Símbolos ocultos

jueves, abril 24


Queridos amigos virtuales,

No tardé en llegar a la consulta de mi fisioterapeuta. Ese día comenzaba el tratamiento que colocaría mi cadera de nuevo en su sitio, ya que al parecer ahora estaba un poco más elevada del lado izquierdo que del derecho. Así, la espalda recuperaría la perfecta rectitud que jamás debería haber perdido, y dejaría de tener la caprichosa forma de S que había decidido tomar por algún misterio de la naturaleza.

Me preguntaba cuál sería la suerte de ejercicios a los que me sometería Jabes para conseguir curarme en dos sesiones. Sonaba milagroso. Entonces se me antojó pensar que quizá fueran movimientos muy dolorosos. ¿Y si una dama frágil como yo no fuera capaz de soportarlos, se quedaría desviada toda su vida? Un resquemor pequeño, peludo y escurridizo se encaramó a mi columna vertebral causándome escalofríos múltiples.

Por un segundo, me pareció que la camilla de masajes se transformaba en una mesa de operaciones llena de herramientas de tortura. Jabes perdió su magnífica figura para convertirse en un carnicero sanguinario que sonreía mostrando su decadente higiene bucal y que llevaba en las manos una sierra con la que me arreglaría la cadera. Cuando los tres cerrojos de la puerta chirriaron por el óxido y las humedades estaban a punto de manchar mi nuevo Galliano, supe que estaba atrapada.

– ¿Qué tal está hoy? –dijo Jabes, parpadeando con fuerza. Para mi alivio, él y la habitación recuperaron su forma original.
– Bien, estupendamente bien –respondí nerviosa, recorriendo la habitación como una gata enjaulada.
– ¿Se encuentra bien?
– ¿Puedo hacerle una pregunta? –tanteé temblorosa.
– Por supuesto.
– ¿Va a hacerme daño? –pregunté, llena de aflicción, con los ojos muy abiertos y agarrando el bolso contra mi cuerpo.
– ¿Cómo? –Al principio Jabes no me entendió. Se quedó un rato mirándome sin decir nada y, de súbito, rompió a reír.
– ¿De qué se ríe? –musité tímidamente. Pero Jabes no podía responder, estaba recostado sobre la camilla y se reía tanto que hasta se le saltaban las lágrimas.
– Ay... Lo siento –dijo cuando pudo respirar, entre risa y risa–. Es que ha puesto una cara tan graciosa y lo ha dicho de una manera –el recuerdo le hizo reír otra vez durante un rato–. Uf, no puedo más, ¡qué dolor de abdomen! De verdad que lo siento.
– No se preocupe, me alegro de resultar tan divertida –mascullé, mientras me sentaba al ver que el ataque de risa no remitía. Si no fuera por el momento de angustia que acababa de sufrir al entrar, yo también me hubiera reído.
– Discúlpeme un momento, enseguida vuelvo –aun con la puerta cerrada, se escuchaban las risas surcando el pasillo. Al cabo de un rato, Jabes regresó, ya más tranquilo.
– ¿Ya está mejor? –le pregunté.
– Sí. Lo siento mucho, no sé qué me ha pasado. Respecto a la pregunta que me hizo... No, no voy a hacerle daño. Algún ejercicio puede que le duela un poco, pero no será nada que no pueda soportar –manifestó con voz serena.
– ¿Seguro? –dudé, poniendo atención en no poner la misma cara de antes.
– Sí, seguro. Si es tan amable, puede ir quitándose la ropa.
– ¿Cómo? –No sabía si había oído bien.
– Necesito que se quede en ropa interior y se tumbe sobre la camilla. –Al ver mi cara de pudor, que debía estar tan roja como mi ropa interior de encaje, añadió con una sonrisa–: Tranquila, no voy a mirar, todavía –y se puso a mirar la pantalla del ordenador.

Nunca hubiera pensado que desnudarse de espaldas a un hombre pudiera resultar tan bochornoso y excitante al mismo tiempo. Una mezcla de sensaciones contrapuestas se arremolinaba dentro de mí. Era la primera vez que hacía algo así y, mientras mi vestido se deslizaba sobre mis piernas de seda, largas hasta el infinito, sólo pude dar gracias al cielo por haberme dado la inspiración para elegir una lencería adecuada para ese momento. Aun así, estaba tan nerviosa que no se me ocurría cuál era la manera de comportarse en semejante situación, cabe añadir que separarme de mi pamela no era de mucha ayuda.

Jabes había apagado la pantalla y estaba a punto de darse la vuelta cuando me percaté de que... ¡Oh, qué vergüenza, queridos! No puedo ni mencionarlo aquí, resulta tan vulgar... No es propio de una dama de mi alcurnia, no sé qué me ocurrió. De acuerdo, lo intentaré. No, no insistáis más, lo haré por vosotros: Jabes estaba a punto de darse la vuelta cuando me percaté de que tenía los senos... No puedo, queridos, lo he intentado pero mis dedos no me obedecen. Quizá se deba a la laca de mis uñas perfectas, pero algo me impide escribirlo. Espero que no me lo tengáis en cuenta, sólo puedo decir que al darme cuenta de ello salté sobre la camilla cual guerrillera huyendo de una explosión cercana, y que al caer me quedé con la cara metida en la abertura hecha para los masajes realizados boca abajo.

– ¿Pamela? –carraspeó la voz de Jabes.
– ¿Sí? –respondí sin sacar la cara del agujero.
– El collar.
– ¡Oh! –Entonces caí en la cuenta de que había olvidado quitarme el colgante con forma de estrella de mi madre. Me aparté el pelo de la nuca y añadí–: Si es tan amable.

Las manos de mi fisioterapeuta me produjeron un escalofrío máximo al liberarme del collar, tanto fue así que pensé que me iba a poner a temblar allí mismo. Ante el pánico de que se diera cuenta, moví los brazos violentamente con la intención de tensar los músculos y evitar el posible temblor. Noté que mi mano derecha topaba con algo, algo que rogué a Dior que fuera cualquier cosa menos el cuerpo de Jabes. Escuché un sonido metálico.

– Lo siento, creo que se ha roto –dijo Jabes.
– ¿Qué? –Alcé la cara de la camilla. Al parecer le había dado al colgante con la mano, tirándolo al suelo–. Oh, no se preocupe, es que se abre por delante –le tranquilicé–. ¿Eh? Un momento, ¿me deja verlo?

Mi tez debió quedarse tan blanca como la bata de Jabes. ¿Era aquello posible? La parte de atrás de la estrella se había soltado, dejando una abertura como la de delante que no sabía que existía. Dentro, un símbolo brillaba cual corazón de hielo latiendo en un silencio mortal. Era una svástica rectilínea, la misma que solían lucir en el brazo los seguidores del infame Adolf Hitler.

Estremecidamente vuestra,
Pamela

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Diamantes... 2

  1. Escrito por Anonymous iereas

    sábado, abril 11, 2009 11:13:00 p. m.

    Muchos son los símbolos que se reutilizan a lo largo de la historia infundiéndoles una nueva carga y significado.

    Unas Caipirinhas?

     
  1. Escrito por Anonymous Pamela

    martes, abril 14, 2009 12:31:00 p. m.

    Querido Iereas,

    No me hables de caipirinhas, ten piedad, pues haces que recuerde a mi querido amigo Marco, al que hecho mucho de menos desde que se marchó.

    Siempre tuya,
    Pamela

     

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