y cogía a Václav del brazo con fuerza. Su cara estaba descompuesta por la amargura y la rabia.

Intrigadamente vuestra,
Pamela

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Frío despertar

viernes 14 de marzo de 2008


Queridos amigos virtuales,

Desperté con los rayos de sol que se filtraban a través de los cristales del ventanal. Cada uno de ellos transportaba una promesa de ilusiones venideras, una mariposa invisible que se posaba suavemente sobre mi piel.

Mi cabeza subía y bajaba al son de la música celestial que era la respiración de Václav. Me sentía tranquila, llena de una calma que hacía meses había perdido sin darme cuenta. Ahora me resultaba tan evidente como delicado era el roce de una piel sobre otra.

En ese momento la realidad se contrajo hasta reducirse a los confines de mi suite. Todo lo necesario estaba allí en ese momento: Václav, dos copas de martini y yo. El mundo nada sabía de las emociones que habían tejido nuestros corazones en la madrugada, a la sombra de la noche. Pero yo lo sabía, y eso era más que suficiente. Era la protectora de un tesoro que nadie sabía siquiera que existía.

Esos pensamientos hicieron que los vellos de mis brazos despertaran de su letargo, y acto seguido me acurruqué un poco más contra el cálido cuerpo de Václav. Descansar sobre la sólida nube de su torso era tan maravilloso como volar en la alfombra mágica de Aladino. Volaba dejando atrás los yermos desiertos de la soledad para aventurarme en selvas surcada por ríos de flores.

Me incorporé para mirar su cara radiante de juventud y, cuando acaricié su mentón con mis labios, abrió los ojos lentamente y me abrazó. Hacía tanto tiempo que mi lecho no conocía varón que cada uno de sus gestos imprimía huella en mí, haciendo que mi alma tomara forma como las arenas de una playa virgen.

– ¿Has dormido bien? –me preguntó antes de darme otro beso.
– Hacía milenios que no dormía así.
– Me alegra oírte decir eso.
– ¿Sabes? Pensaba que no te iba a volver a ver, después de dos semanas, pero cuando abrí la puerta y te vi vestido así, me quedé completamente estupefacta.
– ¿Eso creías? –Se rió él–. Si no vine antes fue porque tenía cosas que atender antes de volver a verte.
– ¿Ah, sí?, ¿cuáles? Si se me permite preguntar...
– Claro. Pamela, desde que nos despedimos el último día, supe que lo primero que haría al volver a verte sería besarte, por eso... –Me miraba tan fijamente y pronunciaba las palabras con tanta seguridad, que sentí un estremecimiento vibrar por todo mi ser. Entonces me di cuenta.
– ¡Querido, tu inglés! ¿Cómo es posible? ¡Estás hablando un inglés perfecto! –En los labios de Václav se dibujó una sonrisa triunfal.
– Es lo que te decía, Pamela, en estas semanas tenía cosas que hacer antes de volver a verte. Una de ellas era mejorar mi inglés para poder hablar contigo como es debido.
– Pero ¿cómo?, ¿sólo en dos semanas? ¡Es imposible!
– ¿Seré entonces una fantasía de tu mente?
– ¡Oh! –Me tapé la boca con la mano y miré alrededor mientras valoraba seriamente tal posibilidad. ¿Podía ser que me hubiera vuelto loca del todo?
– ¡Pamela! –gritó él, riéndose a carcajadas mientras se echaba sobre mí y rodábamos por la cama–. ¡Pero cómo puedes plantearte que no sea real! –Václav no podía parar de reír, y un minuto después me contagió la risa.
– Querido –dije, y lo besé con ímpetu, silenciando las risas–. Es todo tan extraño.
– Tan extraño... ¡como una pesadilla! –Václav me cogió en brazos mientras gritaba estas palabras y salió corriendo a través de la habitación, camino al baño. En sus fuertes brazos me sentía ligera como una pluma.
– ¡No, ni se te ocurra! –grité al entrever sus intenciones, pataleando–. ¡Bájame! ¡No, Václav!

Pero era demasiado tarde, en un abrir y cerrar de ojos estaba debajo del agua fría de la ducha, gritando y riendo como una loca, a la vez que forcejeaba inútilmente para escapar. Después Václav me abrazó, quedando él también bajo el vivificante chorro de agua. Y nuestros cuerpos se entrelazaron.

Revitalizadamente vuestra, y complacida
Pamela

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Siroco de pasión

jueves 13 de marzo de 2008


Queridos amigos virtuales,

De pie en mi habitación, me miré en el espejo y suspiré. Me sentía algo vacía, como si un muro intangible se interpusiera entre mi corazón y la belleza de todo cuanto me rodeaba, impidiendo que llegase a alcanzarme. Acababa de visitar el castillo de Praga y era frustrante no haber sentido nada al recorrerlo. No me había imaginado ser la princesa de una noble estirpe entre sus muros, ni una aventurera en busca de un tesoro ancestral acechada por las demoníacas gárgolas de la Catedral de San Vito. Una coraza pétrea me aislaba del frío y el calor, de lo bueno y lo malo.

Encendí mi teléfono móvil y seleccioné un número de la agenda, ignorando las numerosas llamadas perdidas de mis supuestos amigos de Barcelona. De Christopher, de Samantha. Al cabo de unos segundos me respondió la voz de Linus, preguntando repetidamente si había alguien ahí, pero por alguna razón no respondí. Colgué el teléfono y lo apagué otra vez.

Me estaba poniendo los pendientes para dar el toque de gracia a mi atuendo, ante la escrutadora mirada de mi reflejo, cuando alguien llamó a la puerta.

– ¿Sí? –pregunté.
– Servicio de habitaciones –dijo la voz al otro lado de la puerta.
– Lo siento, pero debe haberse equivocado. Yo no he pedido nada.
– ¿No ha pedido un cóctel cosmopolitan? Muy frío y removido pero no demasiado agitado. –En efecto, ésas eran las instrucciones que solía dar cuando pedía el cóctel.
– Oh, disculpe. Debo haberlo olvidado. Enseguida le abro. Un momento, por favor.

¿Me estaría volviendo loca? En verdad no recordaba haber pedido nada. Ultimé mi maquillaje y me apresuré a girar el pomo. Cuando abrí la puerta, el bolso se me cayó de las manos y se escuchó un cristal romperse dentro de él, pero ni siquiera pude procesarlo mentalmente. Toda mi atención estaba centrada en la persona que había enfrente mío.

Era un hombre envuelto en un traje negro a rayas grises. Su elegante silueta dilató inexorablemente mis pupilas al acariciarlas. Su masculinidad resultaba tan atractiva como la luz del candil para las incautas mariposas nocturnas.

La corbata dorada, a juego con el pañuelo que asomaba tímidamente del bolsillo de la americana, se meció sobre su pecho cuando alzó el brazo para impedir que cerrara la puerta, cosa que intenté hacer impulsada por el miedo que me produjo su mirada. En ella había valor y determinación, tan potentes que supe que podían incinerarme por dentro si los dejaba pasar.

Pero no tuve la fuerza necesaria, y retrocedí. Él, lenta pero implacablemente, dio un paso al frente y cerró la puerta de un preciso empellón. Firme, decidido, completamente serio. Di otro paso atrás, él otro al frente. Cada poro de mi piel temblaba de pura vulnerabilidad. Resbalé al chocar contra el borde de la cama y caí sobre las sábanas de seda, tiritando como una gatita espantada.

Él se subió a la cama y, apoyando los codos y las rodillas a mis lados, se quedó mirándome en silencio, sin rozarme siquiera. Estaba tan cerca que podía sentir la respiración que manaba de sus labios. De repente me sentí torturada y desesperada por acabar con ese momento interminable. Deseaba gritar para aliviar la tensión que me estaba desgarrando el alma. Abrí los labios, pero mi garganta se tropezó consigo misma.

Él acercó su mano a mi mejilla y me acarició, admirándome como si en el mundo no existiera nadie más, como si fuera el diamante más preciado y bello del universo. El muro interior que me protegía se derritió ante tanta intensidad. Deslizó su cara hasta mi cuello y ascendió poco a poco, aspirando suavemente mi perfume, rozándome la piel casi imperceptiblemente. Al llegar a la cúspide de mi rostro, de camino al otro lado del cuello, sus labios pasaron sobre los míos, apenas con un ligero roce, pero que me sacudió como un siroco, dejándome mareada y confusa. Supe que estaba perdiendo el control.

Apoyó sus manos sobre las mías, inmovilizándome. Ante el primer beso dejé de temblar. Nuestros dedos se entrelazaron. Me arrastró una ola de cálida ternura que me transportó al reino de la vida. Fluí. Me convertí en princesa de la noche y sacerdotisa de la pasión. Objeto de deseo y dueña de mi ser. Delicada a la par que contundente.

Me veo incapaz de narrar las escandalosas delicias a las que ese hombre me sometió con su ternura, mas si pudiera, sólo sería comparable a una lluvia de sensaciones cuyas gotas me hicieron estremecer como si fuera un campo de hierba, sediento y exuberante.

A ti, Václav, mi inesperado amante, te dedico estas exiguas líneas.

Perennemente vuestra, y renacida
Pamela

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Duendes perversos

domingo 9 de marzo de 2008


Queridos amigos virtuales,

No volví a ver a Václav. Supuse que tendría ocupaciones que no podía abandonar, y lo cierto es que yo necesitaba tiempo para meditar sobre los últimos acontecimientos de mi vida, así que durante dos semanas me dediqué a pasear por las calles de Praga intentando encontrarme de nuevo a mí misma, aunque debo reconocer que sin demasiado éxito.

Pensé mucho en lo ocurrido en la joyería. El ataque de ira por el que me vi poseída me resultaba más preocupante cuanto más lo recordaba, sobretodo porque estaba segura de que no era fruto de un acto de heroicidad. ¡Qué hubiera pasado si aquél delincuente hubiera usado su arma contra mi delicado cuerpo! Esta falta de control me parecía un indicio claro de que algo no andaba bien dentro de mí. Una semilla había crecido bebiendo el agua de la furia en Barcelona, día tras día, hasta convertirse en un pequeño huevo de Fabergé del que había nacido una criatura vil y perversa que debía ser arrancada de raíz.

Debía restaurar el equilibrio de mi aura y recuperar la dulzura original de mi maravilloso ser, sólo que no sabía cómo. Sabía cuál era la puerta que tenía que cruzar, pero no conseguía dar con la llave de oro que la abría.

Pasaba los días caminando sin cesar hasta que se desgastaron imperdonablemente las suelas de mis preciosos manolos rosas. Y cuando me cansaba de andar, me sentaba a ver la gente pasar humedeciendo mis labios con una copa de martini. Y cuando me cansaba de mirar a la gente, no podía evitar asomarme a las boutiques más selectas para dejarme seducir por las caprichosas formas, trabajadas a mano, del mejor cristal de bohemia. Es cierto que algunas de aquellas fruslerías conseguían apaciguar mi alma, pero su efecto sólo perduraba escasas horas.

Me dirigía al hotel cargada con mis compras cuando el tacón de mi zapato izquierdo se encalló entre las incómodas baldosas del suelo de Praga. Uno de los traviesos duendes a los que tanto les gustaba importunarme estaba haciendo de las suyas otra vez. Estiré con todas mis fuerzas para liberarme y, tras escuchar un chasquido, salí despedida hacia atrás. Conseguí mantener el equilibrio de puro milagro, pero el tacón se había roto. Los ojos se me inundaron de lágrimas.

Fue entonces cuando una ráfaga de aire se llevó mi pamela. En cierta forma me resultó lógico, puesto que cualquiera la querría para sí. Se trataba de un refinado modelo que había comprado en una de mis tiendas predilectas de Londres. Sin embargo, ¡era mía y no pensaba permitir que ningún duende perverso me la arrebatara! Cojeando, corrí tras ella tan rápido como pude. Al final me detuve, exhausta, y cuando volví a mirar contemplé horrorizada cómo se inmolaba lanzándose a las aguas del río Moldaba. No me lo podía creer. Sin ella me sentía completamente desnuda, y una catarata de inseguridad se abalanzó sobre mí como una fiera despiadada. Absolutamente desolada por la pérdida, me cubrí la cabeza con la mano libre y me fui cojeando lentamente.

Decididamente, era víctima de alguna suerte de complot maligno y retorcido.

Indudablemente vuestra,
Pamela

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Pesadilla

domingo 24 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Estaba en un edificio en ruinas lleno de pasillos abandonados. El sudor me resbalaba por el rostro en mi esfuerzo por encontrar un escondite, pero por más que corría y corría no conseguía escapar. Miré atrás y pude ver a Alfred siguiéndome los tacones, cada vez más cerca, sonriendo de forma macabra.

Entré en una habitación y me detuve al ver que estaba llena de cuervos que habían entrado por una ventana rota. Sus ojos eran pequeñas jaulas de cristal en las que querían encerrar mi alma para toda la eternidad, así que di media vuelta, pero las tablas del suelo cedieron con un crujido seco. Caí al vacío durante lo que parecieron horas.

Tardé unos momentos en vencer el dolor que me provocó la caída. Alcé la vista y vi que alguien me tendía la mano para ayudarme a incorporarme. Era Christopher, tan apuesto como siempre en su uniforme de trabajo. Me sentí aliviada... sabía que él me protegería de Alfred. Mas cuando intenté tomar su mano, la apartó echándose a reír. Sus carcajadas resonaron frías en la estancia.

Sin saber cómo, de repente tenía una tabla llena de clavos en la mano. La cólera me trastornó y le golpeé con todas mis fuerzas. Incluso cuando ya había dejado de moverse, no paré de golpearle una y otra vez. Entonces me vi.

El espejo que había al fondo de la habitación me devolvió la imagen de una mujer con la cara desfigurada por la rabia, cubierta de sangre. No llevaba mi vestido de Chanel, sino un horrendo modelo de Ágata Ruiz de la Prada, acampanado y multicolor, que tenía una etiqueta colgando en la que ponía "rebajas 50%".

Atemorizada, huí hasta que caí de rodillas, rota por los calambres. Algo me susurró desde las sombras del pasillo. Susurros crueles, llenos de una malignidad sin límite. Un dedo afilado me recorrió la mandíbula y me obligó a alzar la cabeza para mirar a los pozos negros de Samantha. Su cara era demoníaca, pero su cuerpo me aterrorizó aún más. Era el de una araña gigantesca que emergía de un túnel de telarañas grises.

Desperté en mi cama del hotel cubierta de un sudor frío. Mi pecho subía y bajaba como si acabara de hacer mis ejercicios de fitness. Estaba cansada, más que antes de acostarme, sin embargo no pude volver a dormirme.

Perpetuamente vuestra, e inquieta
Pamela

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Espinas de grosería y pétalos de ilusión

sábado 23 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Al bajar de la motocicleta me sentí abrumada por la emoción del viaje, y por qué no decirlo, también por el atrevimiento de haberme sentado como una amazona en el sillín en vez de como una señorita, algo que mi tía siempre me prohibió.

Una vez estacionada la máquina, entramos en el lunch bar del hotel y nos sentamos. El ambiente acogedor tuvo un instantáneo efecto relajante sobre mi espíritu, supe que estaba en casa y a salvo, pero esa sensación se disipó cuando me fijé en cómo nos miraban las personas de alrededor. Sus ojos se deslizaban de Václav hasta mí, con una mezcla de mofa y superioridad que resultaba degradante.

Inmediatamente comprendí lo que pensaban. Su sofisticada presencia no merecía convivir con la sencillez de una persona que vestía moda de masas en lugar de prêt-à-porter y que llevaba en la mano un casco de moto en vez de las llaves de un Audi. En realidad sucedía lo que sucedía en todas partes, Václav era diferente a ellos y por ende debía ser marginado sin clemencia. Me sorprendió no enfurecerme, ni siquiera indignarme, lo que sentí fue vergüenza ajena.

Václav me observaba con la barbilla apoyada sobre las manos cruzadas, luciendo una sonrisa limpia que irradiaba una luz pura, llena de serenidad. Transmitía una seguridad conmovedora, no fruto de la arrogancia, sino de su innata naturalidad. Entonces supe que era alguien muy especial, más grande de lo que mucha gente llegaría a ser nunca en toda su vida, y de repente me aislé en la burbuja de su aura y todo lo demás simplemente se desvaneció.

– ¿Qué quieres tomar? –le pregunté a Václav cuando se acercó el garçon.
– Algo bueno.
– ¿Te gustan las bebidas dulces?
– Oh, no, algo caliente mejor. –Imaginé que quería decir fuerte.
– ¿Un dry martini tal vez?, ¿un whisky sour?
– Vino caliente está bien.
– Vino caliente y un cosmopolitan –solicité al camarero.
– No tenemos vino caliente –respondió con desdén, aparentemente indignado porque hubiéramos pedido algo tan ordinario en su bar.
– Entonces whisky con cola –dijo Václav. El camarero se marchó sin decir ni una palabra de cortesía, poniendo los ojos en blanco.
– Será grosero –murmuré en castellano.
– Pamela, ¿estás bien?
– Sí, querido, es sólo que no entiendo la actitud de algunas personas.
– ¿Qué actitud?
– Oh, ninguna, cosas mías.
– Aquí tienen, un cóctel cosmopolitan y un whisky con cola –sentenció el camarero al regresar con las bebidas.
– Disculpa –apuntó Václav al ver el vaso on the rocks–, ¿puedes traer un vaso largo?
– Lo siento, señor –respondió el camarero, poniendo un ligero énfasis en esa palabra–, pero es que no tenemos vasos para este tipo de combinados.
– Pues lléveselo y tráigalo en un vaso collins –intervine al no poder contenerme más, cogiendo el vaso y colocándolo en la bandeja–, con eso bastará. Ah, y ponga dos cubitos de hielo para que se mantenga frío. Gracias.

El camarero no volvió a importunarnos con su insolencia, y si lo hizo no me percaté de ello. Trajo la bebida tal como se la había pedido y se retiró, ahora sí, con un poco de educación.

La voz de Václav empezó a desvelar frente a mí los detalles de su historia personal. Nacido en Praga hacía dieciocho años, acabó sus estudios y se dedicó a aprender el oficio de su padre. Desde que su bisabuelo montara el taller, su familia se había dedicado al arte de la orfebrería. Según decía, no daba dinero a raudales, sin embargo les permitía vivir bastante bien y muy felices.

Václav era un adicto a la lectura, antes de irse a dormir siempre aprovechaba para viajar por universos de todos los géneros. Devoraba los libros sin ni siquiera leer la contraportada, para que así le sorprendieran. No obstante, los que le maravillaban eran los que versaban sobre lo que llamó fantasía heroica, un subgénero de la literatura fantástica que se caracterizaba por ser de aire medieval y gozar de la presencia de seres mitológicos. Era por eso por lo que tenía el corazón lleno de cuentos, sobre princesas y dragones, sobre héroes y villanos. De ahí procedía el porte caballeresco que se intuía en él y los valores que formaban su estandarte.

A Václav sólo había una cosa que le gustaba tanto como los libros: las antigüedades. Aún no había adquirido más que un pequeño relicario de plata y un joyero victoriano, pero esperaba poder reunir un sinnúmero de ellas con el paso de los años.

Tras la provechosa charla, Václav me acompañó hasta la puerta de mi habitación. No pude evitar sentirme como una adolescente cuando nos despedimos, a causa del nerviosismo que de repente hizo acto de presencia entre nosotros. Me dio un beso tierno en la mejilla y se marchó paseando lentamente con una sonrisa en los bolsillos.

Cerré mi habitación y me dejé caer sobre la puerta mientras un suspiro inconsciente escapaba entre mis labios. Sentí que una brisa de ilusión daba vueltas dentro de mí, conforme la mariposa de la vida aleteaba con más brío. Sin embargo, una sombra de duda planeaba sobre ella: Václav se me antojaba demasiado joven.

Deliciosamente vuestra, y caminando sobre pétalos de ilusión
Pamela

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Ángel de la guarda

viernes 22 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Tras tomarme declaración sobre lo sucedido, salí de la sala y me senté en el primer banco que encontré en el recibidor. La comisaría era un hervidero de gente que iba y venía, pero yo me sentía como un espectro de una realidad paralela que nada tenía que ver con el mundo real. Lo único que me recordaba que estaba en el plano físico era el dolor del golpe que me había dado al desmayarme. Pero el golpe que había sufrido en el alma me dolía infinitamente más. Intenté no llorar por todos los medios, pero tenía en los ojos una cortina de lágrimas que no tardaría en derramarse.

Por mucho que lo intentaba, no conseguía entenderlo. S. Nouveau era el nombre de la persona que había comprado el anillo, el nombre de mi admirador secreto. ¿Pero por qué Samantha haría una cosa así?, ¿para reírse de mí como Christopher y Alessandro?, ¿para hundirme?

Hice un repaso mental de los pasos de Samantha desde que apareciera en mi club social, hacía más de un año, y ahora lo veía claro. Lo había planeado todo desde el principio, tejiendo meticulosa como una araña, preparando su tela con paciencia para atraparme cual mariposa indefensa, aprovechándose de mi cándida ingenuidad. Por eso siempre se había acercado a mis amigos y aparecía en los lugares que yo solía frecuentar. Poco a poco logrando que confiara en ella, para después destruirme por Dior sabe qué motivo. Pero su plan había fallado, y gracias a mis virtudes para el espionaje el final de esta historia sería otro muy distinto al que ella esperaba.

– ¡Pamela! –gritó una voz.
– ¡Václav! –grité mientras me lanzaba a sus brazos y me echaba a llorar. No puedo describir el alivio y el consuelo que me proporcionaron sus brazos, cuya fuerza noté incluso a través del abrigo.
– ¿Por qué lloras? –me preguntó nervioso mientras rodeaba mi cara con sus grandes manos, fijando en mis ojos los suyos–, ¿estás bien?, ¿tener daño?
– No –respondí con una leve sonrisa ante el placer de saber que alguien se preocupaba por mí–. Bueno, un poco, pero nada importante. ¿Pero cómo has...? ¡¿Qué haces aquí?!
– Fui a la tienda y decir lo que pasó. Venir aquí después.
– ¡Oh, gracias, gracias, gracias! ¡No sabes cuánto necesitaba ver una cara amiga! –Le besé afectuosamente en la mejilla y le abracé otra vez. Entonces me di cuenta de que prácticamente éramos desconocidos y me aparté, aunque era tarde para que mis mejillas no se tiñeran del color de mi pintalabios. Avergonzada, bajé la vista al suelo–. Qué amable de tu parte. Querido, no sé cómo agradecerte que estés aquí.
– Yo sé. –De nuevo su sonrisa pícara me arrancó una carcajada.
– A ver, cómo.
– Yo llevarte a hotel.
– No sé qué habré hecho para merecer un ángel de la guarda, pero doy gracias al cielo.
– ¿Qué?
– Nada, querido, que acepto.

Salimos de la comisaría y fuimos hasta una motocicleta aparcada cerca de allí. De repente me puse nerviosa ante la idea de montar en moto por primera vez. Él se dio cuenta y me tranquilizó, alegando que no me preocupara, que era de lo más sencillo, pero el hormigueo que sentía decidió que no quería abandonar el nuevo hogar que había encontrado dentro de mí. Haciéndole caso omiso, me quité la pamela y deshice el recogido que llevaba para poder ponerme el casco.

Cuando arrancó, pensé que acabaría hecha un ovillo de piernas y tacones sobre el asfalto, pero Václav me cogió las manos anudando mis brazos alrededor de su torso, al que me agarré con todas mis fuerzas. A pesar del miedo, no pude evitar ruborizarme de nuevo ante el contacto de mi cuerpo con su amplia espalda.

Y, en unos minutos, llegamos al hotel en el que me hospedaba.

Incansablemente vuestra, y agradecida
Pamela

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Atraco a mano armada

jueves 21 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Partí del hotel al atardecer, camino a la tienda donde se había vendido el anillo y que había localizado gracias a la inestimable ayuda del galante Václav.

Mis zapatos de tacón no tardaron en llevarme a la Ciudad Vieja, y cuando pasaba por su plaza, las campanadas del Reloj Astronómico se sincronizaron casualmente con el sonido de mis pasos. Los acontecimientos se estaban alineando como las esferas de ese prodigio mecánico, podía sentirlo como una vibración sobre la piel, y me pregunté si lo astros tendrían algo que ver en todo lo que me estaba sucediendo. Tras echar un último vistazo al anillo del zodíaco, proseguí mi camino, dejando atrás a los turistas.

En breve me encontré en una callejuela poco transitada que, de no saber en que año me encontraba, me hubiera hecho creer que había retrocedido en el tiempo hasta el medievo y que al girar la esquina encontraría al príncipe de mis sueños. Allí había una tienda, una pequeña y acogedora joyería en la que también se podían adquirir antigüedades.

Me acerqué a la entrada y me detuve a pensar unos segundos en lo que iba a decir, sintiéndome llena de emoción, otra vez como una audaz espía arrastrada por las circunstancias de la vida. De cerca pude ver que había algunos símbolos de aire medieval grabados en la madera del marco. Abrí la puerta y entré.

Por dentro era como una cueva de Aladino maravillosamente desordenada y llena de objetos repartidos por todas partes. Tuve que hacer un considerable esfuerzo mental para no dejarme arrastrar por la llamada de las piedras preciosas. El vendedor me miraba con atención. Era un señor de mediana edad, de movimientos serenos y porte distinguido.

Dobrou noc –me dijo a modo de bienvenida–, ¿en qué puedo ayudarla?
– Buenas noches. Si me permite darle mi opinión, tiene un establecimiento encantador.
– Muchas gracias.
– Verá, busco una información, y tal vez usted pueda ayudarme.
– Usted dirá.
– Resulta... Bueno, estoy buscando a un familiar, un primo, del que hace un año que no tengo noticias, y la última vez que supe de él creo que estaba aquí en Praga. Mentiría si dijera que no estoy preocupada por él, porque normalmente se pone en contacto conmigo con frecuencia –mentí. Para ser una historia que había inventado en unos segundos no me había quedado del todo mal.
– Entiendo.
– Me mandó este anillo, creo que lo compró aquí. ¿Me lo podría confirmar?
– No puedo proporcionarle ese tipo de información. Lo siento, señorita –me respondió al tiempo que la puerta de la tienda se abría y entraba un hombre joven de aspecto dejado que se puso a mirar los objetos. El vendedor le dijo algo en checo, el hombre le respondió y continuó mirando.
– Por favor –rogué poniendo la mejor cara de pena que pude–, ¿no podría hacer una excepción?
– No puedo, señorita, lo siento. Vulneraría la privacidad de mis clientes.
– Oh, por favor, señor. ¡Es muy importante para mí!
– Le ruego que no insista.

Todo ocurrió muy rápido. Noté una gran fuerza que me propulsó con violencia, haciéndome caer al suelo a unos metros de distancia. En mi confusión escuché gritos que transmitían una enérgica advertencia. Cuando recuperé el control, vi que el hombre que había entrado antes en la tienda llevaba una navaja en la mano y amenazaba al vendedor con una mueca de odio en la cara. Ambos se enzarzaron en una acalorada discusión. El hombre parecía cada vez más furioso y desesperado, pero el vendedor no parecía dispuesto a ceder.

Primero sentí una oleada de miedo que me dejó paralizada y temblando de pies a cabeza, pero al cabo de un rato mi indignación hizo que se transformara en una rabia ponzoñosa que empezó a supurar de cada uno de los poros de mi cuerpo.

La mariposa de fuego estalló en una tormenta de llamas.

Mi mente se fue nublando a una velocidad alarmante conforme la tapa de la caja de los truenos cedía. En un segundo, reviví mi conflicto con Christopher, mi desafortunada conversación con Linus, el desagradable trato que me habían brindado Alessandro y su novia Agnieszka y, sobretodo, el momento en que descubrí a mi chofer y a mi barman en el almacén de la sala de fiestas de mi hotel.

Mis manos se cerraron como tenazas, pero no sentí cómo las uñas se me clavaban en la carne. Me puse de pie lentamente, ciega de ira, con el corazón latiendo como un volcán en erupción. Lo siguiente que recuerdo es que me lancé contra el hombre focalizando en él toda mi cólera, empuñando el bolso Louis Vuitton en el que llevaba todas mis pertenencias.

El golpe le cogió desprevenido. La fuerza feroz que le había proporcionado, junto con el peso de todo lo que llevaba en el bolso, incluyendo mi ordenador portátil, le derribaron. Sin saber lo que hacía empecé a patearle fuera de control, clavándole los tacones de aguja de mis Ralph Lauren recién estrenados a la vez que seguía golpeándole una y otra vez con el bolso.

Cuando me detuve para tomar aire, el hombre aprovechó para salir corriendo despavorido. Ni siquiera miró atrás. Dejé caer el bolso y me di la vuelta, respirando agitadamente. El vendedor me miraba con una expresión de pánico y asombro en la cara.

– Por favor, dígame el nombre de la persona que compró el anillo. Se lo ruego –dije, y mi voz sonó despótica y llena de soberbia.
– Sí, ahora mismo –respondió el vendedor, apresurándose a buscar el libro donde llevaba el registro de ventas con pulso tembloroso–. Aquí está.

Miré el lugar que me había señalado con el dedo y el nombre impactó sobre mis ojos como un latigazo sacudiendo todas y cada una de mis neuronas. Entonces las piernas me temblaron y las fuerzas que momentos antes hervían dentro de mí se desvanecieron como jirones de una pesadilla. Sentí que todo me daba vueltas y, mientras caía desmayada y la negrura me engullía, esa línea del libro invadió toda mi mente: "Nouveau, S.".

Totalmente vuestra, y sin límite estupefacta
Pamela

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Silenciosa compañía

martes 19 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Comprobé de nuevo la dirección. Era correcta. Cuando toqué el timbre sentí un estremecimiento eléctrico que se deslizó a través de mis dedos, recordándome que la mariposa de la vida aún revoloteaba dentro de mí, en alguna parte.

Me parecía mentira que ya hubiese pasado un año desde que Patrick, mi joyero, me ayudara a localizar este lugar. Un año entero en el que había dejado de lado este asunto. Sí, queridos, lo había hecho a propósito porque tenía miedo, lo reconozco. Tenía miedo de averiguar quién era mi admirador secreto y descubrir que, con toda probabilidad, la fantasía que había tejido a su alrededor con el paso de los meses no era más que una cruel falsedad de la araña de mi mente.

Pero había llegado el momento de saber la verdad. Aquél que con tanta habilidad me había dejado notas de amor, ofreciéndome los secretos de su alma, sería desenmascarado sin piedad. La ira que los últimos acontecimientos me habían hecho sentir se había solidificado en forma de valor, un valor que me impulsaba a seguir por este camino.

La puerta se abrió y un hombre de avanzada edad asomó tras ella, pero para mi desgracia no entendía ni una sola de sus palabras. Al final, con cierta desesperación, me indicó que pasara con las manos, haciendo alarde de un interminable elenco de gestos nerviosos. De no ser por su afable sonrisa, su presencia me hubiera resultado de lo más inquietante, sobretodo por la forma en que apretaba sus pequeños ojillos.

– ¿Hablar inglés? –me preguntó un joven que había salido del fondo de lo que parecía un taller orfebre. El chico debía haber dejado atrás la adolescencia hacía poco, pero su aspecto me turbó en cuanto impactó sobre mis pupilas. Unos años más y estaba segura de que sería uno de los hombres más atractivos del planeta.
– Sí –respondí entusiasmada–, eso es, inglés. ¿Tú también?
– Un poco, señorita. ¿Querer algo? Cerrando.
– Oh, lo siento, discúlpame. Me llamo Pamela, Pamela Von Mismarch. Siento venir tan tarde, pero necesito urgentemente una información, es cuestión de vida o muerte.
– ¿Puedes repetir? –Por la cara que puso, supe que no había entendido nada de lo que había dicho, así que saqué el anillo y se lo mostré.
– Este anillo, ¿ha sido hecho aquí? –Cuando cogió el anillo nuestros dedos se rozaron y un hormigueo zigzagueó sobre mi piel.
– ¡Oh, sí, sí! Es modelo nuestro. Muy bonito. Yo hacer con ayuda de padre –comentó señalando al señor mayor, quien hacía rato que había vuelto a su trabajo.

De repente sentí que las ruedas del destino encajaban con obsesiva precisión. Los vellos de mi cuerpo se erizaron al instante. Estaba frente al chico cuyas varoniles manos eran las artífices de una de las joyas que más emociones me habían brindado nunca, lo cual me provocó una experiencia mística que me hizo saber que estaba en el lugar adecuado en el momento justo. Fue una sensación indescriptible.

– Por favor –imploré con vehemencia mientras le tomaba de los antebrazos, presa de la excitación–, ¿puede decirme el nombre de la persona que lo compró?
– Oh, no, señorita, lo siento –respondió mientras miraba con cierto asombro mis manos y yo recuperaba el suficiente autocontrol para soltarle–. No vender aquí. Vender en tienda.
– ¿En tienda? ¿En qué tienda?
– Espera.

El chico se fue y volvió al cabo de un rato con un libro de grandes proporciones. Tras hojearlo unos minutos me miró.

– Aquí. Esta es la tienda.
– ¡Gracias! –Me apresuré a anotar la dirección en mi glamourosa agenda–. No sé cómo agradecerte tu ayuda.
– Yo sé –dijo con una gran sonrisa–. Yo acompaño a la tienda mañana. Hoy ya cerrada.
– Oh, no, querido. Te lo agradezco, pero no puedo permitir que pierdas más tiempo en mi persona. Ya has hecho suficiente.
– ¿Ah? No comprendo.
– Digo que iré sola, pero que muchas gracias.
– No comprendo, lo siento –repitió, pero la sonrisa pícara que se dibujó en su boca me indicó lo contrario y no pude evitar echarme a reír.
– Ya veo. Yo sí comprendo.
– Me llamo Václav.
– Encantada Václav. Ha sido un verdadero placer, pero ahora debo irme. Seguro que tienes trabajo.
– No, no. Mi padre termina, no preocupar. Yo acompaño a tu casa. No está bien señorita vaya sola de noche. –El delicioso atrevimiento de Václav me provocó un estallido de carcajadas lleno de ternura.
– Está bien, pero con la condición de que así quede saldada mi deuda.
– Perfecto, no problemo –apuntó con convicción, satisfecho con el trato.

Václav me acompañó al hotel brindándome el apoyo de su brazo mientras paseábamos. No nos dijimos nada en todo el trayecto, simplemente disfrutamos del paseo nocturno en mutua compañía. Una compañía inusualmente cómoda para dos personas que se acaban de conocer, extraña a la par que intrigante.

Es curioso, queridos, pero cuanto más sola quieres estar, más parece querer acompañarte la gente.

Absolutamente vuestra, y esperanzada
Pamela

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Burbujas del pasado

lunes 18 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

No alquilé una limusina, preferí caminar para sentir el aire frío, que contrastaba con el cálido ambiente de la ciudad. Las calles de Praga me transformaron en la princesa de un cuento medieval en el que no había ni brujas ni príncipes, sólo belleza. Las fachadas en tonos pastel de los edificios daban la sensación de estar en un bosque de casas de galleta y caramelo.

Ya oscurecía cuando atravesé el Puente de Carlos. Envueltas en la niebla, las estatuas resultaban magnificentes y poderosas, inspiraban un temor reverencial. Sus ojos inertes contenían una muda advertencia, me decían que tuviera respeto porque estaba atravesando un lugar que era suyo por derecho y que yo sólo era una invitada.

Me asomé por el puente para contemplar las aguas del río Moldava. En ellas se reflejaban recuerdos que ya creía olvidados, burbujas perezosas que ascendieron a la superficie con un gorgoteo. Un día, hacía muchos años, yo había recorrido estas aguas a la luz de las velas, en un yate, mientras cenaba con un hombre de gafas gruesas y aspecto antiguo que mi tía veía con buenos ojos...

Aunque era primavera, yo me sentía árida por dentro. Cada bocado era tan insípido como el anterior y el vino resbalaba por mi garganta sin dejar huella en el paladar. Las notas del violín caían por la borda y se hundían en la lánguida apatía del río, en un intento por disimular la inexistente conversación entre nosotros.

Cuando nunca se ha estado despierta, cómo saber que se está dormida. Yo, a mis dieciocho años acabados de cumplir, asumía mi gris realidad como la única posible y me conformaba con la compañía de ese hombre, la máxima a la creía que podía aspirar mi corazón. Así me habían educado. No me malinterpretéis, queridos, Andrew no era un mal hombre, todo lo contrario, era serio, responsable y de buen corazón, y según mi tía era el mejor partido al que una mujer de provecho podía ofrecerse en matrimonio, pues disponía del adecuado patrimonio y era de buena cuna.

Pero una parte de mí me increpaba silenciosamente, consternándome sin piedad, aunque yo me negara a escuchar. Me decía que Andrew era veinticinco años mayor que yo, que sería el homicida involuntario de mi felicidad, que sería el carcelero de una jaula de oro en la que me colmaría de riquezas pero me privaría de lo más importante: la libertad de amar.

Un día desperté y comprendí que la felicidad era un tesoro que sólo hallaría al final del arco iris, si seguía el dictado de mi corazón. Desaparecí como un pétalo acunado por el viento, en silencio, abandonándolo todo sin decir adiós. Así fue como llegué a mi querida España. Sé que obré mal, pero era tan joven... No supe cómo enfrentar tan espinosa situación.

Reanudé mi camino por el puente preguntándome qué sería ahora de Andrew, si sería feliz, si tendría hijos o si, por el contrario, no llegó a casarse. Entonces me di cuenta de que un pintor me miraba con intensidad. Al parecer me había inmortalizado acariciando el lienzo con su pincel.

En el cuadro había una estilosa mujer que miraba al horizonte, pero tenía los ojos apagados.

Eternamente vuestra,
Pamela

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Tesoros

sábado 16 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Pensé que, al darse cuenta de que era yo quién le había tirado el café encima en aquel avión, Verner me trataría sin mucha simpatía, pero fue al contrario, resultó estimulante y vivificante. El vuelo a Praga pasó muy rápido en su compañía. Su capacidad de conversación y sus constantes duelos dialécticos me mantuvieron entretenida y con la mente lo suficientemente ocupada para no pensar en otras cosas.

Por lo visto, Verner era un apasionado de los viajes y la historia. Siempre que tenía unos días libres aprovechaba para marcharse a cualquier parte del mundo. Le gustaba revivir los recovecos de la historia de cada calle y cada monumento, descubriendo los rincones menos conocidos y los secretos más ocultos de cada ciudad.

Ya en tierra, se ofreció amablemente a deleitarme con alguno de los tesoros de Praga, si disponía de tiempo, pero rehusé la invitación apuntando que tenía demasiados compromisos ineludibles. En otras circunstancias quizá hubiera aceptado, queridos, pero en ese momento no estaba de ánimo.

Aunque lo intenté, no me quitaba de la cabeza a Christopher y Alessandro. Eran como dos fantasmas que veía dondequiera que mirase. Me parecía mentira que, hacía tan sólo unos días, incluso había llegado a creer que uno de ellos era el príncipe de cuya mano viajaría al lejano reino del amor. ¡Oh, qué ilusa fui!

Ahora sabía la verdad. Sabía que habían estado inmersos en ocupaciones que nadie se habría imaginado. Sabía que eran amantes. Me pregunté cuánto tiempo hacía que se proporcionaban calor el uno al otro a escondidas. No me sorprendía de Alessandro, pues algo dentro de mí siempre había intuido sus preferencias, pero de Christopher... Recordé todas las veces que les había visto juntos, sus risas cómplices, sus miradas, y me sentí humillada, vilipendiada. Sentí que se habían reído de mí.

El corazón me ardió de ira. Una ira que evaporó mis lágrimas y me instó a mirar hacia delante con una intensa determinación. Si el amor no venía a mí, yo iría en su busca. Eso era lo que me había traído a Praga.

Me puse el abrigo, cogí el bolso y salí de mi habitación taconeando con ímpetu. Nadie pudo verlo, pero en mi bolsillo había un tesoro muy especial. Un anillo que había sido confeccionado en esta ciudad, el que mi admirador secreto me había regalado por San Valentín hacía un año.

Absolutamente vuestra, e iracunda
Pamela

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Llorando entre extraños

viernes 15 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Conseguí moverme como una autómata, carente de toda emoción, hasta que caí derrumbada en el asiento del avión. Una vez allí, la visión se me nubló a causa de las lágrimas. Me cubrí la cara con las manos y empecé a sufrir unos pequeños espasmos. No quería llorar estando rodeada de gente, pero la presa que había construido para mantener a raya mis emociones estaba desmoronándose por momentos. Mi corazón era un nido de mariposas negras que pugnaban por echar a volar como murciélagos.

No podía dejar de ver a mis dos príncipes envueltos en aquel torbellino de pasión. Una y otra vez la imagen giraba ante mis ojos hasta acaparar cada uno de mis pensamientos.

La presa se rompió. En silencio, rompí a llorar, sintiendo que los ojos me ardían.

– ¿Se encuentra bien? –me preguntó la voz de un hombre con ligero acento alemán. No respondí, el nudo que tenía en la garganta me lo impedía. Debió interpretar que quería que me dejase tranquila, porque la voz no dijo nada más. Hasta pasado un largo rato.
– Praga es una ciudad preciosa. La ciudad de las cien cúpulas, la llaman. Su historia está ligada a la de su castillo, la fortificación medieval más grande del mundo, que fue construida el año 870 por la dinastía premyslida. Ah, cuán majestuoso, ¿lo ha visitado? –Seguí con las manos en la cara, no podía permitir que nadie viera mi rostro en el estado tan lamentable en el que debía encontrarse. ¿Y si era el hombre de mi vida?–. Si no lo ha hecho, hágalo, es una visita imprescindible. En el Callejón del Oro vivió Kafka dos años, ¿lo sabía?
– Sí –respondí con un gemido agónico que casi pareció un lamento.
– ¿Y sabía que también se le llama el Callejón de los Orfebres? –Imágenes de impresionantes joyas cruzaron volando mi pamela, causándome una inmediata sensación de bienestar. Bajé las manos sin darme cuenta.
– ¿Joyas? –La voz me brotó débil y lastimera de la garganta.
– Ah, suponía que le interesarían las joyas, mi señora. Las joyas de la Corona checa se guardan sobre la puerta Dorada, en la cámara de la Coronación, al final de unas escaleras a las que se accede desde una puerta cerrada con siete llaves, oculta en el flanco sur de la capilla de San Wenceslao, una de las capillas más importantes de la Catedral de San Vito. Dígame, ¿se encuentra mejor? –Lo cierto era que el hipo había desaparecido.
– Sí, pero no vuelva a llamarme señora –le increpé sin fuerzas mientras me enjugaba las lágrimas con un pañuelo. El hombre se echó a reír.
– Y, si me permite, ¿cómo quiere que la llame? –me preguntó con un tonillo irónico.
– Señorita está bien, gracias. También puede llamarme Pamela, si lo prefiere.
– Yo soy Verner, Verner Drexler. Disculpe, señorita –puso un énfasis extraño en la palabra mientras examinaba exhaustivamente mi rostro–, pero su cara me resulta familiar, ¿nos conocemos?
– No lo creo –respondí evasivamente, haciendo ver que no me daba cuenta de que sus ojos ligeramente saltones me estaban recorriendo.

Nos miramos en silencio. Era un hombre que debía hacer unos años que había traspasado la treintena, de rasgos varoniles aunque no demasiado atractivos. Tenía los ojos de un color azul frío y el pelo, de un rubio oscuro, hacía años que le había empezado a ralear. Una perilla afilada le enmarcaba los finos labios, en los que se dibujaba una sonrisa aviesa.

Entonces nos reconocimos: era el hombre al que le había tirado encima el café en mi último vuelo.

Sincerely yours, and sad
Pamela

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Funesto San Valentín

jueves 14 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

En contra de lo aconsejable, me dejé seducir por la inesperada proposición de Samantha: una sesión nocturna de cine fantasmagórico. Sé lo que estáis pensando, queridos, ir a un desfile de Ágata Ruiz de la Prada también hubiera sido un buen sustitutivo y sin tan funestas consecuencias para mí, pero ella no hubiera conseguido que los astutos duendes del miedo se encaramasen a mis zapatos de tacón como lo conseguía un plan como ése. El cine de terror me atraía irremisiblemente, incluso en contra de mi quebradiza voluntad. Y era mejor que quedarme sola en mi habitación la noche de San Valentín, idea que se me antojaba de lo más deprimente.

En un principio me negué en redondo, pues sabía que algo así no haría sino crecer la semilla de pavor que se había alojado en mí desde la otra noche, pero después de escuchar que Samantha tenía en su casa una habitación habilitada únicamente con propósitos cinéfilos, no tuve más remedio que rectificar. Debéis entenderlo. Además, debo confesar que tenía cierta curiosidad por ver la residencia de mi amiga y descubrir más cosas sobre ella.

Así que bajé de mi habitación para tomarme un bloody mary antes de que Christopher me condujera a mi destino, momento que pensaba aprovechar para pedirle disculpas por la reprimenda a la que le sometí el mes pasado. Pero cuando llegué a la sala de fiestas, la encontré completamente vacía. A esa hora Alessandro solía ultimar los detalles del bar para tenerlo todo preparado para el día siguiente, ya que era muy meticuloso, pero imaginé que se habría marchado antes de lo habitual para disfrutar de una romántica velada con su novia Agnieszka.

Mientras esperaba a que apareciera mi querido chauffeur, me serví yo misma un dry martini. Debo reconocer que no era tan delicioso como los de mi barman, pero tuve que conformarme.

Fue entonces cuando escuché el ruido. Los duendes del miedo abandonaron mis zapatos para recorrerme la columna, y automáticamente cayó sobre mi pamela una cascada de tenebrosas ideas sobre espíritus y aparecidos. Con el corazón latiéndome en las sienes, me dirigí hacia el origen del sonido armada con una cucharilla batidora.

Cuando se escuchó otra vez el ruido, pensé que iba a desmayarme allí mismo. Provenía del almacén. La puerta estaba abierta. Me acerqué a ella con el más absoluto sigilo, utilizando mis poderes de espía. Y cuando llegué, deseé estar muerta desde lo más profundo de mi ser.

La cucharilla se desprendió de mis dedos y cayó al suelo con estrépito. Me descubrieron. Salí corriendo sintiendo que ríos de lágrimas inundaban mis mejillas. Huí del hotel y, desesperada, me lancé sobre el primer taxi que encontré. Entonces vino una imagen a mi memoria: la Torre; y lo entendí todo.

¿Cómo voy a volver a mirarles a la cara? ¡Si ni siquiera soy capaz de describirlo aquí! ¡Oh, Dior mío, cuán nefasto es el destino, cuán cruel!

Corazón rotoMientras iba de camino al aeropuerto para escapar del país, no podía dejar de verlos una y otra vez, como el más terrorífico de los filmes inimaginables, reproduciéndose sin cesar en mis retinas. Había descubierto a Christopher envuelto en un torbellino de pasión abrasadora, comiéndose a besos a... mi barman.

Eternamente vuestra, y con el corazón roto
Pamela

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Llamada del más allá

martes 12 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Cuando entré en el club social, todas me miraron y cuchichearon frenéticamente con sus lenguas pérfidas, como de costumbre. Y como siempre, ignoré todo lo que había a mi alrededor, aunque esta vez no iba acompañada por la seguridad que normalmente me brindaba mi fiel Christopher. Echaba de menos su fuerte brazo.

La verdad era que, desde que tuvimos aquella desafortunada conversación, nuestra relación se había enfriado un poco. Ahora no disponía de él tan a menudo como antes, prefería ir sola para no enfrentarme a la forma distante y fría de la que echaba mano para tratarme.

En cambio se le veía muy unido a Alessandro. Desde que fuéramos a su casa, cuando estuvo de baja por el esguince, habían forjado una buena amistad. Siempre que pasaba por la entrada de la sala de fiestas de mi hotel les encontraba conversando y riendo, pero en cuanto me veían un tenso silencio se arremolinaba en el ambiente.

Quizá fui demasiado dura, quizá no debí descargar mi ira sobre él y debí dejar pasar el único error grave que ha tenido desde que lo contraté. En cualquier caso, lo pasado ya no se podía rectificar, así que intentaría compensarle en el futuro para que las cosas volvieran a ser como antes. Ay, mi querido Christopher...

– ¿En qué piensas? –Samantha se me había acercado por la espalda, de manera que no la había visto llegar hasta que me recorrió el hombro con el dedo. Parecía muy contenta.
– Hola, querida. ¿Cómo estás? –pregunté.
– Muy bien. Por cierto, no he tenido oportunidad de disculparme por lo del otro día –Samantha hablaba haciendo su habitual despliegue innato de coquetería. Me di cuenta de que el camarero la miraba como obnubilado.
– ¿El qué?
– Cuando quedamos en el spa y no me presenté. Es que tuve una reunión de urgencia y no pude ni siquiera llamar para avisarte.
– Ah, no te preocupes, querida. No tiene importancia, ya ni me acordaba.
– Claro que la tiene. Normalmente cumplo con mis compromisos, pero no volverá a suceder.
– Gracias –le dije al camarero, que nos estaba sirviendo los martinis que habíamos pedido.
– De nada –respondió él, sin dejar de mirar a Samantha. Ella entornó los ojos hasta que se hubo marchado, removiendo su martini con despreocupación.
– De acuerdo, entonces disculpas aceptadas –contesté a Samantha.
– ¿Va todo bien? Pareces pensativa –últimamente todo el mundo parecía capaz de leer mis pensamientos, y debo reconocer que resultaba irritante.
Tatuaje de Samantha– Sólo he tenido un día raro. –Samantha cruzó sus largas piernas, dejando entrever el tatuaje con forma de gata que tenía en una de ellas–. ¿Cuándo te lo hiciste? –pregunté señalándolo con la mirada.
– Ah, ¿esto? Fue un acto de rebeldía de mis tiempos de juventud.
– ¿Significa algo?
– Me gustan los gatos, son preciosos. Para los egipcios eran seres divinos y algunas culturas creían que los gatos están a medio camino entre este mundo y el otro. Creían que eran algo así como guardianes del más allá –la mirada fija de Samantha me provocó un escalofrío.
– ¿Y tú lo crees?
– ¿Yo? Creo que hay cosas que no alcanzamos a comprender.
– ¿Espíritus?
– Por qué no.
– Odio los espíritus, no me gustan nada de nada. –Samantha se echó a reír al ver mi cara de desagrado.
– ¿Por qué?
– No sé, me dan miedo, ¿sabes? Aunque también siento una extraña atracción por ese tema. Siempre acabo viendo algún filme de fantasmas, pero luego lo paso tan terriblemente mal... No aprendo, querida.
– Yo creo que sí existen –lo afirmó tan seria que se me erizó la piel.
– ¡Ay! –gemí–, ¡no digas eso! –En ese momento, como si respondiera a una invocación del más allá nacida de los labios de Samantha, mi móvil se puso a cantar, sobresaltándome. Era un número desconocido–. Disculpa, Samantha.
– Tranquila, mientras tanto voy al tocador.
– ¿Sí? –pregunté al descolgar. Nadie contestó, únicamente se escuchaba un ruido estático–. ¿Quién es? ¿Hola?

Como no recibí respuesta, colgué. Llamaron tres veces más mientras Samantha estaba ausente, y sólo en la última llamada me pareció escuchar algo. Pareció un susurro, ni siquiera lo entendí, pero fue suficiente para estremecerme como si mi cuerpo fuera de seda.

Esa noche no pude dormir en mi suite porque me aterrorizaba que los espectros del más allá estuvieran observándome desde los espejos, así que hice que me cambiasen a una habitación que careciese de ellos.

Justo antes de que Morfeo se me llevara a tierras lejanas, un recuerdo afloró en mi mente. El de un teléfono móvil que susurraba mi nombre, apenas audible, casi un año atrás.

Absolutamente vuestra, y espeluznada
Pamela

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Mundo interior

lunes 11 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

En el despacho de Linus flotaba una atmósfera diferente, mística, a causa del contraste con los temas de los que solíamos hablar normalmente. Me resultaba extraño estarle contando mi encuentro con Isabella como algo relevante. Al escucharme a mí misma, todo me sonaba absurdo e impropio de una persona con una mente formada y madura. Pero no podía negar la evidencia, lo cierto era que un cierto sentimiento de inquietud se había albergado dentro de mí desde aquel encuentro.

Isabella me repitió una y otra vez no se les debía dar tanto crédito a las cartas, que eran meras suposiciones sobre un futuro incierto que en ningún caso estaba escrito. Sólo describían una de las múltiples posibilidades de una realidad cercana, pero lo que finalmente acabaría aconteciendo dependería principalmente de mis acciones y las de los demás.

– A mí me parece muy interesante –dijo Linus, llevándose la mano a la barbilla como solía hacer siempre que algo le interesaba–. ¿A qué crees que se debe que le estés dando crédito a unas simples cartas? Ahí está lo relevante, en que te fijas más en una hipótesis imaginaria que en las cosas reales de tu vida que requieren tu atención.
– ¿Me estás intentando decir, querido, que crees que intento desviar la atención de lo que no me gusta?
– Pamela, eres una persona con un mundo interior prodigioso. Tienes una imaginación desbordante que muchos quisiéramos tener, que hace que la vida vibre a tu alrededor con la intensidad de los colores del arco iris –la declaración de Linus me hizo sentir halagada a la par que completamente alucinada–. Pero creo que eso hace que tengas cierta tendencia a evadirte de la realidad. Prefieres preocuparte por fantasías de futuros inciertos que te parecen más interesantes, que hacerlo de los problemas que tienes que solucionar y que quizá son menos excitantes. –Las palabras de Linus se me clavaron en el pecho.
– ¿Me estás llamando loca? –Me puse en pie. Linus sonrió pensando en un principio que estaba de broma, pero al verme seria se quedó rígido.
– No quería decir eso.
– No te pago para que me insultes.
– Pamela, bajo ningún concepto pretendía ofenderte.
– Pues no me trates como si fuera una niña encerrada en su mundo imaginario. Te estás equivocando hablando tan a la ligera. Soy consciente de que lo que te he comentado era una mera inquietud pasajera, no algo tan importante como para abarcar toda mi realidad. Puedo emocionarme o preocuparme con cosas pequeñas que no serían nada para la mayoría de la gente, pero eso no significa que no sepa valorar su importancia.
– Yo...
– Me gustaría poder hablarte de insignificancias sin que pienses que son lo único que pueden ver mis ojos. Y soy lo suficientemente responsable como para ocuparme también de las cosas que no son de mi agrado, aunque reconozco que a veces me requiera algo de tiempo.
– No he querido decir... –Linus dejó la frase a medias–. Te pido que me disculpes, ha sido un malentendido.
– Está bien, querido, no tiene importancia. Ahora debo irme –fui a recoger mi abrigo y mi bolso.
– ¿Ya? –Linus miró su elegante reloj–, pero aún no es la hora.
– Lo sé, pero tengo un compromiso en mi club social. Nos vemos el próximo día, querido.

Dejé a Linus sentado en su elegante sofá de palisandro con cierta expresión de malestar y tristeza en la cara. Quizá se sentía culpable por haberme prejuzgado a la ligera, y lo cierto era que en cierto modo me había decepcionado.

Sinceramente vuestra, y decepcionada
Pamela

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La Torre

domingo 10 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

En la playa, Isabella barajó las cartas durante un rato, y cuando terminó, me las puso en la mano y preguntó:

– ¿Hay alguien especial en tu vida?
– Creo que ahora mismo no.
– Entonces barájalas concentrándote en una escena indefinida. Cierra los ojos y relájate. ¡Vamos! –Cerré los ojos y escuché atentamente su hipnótica voz–. Imagina que estás abrazada a un hombre muy, muy especial.
– ¿Un hombre maravilloso?
– Eso es, un hombre maravilloso que te hace sentir completa, llena de felicidad y amor. Pero no le ves la cara porque estás apoyada en su pecho, escuchando los latidos de su corazón...
– ... y siento cómo me rodean sus fuertes brazos y su imponente torso, ¿verdad?
– Sí, claro.
– Y vibro con todo mi ser cada vez que siento su respiración, y sé con una certeza absoluta que me quiere con toda su alma. Incluso daría su vida por mí sin dudar. Y quiere estar tanto tiempo conmigo como largos son los días y las noches. Y...
– ¡Ya, Pamela, tranquilízate mujer! –Isabella se reía mientras hablaba–. ¡Qué imaginación! Anda, empieza a barajar, pero no pierdas la imagen. Concéntrate.
– De acuerdo.
– Con eso será suficiente –sentenció pasados unos momentos–. Dámelas.
– Sólo un poquito más. –Las cartas siguieron girando entre mis dedos mientras yo me recreaba en mi escena imaginaria.
– Bueno, creo que ya está.
– Un segundo más.
– ¡Pamela! –Muy a mi pesar, le devolví la baraja a Isabella, que no dejaba de reírse con mis reacciones. Me invadió una pequeña tristeza cuando la grata imagen de mi hombre maravilloso se desvaneció–. ¡Ay, pero qué mujer! Y no me pongas cara de pena.
– ¿Para qué he tenido que barajarlas?
– Para dejar en ellas tu energía. De esa forma nos ayudarán a interpretar lo que vaya a suceder con tu vida amorosa en el futuro inmediato. Es como si pudiéramos entrever algunas frases de la próxima página de tu historia. Veamos –dijo sacando una carta del mazo y poniéndola sobre la arena–. Sí, el Papa.
– ¿Qué significa?
– Representa a una persona cercana a ti, incluso podría ser más cercana de lo que crees, pero para poder decirte más necesito el resto de cartas que la acompañan –continuó sacando cartas–. Ahá, el Diablo, el Emperador, y por último los Amantes y la Torre. Ah, interesante, muy, muy interesante.
– ¡¿Qué ves?!
– Vamos a ver, el Papa y el Emperador representan dos figuras masculinas, dos hombres que son o serán importantes para ti muy pronto. El Papa como te decía puede ser una persona cercana, y el Emperador podría ser una persona nueva. Como ves el Diablo está entre ellos.
– ¿Eso es malo?
– No. El Diablo representa las pasiones, los instintos más primarios. Lo que significa que habrá pasión entre tú y esos hombres. Puede que se trate de un triángulo amoroso en el que tú seas el vértice principal y que haya algún tipo de conflicto.
– ¿Quieres decir que habrá dos hombres masculinos y extraordinarios que se pelearán por mi amor? –La sola idea me llenó de emoción y noté que los ojos se me humedecían a la vez que los vellos de mi cuerpo se erizaban.
– Ay, Pamela, es posible, mira, la siguiente carta que ha salido son los Amantes.
– ¡Oh! ¿Significa que serán mis amantes? –Esto se estaba poniendo cada vez más interesante.
– No, significa que habrá un amor profundo en juego, y que tendrás que elegir. Tomarás una decisión importante para que la situación se decante para uno u otro lado. Seguramente significa que tendrás que elegir a uno de ellos y olvidarte del otro.
– ¡Oh, qué horror, qué destino cruel me espera! –Me agarré a las manos de Isabella con los ojos llenos de lágrimas–. ¿Por qué les pasan cosas malas a las personas buenas?
– No tiene por qué ser algo malo.
– ¿Y qué voy a hacer? ¿Qué pasa si me equivoco al elegir?
– No te preocupes. Mujer, si algo de esto llega a suceder, ya lo pensarás entonces. Las cartas no son exactas al cien por cien, a lo mejor incluso me he equivocado al interpretarlas, así que no debes darles tanta importancia.
La Torre– Aún queda una carta –dije mirando a Isabella con suspicacia, no demasiado convencida con los consuelos que me brindaba–, ¿la Torre?
– Sí, y esta carta no es tan buena como las demás –en la carta se veía dibujado un relámpago que destruía las almenas de un torreón, haciendo que un hombre se precipitara al vacío.
– ¡¿Por qué, qué significa?!
– Significa que uno de esos hombres...
– ¡Qué, qué!
– Que habrá una traición. Posiblemente uno de esos dos hombres te traicionará, y eso te hará sufrir. ¡Pamela, no pongas esa cara de pánico! –Isabella se rió con fuerza otra vez–. Ésta sólo es mi interpretación de las cartas, te repito que no tienes por qué preocuparte tanto.

Pero yo sólo podía pensar en el fatal destino que me habían augurado las cartas. ¿Y si era verdad? ¿Y si era posible leer el futuro en ellas? Entonces estaba condenada a una dura decisión a la que me debería enfrentar muy pronto. Eso y una traición.

Eternamente vuestra, y temerosa del futuro
Pamela

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Futuros de papel

sábado 9 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Caminé acompañada únicamente por la luz de la mañana y la brisa de serenidad que me envolvía, sin Christopher ni Alessandro, sin nada que turbara la calma de mi corazón. Me senté en una terraza a pie de playa y contemplé cómo las olas se deslizaban hasta la orilla en un cortejo interminable, susurrando secretos de amor.

Mis pensamientos se tumbaron a la sombra de las palmeras con el único cometido de dejar templar sus nervios al sol. Las preocupaciones vagaron como islas a la deriva sobre lagunas de cristal de Murano.

Yo aún no lo sabía, pero la incertidumbre no pretendía abandonarme ni por un solo día. Tomó la forma de una mujer sentada sobre la arena. Una mujer de raza negra vestida de blanco que parecía estar disfrutando de un relax absoluto. Yo la conocía, y no pude evitar acercarme para saciar mi curiosidad. Tomé mi cosmopolitan en una mano, mis manolos en la otra y me acomodé a su lado.

– Una bonita mañana, ¿verdad? –dije. Isabella abrió los ojos y me miró.
– ¡Pamela! ¡Qué sorpresa! –Me abrazó afectuosamente derramando sus estruendosas risas, que ya empezaban a resultarme extrañamente familiares–. ¿Cómo estás?
– Bien, querida, muy bien. ¿Y tú?
– Bien, sí. Pero Pamela –me observó con detenimiento y se puso seria–, hoy estás distinta. ¿Seguro que estás bien?
– Sí, seguro, ¿por qué lo preguntas?
– Tu luz. Es diferente de la que vi en fin de año, está como más dispersa. Además, se te ve muy serena, pero no transmites una calma tranquila –puso una expresión analítica como si estuviera haciendo un diagnóstico de mi karma–. Es más como la que hay antes de la tormenta.
– Querida, ¿cómo lo haces?
– ¿El qué?
– ¿Cómo lees la mente de los demás?
– ¿La mente? –Isabella estalló en carcajadas–. No leo la mente, sólo tengo los ojos abiertos.
– Pues eres asombrosamente observadora.
– Uy, no, qué va.
– Claro que sí, querida. En realidad has acertado, o sea, me siento algo perdida, ¿sabes? –confesé. Algo en Isabella me inspiraba confianza.
– ¿Y por qué?
– No sé, supongo que a veces me siento muy sola.
– Ah, el amor. Es eso, ¿no?
– Puede. La verdad es que ya no lo sé.
– Ay, Pamela, al final siempre se trata de eso. Mira, yo no sé mucho sobre el amor porque sólo soy una inmigrante africana que muchos creen que no debería estar aquí –lo decía gesticulando exageradamente con las manos y en un tono jocoso que me hizo sonreír–, pero te diré una cosa: cuando más duele el corazón es cuando está seco, y me parece a mí que el tuyo hace mucho que no bebe del agua de la pasión.
– Quizá.
– Te diré lo que vamos a hacer: averiguaremos qué te depara el futuro en el amor, ¿quieres? Hace tiempo que no hago esto y estoy un poco oxidada, pero no se pierde nada por intentarlo –Isabella sacó una baraja del bolso.
– ¿Qué es eso?
– Cartas del tarot.
– ¿Crees en esas cosas?
– ¿Acaso crees que en el mundo no hay nada más que lo que podemos ver? No, Pamela, hay mucho más, te lo aseguro.

Isabella cerró los ojos y su respiración se hizo profunda y pausada. Yo observé en silencio cómo barajaba las cartas lentamente, preguntándome si era posible que el futuro pudiera revelarse a través de unos papeles pintados con misteriosos dibujos...

Siempre vuestra, y llena de inquietud
Pamela

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Seducción fatal

miércoles 6 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Mala. Muy mala. Eso es lo que me había propuesto ser ese día. Dejar de lado mis valores para meterme en la piel de una Mata-Hari insensible y despiadada cuya única misión fuera embaucar y seducir a los incautos príncipes que me rodeaban.

Mi primera misión sería engalanarme adecuadamente. Elegí un Galliano negro con un amplio escote bordeado de pequeños volantes y el bajo salpicado de cristales Swarovski color ébano. Lo acompañé de unos pendientes vintage color sangre y de un delicioso fascinator. Terminé el trabajo con un maquillaje espectacular en tonos sombríos, excepto por el Rouge Dior de mis deseables labios.

Entré en la sala de fiestas lentamente, como si hubiera acabado en aquél lugar de casualidad y estuviera estudiando si merecía mi presencia. Me senté en una mesa distante en lugar de hacerlo en la barra como normalmente. Alessandro aún no me había visto, así que saqué mi nueva pitillera, encendí un cigarro y aspiré sensualmente el espeso humo. Fumar fue más sencillo de lo que me imaginaba, queridos, pero no conté con el espantoso e interminable ataque de tos que me sobrevino después. ¡Por Dior, con lo natural que parecía cuando lo hacía Rita Hayworth!

Tras regresar del tocador con el rimel restaurado, deseché la idea de inhalar más humo por mi propia seguridad. Crucé mis largas piernas y me recosté sobre la silla mientras miraba a Alessandro con ojos seductores. Cogí despreocupadamente el pincho de mi martini y me llevé la aceituna a los labios, haciendo que mi lengua jugara con ella. Era imposible que un gesto tan infalible fracasara.

Ya empezaba a sentir la lengua dolorida cuando Alessandro se dignó a mirarme, así que inflingí renovado ímpetu al movimiento, con tan mala suerte que la aceituna se salió del pincho y cayó en la copa, salpicando unas gotas que fueron a parar directamente a mi ojo derecho. Sentí un fogonazo seguido de un ardor indescriptible, y no pude evitar levantarme gritando como una posesa.

Alessandro acudió en mi auxilio y, echándome abundante agua, me ayudó a recuperar la visión. Le di las gracias y me marché apresuradamente, intentando huir del fantasma del ridículo.

Mientras el ascensor se elevaba, entendí que había recibido un castigo divino por mis malas intenciones. En la brillante superficie de las puertas se reflejaba una mujer con el pelo mojado pegado a la frente, el maquillaje desleído y un ojo rojo lleno de lágrimas.

Siempre vuestra, y sumida en austeridad
Pamela

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Príncipes y madrastras

lunes 4 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

La conversación que mantuve con Linus el otro día me había provocado un cambio interior inesperado. Me percaté de ello cuando me sorprendí varias veces pensando en Christopher, o cuando me quedé mirando hipnotizada la forma en que cogía el volante con sus fuertes manos.

Pensé que a lo mejor debía dar un giro a mi enfoque emocional. Dejarme llevar y darle una oportunidad a pesar de que su alma estuviera débi