La huida de Cenicienta

miércoles, mayo 7


Queridos amigos virtuales,

El vacío inundó mi mente en el momento en el que James señalaba a Samantha. Era un vacío lleno de locura y animadversión envuelto en una crisálida de peligro inminente.

¿Su hermana? ¿Samantha era hermana de James? ¿Tal vez había viajado a otra dimensión sin darme cuenta y estaba viviendo un mal sueño? ¿Acaso todo aquello era producto de una enajenación transitoria que había abordado mi mente de súbito y a traición?

Aquellos segundos se me hicieron eternos. Nadie decía nada, tan sólo nos quedamos absortos mirándonos unos a otros. Hasta que mi amazona interior tomó de nuevo las riendas de mi ser y, con una fuerza inesperada, empujó a James dentro del despacho de Michael. Mi mente estaba concentrada en una única tarea: escapar de allí a cualquier precio. Así que, antes de ver dónde aterrizaba James, cerré de un portazo. Examiné la recepción desesperada, buscando un escondite donde los monstruos no pudieran encontrarme. Se me ocurrió esconderme en el tocador, pero seguro que era el primer lugar en el que buscarían. Después pensé en ocultarme tras la palmera que adornaba la recepción, mas me obligué a reconocer que no estaba tan delgada como para que aquel tronco ocultara mi sinuosa figura. Entonces me di cuenta de que la secretaria de Michael no se encontraba en su puesto de trabajo.

Antes de que mi corazón latiese de nuevo, me lancé a la carrera en dirección a su mesa y, con un movimiento digno de las más aguerridas espías, me deslicé por el suelo aprovechando el impulso. Desaparecí bajo el mueble justo cuando se abría la puerta del despacho de Michael. Escuché unos pasos rápidos. Alarmada, me percaté de que uno de mis pies estaba descalzo. Me asomé desde debajo del escritorio y comprobé con horror que mi zapato de tacón había ido a parar a unos metros de distancia, delante del ascensor. ¡No podría alcanzarlo sin que me vieran! Lo di por perdido, adivinando la desagradable sensación que debió recorrer las venas de Cenicienta cuando perdió su zapato de cristal en su huida hacia el carruaje. Yo debía hacer lo mismo, huir a mi limusina, pero una desagradable desazón me trepó por los brazos al darme cuenta de que mi carruaje carecía de cochero. Era James, el mismo James del que ahora estaba huyendo, quién lo había conducido para traerme hasta allí.

No voy a negarlo, queridos, cuando pude pensar con claridad me percaté de que aquello era totalmente impropio de una dama. ¡Yo, Pamela Débora Serena Von Mismarch Stropenhauen, debajo de la mesa de una secretaria! Si unos días antes me hubieran augurado algo parecido me hubiera reído escandalosamente ante semejante disparate. No obstante, ahora, allí agazapada, todo cuanto podía pensar era en que no podía ser verdad que James y Samantha fueran hermanos.

Hermanos... ¿cómo era posible? Un destello de lucidez partió en dos mi cerebelo, obligándome a mirar la seda que el destino había tejido para mí. Un anillo. Un admirador secreto que había resultado ser una despiadada mujer. Una tienda de antigüedades en la capital de la República Checa. Un marchante de arte. Hermanos. Sí, todo empezaba a encajar. La rueda del infortunio empezaba a mostrar sus afilados dientes y yo era la presa en la que se disponía a clavarlos.

Los pies de James, cubiertos por su magnífico calzado italiano, se detuvieron ante mi zapato abandonado y mis cavilaciones se esfumaron de inmediato. Contuve la respiración. Lo recogió y se quedó allí parado, probablemente meditando acerca de mi paradero.

– ¿Dónde está? –preguntó la voz de Samantha.
– No lo sé –contestó la voz de James–. Habrá cogido el ascensor.
– Miraré en el servicio –apuntó Michael mientras sus pasos se perdían en el pasillo. Se produjo un breve silencio.
– ¿Se puede saber qué haces aquí? –espetó Samantha, muy irritada–. ¿Tú no estabas en Praga?
– Veo que te alegras de verme, ¿eh, hermanita? –ironizó James–. Como ves, he vuelto antes de lo previsto.
– ¿De qué la conoces? –inquirió Samantha.
– ¿A quién?
– A quién va a ser, a Pamela.
– ¡Ah! –exclamó James con despreocupación–. Nos conocimos en Praga. ¿Por qué lo preguntas?
– No es de tu incumbencia. Tú únicamente preocúpate de mantenerte lejos de ella, por favor.
– ¿Y si no? –respondió él, jovial como de costumbre. Estaba claro que disfrutaba traspasando los límites, y cuanto más firmes fueran éstos mejor.
– Déjala en paz, Giovanni. Te lo advierto.
– ¿O qué, Sammy? –enfatizó James.
– Me llamo Samantha –le amenazó ella. La frialdad de su voz heló el ambiente.
– Entonces recuerda llamarme por mi nombre. Es Valentino. No lo olvides –apuntó él, distraído, forzándome a darme cuenta por primera vez de que James no era su nombre.
– Es mía –añadió Samantha con desprecio–. No te acerques a ella. No olvides tú eso.

Al escuchar el tono con que Samantha dijo aquellas palabras, un oscuro escalofrío me mordió el talón del pie descalzo. No tuve que hacer ningún esfuerzo para mantenerme en silencio, muy quieta, porque lo cierto era que estaba muy asustada. ¿Qué era lo que querían de mí? ¿Acaso mi ser era objeto de una conspiración? ¿Formarían todos ellos parte de ella, incluso Michael? ¡Estaba rodeada de monstruos!

– ¿Acaso crees que puedes darme órdenes? –rió James–. Todavía soy tu hermano mayor.
– Hermanastro, si mal no recuerdo.
– En efecto, tu hermanastro mayor.
– En el servicio no está –afirmó Michael mientras regresaba, interrumpiendo la conversación de los hermanos. El sonido de sus pasos me resultó extraño, aunque no supe decir por qué–. ¿La habéis encontrado?
– Debe estar en la limusina. No creo que haya ido muy lejos sin esto –concluyó James, refiriéndose con toda seguridad a mi estiloso zapato de diseño–. Iré a buscarla.
– Espera, voy contigo –se apresuró a añadir Samantha.
– Carla, ¿por casualidad no habrás visto a Pamela? –preguntó Michael. Entendí por qué sus pasos me habían extrañado, su secretaría había regresado con él.
– No, no la he visto –negó la secretaria mientras se sentaba en su silla y yo me agazapaba–. ¿Va todo bien?
– Sí, sí. No pasa nada –aclaró Michael.

Cuando sus pies se me acercaron, me arrimé al fondo de la mesa hasta desear fundirme con la madera. Los zapatos de Carla me rozaban el estómago. Eran elegantes a la par que sobrios, un modelo de la última colección de Prada, y hacían juego con el resto de su indumentaria. Aguanté la respiración, contrayendo el abdomen todo lo que pude, y un calor de mil diablos me recorrió de golpe cuando chocaron contra mí.

– ¡¿Pero qué?! –exclamó Carla al mirar debajo de la mesa.

Le imploré con gestos que no me delatara, llevándome el dedo a la boca en señal de silencio una y otra vez hasta resultar lastimera. Carla y yo nunca habíamos intimado demasiado, pero apelé a la compasión que esperaba que hubiera en su corazón para que guardase silencio. Me prometí a mí misma que me esforzaría en hacerle la vida más agradable en el futuro. Tras analizar rápidamente la situación, Carla frunció el entrecejo. Su mirada me hizo estremecer.

Temblorosamente vuestra,
Pamela

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Diamantes... 4

  1. Escrito por Blogger javier, ni más ni menos

    jueves, febrero 26, 2009 8:24:00 a. m.

    ay ay ay Pamela.
    Mira que dejarnos así. Qué sinvivir!!!!

     
  1. Escrito por Anonymous Pamela

    jueves, febrero 26, 2009 10:04:00 a. m.

    Querido Javier,

    En breve continuaré, te lo prometo, querido. Antes de que hayas podido pronunciar D-O-L-C-E-&-G-A-B-A-N-N-A.

    Siempre tuya,
    Pamela

     
  1. Escrito por Anonymous Fabiola

    lunes, mayo 18, 2009 11:29:00 a. m.

    Cariño, no vuelvas a dejarnos tanto tiempo solos. Besos!

     
  1. Escrito por Anonymous Pamela

    martes, mayo 19, 2009 11:21:00 a. m.

    Querida Fabiola,

    Intentaré que no vuelva a suceder, ¡pero las olas de la vida a veces son demasiado fuertes!

    Siempre tuya,
    Pamela

     

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