El gato con botas
sábado, agosto 9
Estaba confirmado: Adam me estaba evitando. Se le veía triste, iba de un lado a otro del jardín como un alma en pena y, en cuanto me veía salir por una puerta, se esfumaba entre los setos.
Convencida de que debía hablar con él para zanjar este asunto y arreglar las cosas, me propuse abordarle. Esperé agazapada, espiando tras los cristales. Mientras observaba, sentí mis súper poderes pamelísticos activarse. Controlé los movimientos de mi jardinero casi sin pestañear y, cuando entró en el cobertizo donde guardaba los enseres de jardinería, moví los tacones a cien metros por hora. El cobertizo sólo tenía una entrada, así que esta vez no podría escapar.
Mientras cruzaba a toda velocidad el sendero de piedras del jardín, procurando que mis tacones no se clavaran entre las baldosas, mi pamela salió volando y mi melena rubia se soltó al viento, haciéndome sentir como una leona atravesando la sabana en busca de su presa. Tan sólo unos metros me separaban de mi objetivo. ¡Entonces un gato negro cayó de la nada y se plantó en medio del camino! Jamás había visto uno de aquellos animales en mi jardín, ¡y tenía que aparecer justo en ese momento! Di un salto para esquivarlo y, mientras volaba, la cara de Samantha atravesó mi cabeza. Al aterrizar a semejante velocidad perdí un zapato y tuve que hacer un movimiento antinatural para no romperme el tobillo. Aquello me hizo perder el equilibrio por completo. Grité al embestir con el hombro la puerta del cobertizo, que rebotó contra la pared y se cerró con gran estruendo, pero grité aún más al darme cuenta de que me iba de cabeza contra la sonrisa dentada de un rastrillo.
Cerré los ojos. Sin embargo, el mordisco metálico no llegó. Me había parado en seco. Cuando miré vi a Adam con cara de susto, que me había detenido al vuelo y me sostenía en una postura que recordaba a la posición final de un baile de salón. Sus anchas manos me sujetaban sin esfuerzo.
—¿Se ha hecho daño? —dijo con su boca de pajarillo, muy preocupado.
—No. Creo que estoy bien... gracias a ti —contesté. Su cara quedaba lo suficientemente cerca de la mía para que resultara difícil concentrarse, pero intenté recordar el motivo que me había llevado allí. Lo recordé cuando vi que Adam me estaba mirando el escote—. Adam, venía a hablar contigo.
—Lo sé. Sé lo que quiere decirme —sentenció convencido.
—¿Ah, sí? —pregunté sorprendida.
—Sí. Que lo que pasó el otro día fue un terrible error, ¿verdad? —afirmó. Sus ojos se encendieron con la llama del deseo—. Yo también lo pienso.
—Exacto, fue un terrible error... —repetí cual autómata descerebrada. Aquella llama que ardía en sus pupilas me nublaba la mente. No podía pensar.
—Y que no puede volver a pasar. —Los labios de Adam pronunciaban las palabras con un tono de voz que parecía querer decir justo lo contrario de lo que estaban diciendo. Sus manos se cerraron a mi alrededor con más fuerza.
—No puede volver a pasar, no... —coreé, obnubilada, observando cómo Adam se me acercaba cada vez más sin poder hacer nada para evitarlo.
—Y que esto no está bien. Una mujer como usted y yo, su jardinero... —Su barba estaba a punto de rozar mi piel cuando, de repente, Adam se puso tenso y, con voz seria y cara de pesar, añadió—: No, esto no está bien. No está nada bien.
La llama de sus ojos desapareció. Adam me incorporó, me alisé el vestido y recuperé la compostura. Había tal tensión en el aire que si hubiera sacado el lápiz labial habría podido pintar en él. Era el momento de recuperar el control.
—Bueno —carraspeé—, en realidad había venido a hablar contigo de otra cosa.
—Lo siento —contestó Adam muy turbado. Me miró, aunque no parecía verme, y después se fue directo hacia la puerta del cobertizo. Los cristales rotos que cubrían el suelo crujieron bajo sus pies—. Debo irme.
—¿Estás bien? —le pregunté. Parecía realmente afectado.
—¡Maldita sea! —gritó Adam tras intentar abrir la puerta, y dio un violento puñetazo que hizo temblar las paredes del habitáculo.
—¡Oh! —respingué sobresaltada. El golpe había sido tan fuerte y me había cogido tan de improviso que me puse a temblar del susto.
—No puede ser... —suspiró Adam.
Se apoyó en la pared, abatido. En su espalda se dibujó la sombra de un felino. El gato se había subido a la rama de un árbol y nos miraba con interés a través de la ventana rota de la puerta del cobertizo. Se decía que un gato negro era señal de mala suerte, y éste además tenía una mirada espeluznante. Nos miraba como si fuéramos pajarillos con los que divertirse. Sin embargo, las patas del gato no eran negras, sino grises, de forma que parecía que llevase unas elegantes botas.
Adam se dio la vuelta con cara de circunstancias y me mostró la mano. En ella estaba el pomo de la puerta. Estábamos encerrados.
Enclaustradamente vuestra,
Pamela
Etiquetas: Mi vida
miércoles, enero 13, 2010 9:30:00 a. m.
Como una leona atravesando la sabana! XDXD qué bueno.
Sus.