Círculos concéntricos

jueves, agosto 14


Queridos amigos virtuales,

No sé cómo salimos del cobertizo pero, cuando recuperé el conocimiento, estaba sobre mi cama con Adam echándome agua en la cara con la misma sutileza con la que regaba los árboles del jardín. Debo reconocer que, a pesar de que casi me ahoga, consiguió devolverme la conciencia. Estaba enternecedoramente preocupado y nervioso, tanto que me costó largos minutos hacerle desistir de su empeño de llamar a una ambulancia. Finalmente conseguí que me dejara descansar, aunque sólo se marchó cuando me quedé dormida.

De eso ya hacía varios días y, desde entonces, no había vuelto a saber nada de mi jardinero. Dadas las circunstancias no me extrañó, aunque mentiría si dijera que no me decepcionaba que no hubiera llamado para interesarse, al menos, por mi estado de salud.

Había pasado las últimas noches en vela porque una criatura llamada culpabilidad rascaba la puerta de mi habitación con sus afiladas uñas para no dejarme conciliar el sueño. En las largas horas de vigilia, martini en mano, pensaba en Carla, en Adam y en los funestos círculos concéntricos que a veces se cierran a nuestro alrededor, estrechándose hasta convertirse en diabólicos cepos.

Pensando en todo ello, me di cuenta de que algo había cambiado en mí. En otra época jamás me hubiera atrevido a dejarme llevar como lo había hecho con Adam. Antes hubiera sopesado todas las posibilidades y detectado los posibles peligros de cada situación, evitando los funestos finales que podían acontecer como una hábil estratega de la vida. Estoy segura de que, previendo que era un error, no hubiera actuado de la forma en que lo hice, y por tanto no me encontraría en la situación en la que ahora me encontraba. Me había dejado llevar y, al hacerlo, había asumido los riegos y consecuencias implícitos en mis decisiones.

Antes me hubiera comportado como la dama que era, la que siempre había sido. Sí, quizá mi integridad se estaba empezando a echar a perder, pero debía reconocer que yo tampoco tenía que asumir toda la culpa. Si hubiera sabido que Adam estaba en semejante situación sentimental, o si hubiera sabido que era el novio de Carla, jamás me hubiera inmiscuido. Al fin y al cabo, no me consideraba mala persona. Estaba segura de ello.

Miré por la ventana y vi la luna creciente en el cielo, envuelta en dos círculos concéntricos. Entonces entendí que, a veces, una debía permitirse el lujo de dejarse llevar y cometer errores. Porque eso era vivir.

Culpablemente vuestra,
Pamela

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Diamantes... 2

  1. Escrito por Blogger CoRaLiE

    sábado, febrero 13, 2010 12:05:00 a. m.

    Exactamente, eso es vivir. No se puede ser perfecto,no hay un ser humano q lo sea, así que no te preocupes,Pamela. A veces, algunos asuntitos,los q llamamos problemas, se arreglan incluso sin poner mucho empeño en ello, sino por cosa del destino.
    Ya que estoy en esto, quiero agradecerte tu comentario. Volví a ller mi mensaje, y creo que no habría podido sonar mas empalagosa. Sin embargo, es lo que pienso... sólo q en mi mente sonaba menos cursi, jaja.

     
  1. Escrito por Anonymous Pamela

    lunes, febrero 15, 2010 11:41:00 a. m.

    Querida Coralie,

    Sin duda tienes razón y, aunque una siempre tiende a la perfección, ese estado no existe más que en las mentes utópicas de los idealistas soñadores. Pero cuesta tanto reconocerlo y evolucionar... Nuestra mente se convierte en un laberinto traicionero del que es casi imposible encontrar la salida.

    En cambio, tu primer mensaje sí estuvo perfecto, porque era todo corazón.

    Siempre tuya,
    Pamela

     

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