Relax primaveral

sábado, mayo 31


Queridos amigos virtuales,

Siguiendo las indicaciones de mi psicoanalista, me había propuesto relajarme paseando por el jardín con una infusión de camomila en la mano y oliendo el aroma de las flores y de la hierba recién cortada. Bueno, quizá el torso de mi robusto jardinero también tuviera algo que ver con mi estado de relax, para qué negarlo. Jamás hubiera adivinado lo terapéutico que resultaba observar cómo el calor del sol de mayo y el trabajo al que sometía su musculatura hacían brillar su piel. Sí, sé lo que estaréis pensando, queridos, pero yo debía hacer caso a mi médico por encima de todo y pensaba cumplir sus indicaciones con absoluta abnegación. Todo por el bien de mi salud, lo juro sobre mi vestido preferido de Armani.

– ¿No quiere que le recorte un poco los setos? –me preguntó inocentemente cuando se dio cuenta de que le seguía de aquí para allá. Observé cómo su mandíbula se deslizaba al hablar y me detuve en su boca. Su labio superior era algo más fino que el inferior, dando la impresión de que fuera parecida a la de un pajarillo–. No los estoy podando, sólo les hacía algún cortecito.
– Oh, no, Adam, no es eso. Haces muy bien. Sólo te observaba porque me relaja ver cómo lo haces –contesté–. No te molesta, ¿verdad?

No pude evitar imaginar que mi cuerpo era un arbusto al que las poderosas y sucias manos de Adam daban forma con aquellas grandes tijeras de podar. De repente mi cuerpo tenía troncos en vez de piernas y mis senos eran dos vigorosas rosas de un color tan vivo que era imposible no mirarlas. Sin embargo, se me cortó la oxigenación y las raíces se me pusieron de punta cuando vi que tenía hojas en las axilas, así que me obligué a poner los pies en la hierba otra vez.

– Qué va, no me molesta –apuntó Adam, secándose el sudor de su amplia frente con el antebrazo. Tenía el pelo muy corto, pero una barba muy cerrada compensaba sus entradas–. Mire cuanto quiera, mientras no se aburra.
– Uy, no me aburro –afirmé muy convencida, repasando su indumentaria cuando volvió a mirar al arbusto. En efecto, el verde oscuro del peto hacía juego con su camisa a cuadros.

Paseé tras él obnubilada en su forma de regar todo el jardín con la manguera. Se notaba que lo había hecho cientos de veces, por la precisión con la que la manejaba y porque calculaba por intuición qué cantidad de agua debía echar a cada vegetal. Se veía claro que era un experto.

– Qué buen día hace, ¿no? Dan ganas de dar un paseo –dijo una voz a mis espaldas.
– Oh, ¿ya te has levantado, querido? –pregunté al darme la vuelta. Christopher iba sólo ataviado con un batín que a duras penas ocultaba su contorno. Sentí un calor en la cara que no provenía del sol.
– ¿Por qué me dejas dormir tanto? –me reprochó mientras se desperezaba separando cuanto pudo sus brazos del cuerpo. El batín estuvo a punto de abrirse.
– Estamos como de vacaciones, ¿no? –sugerí, risueña, mientras intentaba mirar a cualquier parte que no fuera la abertura donde aparecía la fina línea de vello que, como un sinuoso camino, partía de las montañas de sus pectorales hacia el bosque prohibido.
– Voy a desayunar –concluyó al marcharse, sin más, ignorando la belleza salvaje de su cuerpo.

Me sentí como una damisela rodeada de bestias indómitas y me llevé la taza a la boca, mirando hacia los lados con secreto regocijo. En ese momento estuve segura de que Blancanieves exageró ligeramente cuando, en el cuento, hizo ver que tenía tanto miedo del leñador porque le quería arrancar el corazón.

Ruborizadamente vuestra,
Pamela

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Diamantes... 2

  1. Escrito por Anonymous Mimi

    viernes, mayo 15, 2009 12:48:00 p. m.

    Me alegra ver que ya estás más relajada, querida Pamela. Aunque con esas compañías no me extraña! ;)

     
  1. Escrito por Anonymous Pamela

    lunes, mayo 18, 2009 11:24:00 a. m.

    Querida Mimi,

    Oh, sí, siempre recomiendo ese tipo de compañías. Yo digo SÍ.

    Siempre tuya,
    Pamela

     

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