Linus y la caja de Pandora

jueves 23 de noviembre de 2006


Queridos amigos virtuales,

Ya me encuentro muchísimo mejor. Dice Linus, mi psicoanalista, que es gracias a la terapia. No dudo de él pero, entre vosotros y yo, creo que se debe más bien a que han ocurrido algunas emociones en mi vida que él ignora y que me han hecho volver a sentir la chispa que hay en ella. La emoción de las pequeñas cosas es muy poderosa, queridos. Y además creo que se lo debo a él, en eso sí tiene razón.

Linus, en la decimoquinta sesión, es decir, anteayer, empezó a creer que yo tenía un trauma oculto desde la infancia, en mi subconsciente, que influía sobre mi personalidad actual y que sin darme cuenta me negaba a recordarlo, como si mi cabeza actuara por cuenta propia a mis espaldas. ¡O sea, queridos, qué cosas tan complicadas! Dijo que sospechaba que en realidad mi problema no estaba provocado por el intento de ultraje de Alfred, así que me propuso hacer una regresión hipnótica para dejar salir lo que fuera que estaba oculto dentro de mí, aunque no me negó que una terapia como esa implicaba un gran riesgo, pues era como abrir la caja de Pandora y no se sabía qué podía salir de ella, aunque también podía ser que perteneciera al alto porcentaje de la población que no era susceptible a la hipnosis y no ocurriera nada. Según la mitología griega, en la caja de Pandora que Hermes le regaló estaban encerrados todos los males del mundo, ¿pero qué podía haber enterrado en mi subconsciente? Francamente, la idea me llenó de un súbito interés y la emoción recorrió mi cuerpo como si duendecillos estuvieran haciendo una carrera sobre mi piel. Yo también me dejaría seducir y sucumbiría a la curiosidad como Pandora, aunque esperaba que con mejor final.

Linus se había ido ya cuando la idea de que estaría inconsciente a su merced me abordó sobre las sábanas de seda de la cama de mi habitación. El calor me inundó como si la lava de un volcán se hubiera desatado. Cabe decir que Linus es un hombre muy apuesto que siempre viste de traje, de mandíbula ancha y afeitado perfecto, ojos tostados de mirada penetrante y segura, de voz dulce y comprensiva pero a la vez contundente, de carácter enigmático. Hubo algo que me llamó la atención desde el principio en él: llevaba siempre un colgante plateado con un extraño símbolo que hacía que la mirada se desviara hacia él.

Al día siguiente, o sea, ayer, salí de mi habitación, fui a mi salón de belleza y a la hora de mi cita con Linus ya estaba perfectamente preparada para la ocasión. Quizá mi escote era demasiado llamativo, pero la ocasión lo merecía, estaba segura. Me tumbé en el diván y esperé, Linus no tardó en llegar. Hablamos un rato y después hizo que me relajara con los ojos cerrados. Poco a poco fui vagando por los senderos que él quiso que recorriese, me sentí ingrávida, las sombras se apoderaron de mí y creo que entré en un sueño profundo e inhóspito.

De repente desperté entre sacudidas. Tenía las mejillas mojadas por las lágrimas, había estado llorando, pero no sabía qué había ocurrido porque no recordaba nada. Me llevé la mano al pecho porque mi respiración era muy agitada y entonces miré hacia abajo y vi que mi escote tenía tres botones desabrochados que antes no lo estaban, dejando entrever mis generosos senos. Tenía mucho calor, a decir verdad estaba sofocada, y a eso se le unió el rubor que me invadió en ese momento. Linus estaba a mi lado con cara de perplejidad, sujetándome por los brazos, absorto. Reaccionó y me trajo un vaso de agua, y se sentó a mi lado con cara de visible preocupación.

– ¿Qué ha pasado? –pregunté.
– ¿No recuerdas nada? –respondió él.
– No, nada.
– Has revivido una experiencia del pasado, de hace muchos años.
– ¿Me estás hablando en serio?
– Pamela, no sólo eres susceptible a la hipnosis, sino que eres extremadamente sensible a ella. Nunca había visto nada igual.
– Linus, me estás asustando.
– No, no, tranquila, no tienes por qué tener miedo. Pero tus reacciones eran tan intensas, tan reales... Me ha sorprendido, eso es todo.
– ¿Qué he hecho? Cuéntamelo.
– Por hoy es mejor que lo dejemos, has vivido cosas muy intensas. Mañana profundizaremos en ello con más calma. ¿Te parece?
– Si crees que es lo mejor...

Pero la verdad es que hubiera deseado cogerle del cuello y zarandearle hasta que me hubiera contado lo que había pasado. No puedo soportar la espera hasta esta tarde. No dejo de mirar el reloj y los crueles segundos pasan tan despacio que no lo soporto. Pero a la vez es tan emocionante, queridos. ¿Qué puede ser lo que ha visto Linus?, ¿qué hice mientras estaba hipnotizada?

Creo que lo mejor será que baje a ver Alessandro, que después de tanto tiempo se alegrará, a ver si la espera se me hace así más llevadera. Además, necesito uno de sus deliciosos cócteles.

Siempre vuestra, y presa de la curiosidad
Pamela

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