Cóctel: Margarita

lunes, enero 29


Queridos amigos virtuales,

Con la cabeza llena de ideas que me daban vueltas en la cabeza como licores mezclándose en una batidora americana, bajé a ver a Alessandro y le abrí de nuevo mi delicado corazón, dejando todos mis pensamientos sobre la barra del bar. Él como siempre me escuchó con atención, demostrándome de nuevo su maravilloso don para ayudarme con sus preguntas a encontrar la luz que necesitaba para alumbrar el camino que me podría llevar a descubrir la verdadera historia sobre mis progenitores, que la sesión de hipnosis con Linus había puesto en tela de juicio.

Después, como siempre, saqué la glamourosa agenda y la estilográfica de mi precioso bolso de diseño y me dispuse a apuntar todo lo que me iba a contar sobre otro de sus cócteles. Me habló sobre el margarita, un maravillo cóctel mundialmente conocido que nació en México y se extendió gracias a su versatilidad y su acidez perfecta combinada con el tequila. De hecho, fue este cóctel el que ayudó a introducir este aguardiente en el mercado de los Estados Unidos y más concretamente en zonas exclusivas como Beverly Hills.

La verdadera historia del nacimiento de esta bebida es un misterio envuelto de leyendas que la niebla del tiempo se ha encargado de empañar, en las que lo único que parecer ser cierto es que fue dedicado o creado para una mujer —y esto sin duda me congratula, queridos, y sé que algún día un cóctel nacerá por y para mi persona, lo sé—. Estas son algunas de las historias más verosímiles que Alessandro me contó:

— Rosarito, México, año 1938:
Dice Alessandro que esta es la historia más creíble y la que más adeptos parece tener, y debo añadir que a mí me resulta, desde luego, la más seductora. Marjorie King, una actriz y corista norteamericana que había sido acariciada por la gracia del glamour y cuyo delicado cuerpo era alérgico a todos los licores excepto al tequila —que horrorosa maldición, sólo de pensarlo se me ponen los escasos vellos del cuerpo de punta—, pidió al barman del Rancho La Gloria, Carlos “Danny” Herrera, que creara un combinado para ella porque no le gustaba su sabor como para beberlo solo. Herrera creó una bebida que combinaba los elementos usuales para tomar un chupito de tequila y le añadió, además, licor de naranjas. Y os preguntaréis, queridos, que tiene que ver eso con el nombre del cóctel, ¿verdad? Pues resulta que Marjorie en español significa margarita.

— Ciudad Juárez, México, año 1942:
Esta historia dice que el margarita nació durante la celebración del cuatro de julio cuando una clienta pidió a Pancho Morales —cantinero de Tommy’s Place— que le preparara una bebida llamada magnolia. Ya sea por equivocación o por innovación, Morales añadió su tequila favorito a la bebida y la bautizó con el nombre de otra flor: margarita.

— Acapulco, México, año 1948:
Margarita Sames celebraba una maravillosa fiesta en su lujosa hacienda y pretendía sorprender a su elenco de famosísimos invitados —entre los que figuraba Nicky Hilton, heredero de los Hoteles Hilton, y que poco sospechaba que su fortuna acabaría en manos de la insoportablemente frívola Paris Hilton— ofreciéndoles un tequila suavizado y con un toque ácido. Alessandro dice que esta leyenda fue posiblemente un ardid publicitario de Cointreau, pues en la receta original se incluía esta marca como licor de naranja triple sec y en 1991 se publicó la historia en una revista cuya agencia publicitaria era la que trabajaba a su vez para Cointreau.

Margarita- 3/5 partes de tequila
- 1/5 parte de triple sec -Cointreau
- 1/5 parte de zumo de lima o limón
- Sal fina
- Un soplo de encanto
- Adorno: rodaja de lima o limón
- Cristalería: copa margarita

Para escarchar la copa margarita se debe pasar un trozo de lima o limón por el borde de la misma e inmediatamente después pasarla por un platito con sal fina, de manera que ésta se quede adherida. Mezclar el zumo, el triple sec y el tequila en una coctelera y verter la mezcla en la copa. Ideal para deshojar la margarita que te ha robado el corazón...

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La caja de Pandora

jueves, enero 25


Queridos amigos virtuales,

Al fin ha llegado el día de mi cita con Linus, queridos, y estoy abrumada por lo que he descubierto. Hallazgos que zarandean mi alma como si fuera una palmera azotada por vientos huracanados en una playa tropical. Soy una sirena sin piernas que no sabe cuál debería ser el siguiente paso a dar en esta senda que se adentra en un bosque lleno de arbustos espinosos que borran todo rastro del camino.

Cuando Linus llegó, su semblante era igual de grave que cuando se fue el último día que nos vimos, cuando tuvimos la sesión de hipnosis. Se me hizo un nudo en la boca del estómago cuando vi que en la mano llevaba la grabadora que contenía las palabras que se pronunciaron en esta misma habitación. Intentó tranquilizarme, pero no hizo más que ponerme aún más nerviosa.

—Lo mejor será que escuches la grabación sin más preámbulo —me dijo—. Pero antes de empezar quiero que tengas una cosa en cuenta, lo que dices en ella es tal como lo viviste cuando eras una niña de seis años, y no la realidad. Todo podría ser producto de la mala interpretación de esa niña.
—Adelante.
—Es importante que hayas comprendido esto.
—Sí, Linus, pon la cinta ya, ¿acaso quieres destrozarme los nervios?
—Está bien.

Mientras la grabación se ponía en marcha no podía dejar de mirar el colgante plateado de Linus. Los segundos se me hicieron eternos, pequeñas infinitudes con un universo dentro de cada una. La grabación comenzó con Linus induciéndome a un estado de hipnosis, después de eso hubo un largo silencio. Después continuó:

—¿Pamela? —se escuchó decir a Linus a través del aparato.
—¿Sí?
—Pamela, dime donde estás.
—Con mi madre. ¡Ay! Me está peinando, pero me hace daño. Me da tirones en el pelo. Está enredado.
—Dime qué ves a tu alrededor.
—Mis juguetes.
—¿Cuántos años tienes?
—Hummm... seis. Me quiero ir. No me gusta que me peine. No. No me gusta lo que dice.
—¿Qué dice?
—Que tenemos que darnos prisa porque la tía llega de un momento a otro. Viene a recogerme.
—Y por qué no te gusta eso.
—No me gusta mi tía, es mala. Me dice cosas que no me gustan y me obliga a cepillar a los gatos. Los gatos también son malos. Me arañan. Mamá, no me quiero ir con la tía —hubo un silencio prolongado y después un cuchicheo ininteligible.
—Qué responde mamá.
—Que tengo que irme con ella. Que ya me ha dicho que ella y papá se van de viaje. Papá, no quiero irme con la tía —suspiré—. Me agarro a su pierna con todas mis fuerzas, pero me deja en la silla y se va. Estoy triste. Me siento sola.
—Dime, Pamela, ¿qué hace mamá?
—Se ha ido con papá. Gritan otra vez. Muchos gritos. Me bajo de la silla y salgo corriendo. Corro muy rápido.
—¿A dónde vas?
—Al armario de mi madre, entre los abrigos de pieles. Así no podrán encontrarme y no tendré que ir con la tía.
—¿Y no te da miedo estar a oscuras dentro del armario?
—No. Son muy suaves. Me gusta tocarlos. Son suaves, tan suaves. Además hay duendes buenos. Mamá y papá han entrado en la habitación gritando. Gritan mucho. Hay un portazo. Me tapo los oídos para no escuchar los gritos.
—No, Pamela, escucha, ¿qué dicen?
—¡No lo oigo! —alcé la voz—. Tengo los oídos tapados.
—Pamela, puedes escucharlo a través de tus manos, ¿qué dicen?
—No sé. No sé...
—Presta atención, puedes hacerlo.
—No sé. Cosas feas:¡Kellen, la niña no quiere quedarse con mi hermana! ¡¿No ves que tiene miedo?! ¡No está bien irnos de vacaciones sin ella, deberíamos llevárnosla! —Entonces puse la voz en un tono más grave—: ¡No, Elissa, ya te he dicho que no! ¡¿No podemos tener unas vacaciones tranquilas sin la niña por una vez?! ¡Por el amor de Dios! —después me puse a sollozar quedamente.
—Pamela, no llores, no pasa nada, no puede pasarte nada —me dijo Linus en la cinta, en tono tranquilizador.
—Tengo miedo. Hace calor. ¡Papá ha dado un golpe muy fuerte en la puerta del armario!
—No te preocupes Pamela, yo estoy contigo.
—¡No, estoy sola! —grité alterada, llorando—. Hace mucho calor.
- Kellen: Escúchame bien, Elissa, vamos a irnos sin esa niña, te guste o no.
- Elissa: No hables así de Pamela, también es tu hija.
- Kellen: ¿Mi hija? Por favor, no me hagas reír.
- Elissa: Cómo te atreves... Kellen, no vuelvas a decir algo así —el tono era frío.
- Kellen: ¡Es la verdad! Lo sabes muy bien.
- Elissa: Hazme el favor de no gritar, podría oírnos. Pamela es tu hija, es tan mía como tuya.
- Kellen: No... No tan mía como tuya, Elissa. Ya estoy harto. Desde el principio supe que esto no funcionaría, y cada vez va a peor. Ya no aguanto más. Cada vez que la miro lo veo a él, con esa piel morena... Lo siento, pero no puedo soportarlo más.
- Elissa: Kellen...
- Kellen: Me voy al coche.
—¡Pamela, tranquila! —me repitió Linus. En la cinta se me escuchaba llorar de forma histérica—. ¡Estás a salvo, despierta! —pero se ve que yo no despertaba, y Linus empezó a zarandearme, fue entonces cuando recuperé el conocimiento—. ¡Pamela, despierta, despierta!

La grabación terminó. Miré a Linus completamente alucinada, con los ojos como platos. No podía creer lo que acababa de escuchar. ¡Que mi padre no era Kellen!, ¿pero qué clase de broma macabra era aquella?, ¿qué cruel jugarreta de mi mente estaba dando lugar a semejante barbaridad?

Linus intentó explicarme que esa podía ser la interpretación subjetiva de mi yo cuando tenía seis años con toques de realismo de mi yo actual, pero que no quería engañarme, nunca había visto algo semejante en ninguna de sus sesiones de hipnosis. La verosimilitud de la narración y la exactitud de la trascripción de la conversación de mis padres le habían dejado completamente fascinado.

Aturdida y con náuseas, salí de la habitación trastabillando con los muebles. Hice caso omiso de la voz de Linus que me llamaba. Llegué al lavabo e introduje la cabeza debajo del agua fría de la ducha. Apuré una copa de martini que había dejado ahí cuando me di un baño de espuma unas horas antes. Me despejé lo suficiente como para poder pensar, pero sólo podía pensar en una cosa: averiguar si Kellen era mi padre. El primer pensamiento que apareció en mi mente fue acudir a mi madre. Una estupenda idea si no fuera porque está muerta desde hace más de treinta años.

Eternamente vuestra, y completamente descolocada
Pamela

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Pájaros de fuego

domingo, enero 21


Queridos amigos virtuales,

De vuelta a la normalidad, recordé que aún no había pedido cita con Linus —mi psicoanalista— para que me aclarara lo que ocurrió en la sesión de hipnosis que tuvo lugar en nuestro último encuentro. Finalmente me dio hora para la semana que viene, así que no sufráis más, queridos, puedo sentir a través de las ondas electromagnéticas de la pantalla de mi portátil que ansiáis saberlo tanto como yo, y no os defraudaré.

Ayer, mientras acariciaba la seda de mi piel morena con un exquisito bálsamo de algas del mar Báltico y sentía la brisa de los corales rodear mi alma de sirena, tuve un pálpito que hizo vibrar mi corazón durante una fracción de segundo, y desde ese momento supe que la de ayer sería una noche especial. No me equivocaba, mi intuición no mentía. Me puse un precioso vestido de Armani, elegí una de mis mejores pamelas a juego y unos zapatos de tacón, y acudí a la glamourosa sala de fiestas de mi hotel. Alessandro amenizaba la noche con una de sus deliciosas piezas de piano y las notas de su música trazaban tirabuzones arremolinándose entre damas y caballeros que se divertían a mi alrededor entre cócteles que dibujaban todas las tonalidades del arco iris.

Me senté en una mesa a disfrutar del ambiente y esperé acompañada de mi martini mientras jugaba tímidamente con uno de mis zapatos de tacón. La aceituna se remoloneaba en el fondo de la copa como si ése fuese el lugar que siempre había estado destinada a ocupar. En ese momento sentí que todo era como debía ser y estaba donde debía estar, una sensación de paz que me recorrió desde la punta de los dedos de los pies hasta el último de mis perfectamente peinados cabellos rubios, y una sonrisa emergió a mis labios a la vez que una implosión de júbilo invadía mi escote. Era como si fuese consciente de repente de que todo lo que había estado desordenado dentro de mí ahora estuviera en su lugar, dando lugar a una melodía armoniosa y sutil en lugar del ruido ensordecedor que normalmente vibraba en mis adentros pero que era incapaz de escuchar. Por una noche mi orquesta interior estuvo divinamente afinada, en concordia con todo lo que giraba a mi alrededor, dándome un ápice de la sensación que uno debía tener cuando está en completo equilibrio consigo mismo, una sensación de unión cósmica con el universo que no soy capaz de reducir a palabras.

Cuando alcé la vista mi mirada se cruzó con unos ojos color café, los intensos ojos de un hombre que se había sentado en mi mesa sin que me hubiera dado cuenta. Una sonrisa llena de complicidad y picardía se dibujaba en sus carnosos labios y rompía su incipiente barba. Siempre tan masculino, siempre tan irresistiblemente atractivo. Hoy no había corbata que cerrase el cuello de su camisa y que impidiese que se viera el corto vello de sus poderosos pectorales porque hoy tenía el día libre. Pero aquí estaba, frente a mí.

—¿Me concedes este baile? —me dijo justo cuando empezaba a sonar un sensual tango.
—No sabía que también fueses bailarín —reí.
—Hay muchas cosas que aún no sabes de mí, mi querida Pamela.
—Descubramos una entonces, mi querido Christopher —me levanté cogiendo su mano, dejé la pamela sobre la mesa y liberé mi cabellera dejando que el caos se apoderase de ella.

Mi nivel de tango no es el mejor del mundo, muy a mi pesar debo reconocerlo, queridos, pero aún así no estaba dispuesta a dejar pasar un baile de esas características con un hombre como él, sería como dejar de comprar ese vestido de ensueño que te sorprende cuando pasas por el escaparate de una tienda en el momento oportuno por miedo a no tener la pamela adecuada para combinar con él, algo del todo imperdonable. Christopher resultó ser un excelente bailarín de tango, en sus brazos me dejaba llevar entre idas y venidas como una hoja a la que mece el viento, con determinación y seguridad, y me sentía llena de una increíble sensualidad que brotaba en mi grácil cuerpo de la fuente del deseo, cual ninfa de las aguas dulces. En sus pupilas pude ver la sombra de un mundo de sensaciones que pasaban como relámpagos, un mar café sobre el que podía volar entre nubes de algodón suspendida sólo por el ímpetu de la pasión de su mirada.

Bailamos varias canciones y nos sentamos a charlar entre cócteles durante horas. Finalmente, cuando la música amainaba y la gente había empezado a desvanecerse como el humo de los cigarrillos dejando tras de sí un cementerio de copas vacías, dando cuenta de una noche de la que no quedaría más que el recuerdo, se ofreció a llevarme a mi mansión como la última vez, y acepté su ofrecimiento.

Ya sobre el sofá, continuamos charlando hasta que de nuevo Christopher mencionó a Felicia, la que fue su mujer hacía ya unos años, y de nuevo su mirada cambió y se tornó vidriosa y frágil. Yo sabía que esa fragilidad podía estallar en cualquier momento reflejando los fragmentos en que estaba rota su aparentemente imperturbable alma, así que no me atreví a que mi boca emitiera más que silencio.

Por lo que Christopher decía, Felicia fue una mujer extraordinaria colmada de virtudes y frente al recuerdo de la cual yo me sentía tan diminuta como un alfiler en un patrón de alta costura. La hija que tuvieron tenía menos de un año cuando el destino decidió arremeter contra su felicidad. Iban en coche camino a cualquier parte, rodeados de la dicha que sólo envuelve los corazones de los que se alegran sobremanera de haberse encontrado el uno al otro, cuando Christopher sintió la ineludible necesidad de expresar ese sentimiento besando a su mujer. Al hacerlo desvió su mirada de la carretera el tiempo suficiente como para que la muerte decidiera asomarse y se le hiciera la boca agua ante tal suculenta presa. Su coche pasó al carril contrario y al esquivar un vehículo que se les venía encima, un volantazo hizo que saliera despedido por los aires dando varias vueltas de campana. Sólo él sobrevivió al accidente, pero los médicos le dijeron que la lesión que le iba a quedar de por vida en la espalda le impediría volver a dedicarse a la equitación.

Y así, sin mujer, sin hija y sin la profesión que era su pasión, su espíritu se quedó sin el agua de la vida que lo regaba desde siempre para pasar a beber del veneno de la culpabilidad, y se fue quedando completamente mustio, hasta secarse y deshacerse en pequeñas astillas de madera, ardiendo después en un puñado de cenizas que se vieron arrastradas por el viento. Pero como todos los que dentro llevan oculto un pájaro de fuego, con el tiempo un pequeño árbol fue renaciendo de las cenizas para volver a sentir la brisa del amor, el agua de la luz de la luna, el aroma de la esperanza, aunque el gusano de la culpabilidad nunca abandonara su corazón y siguiera carcomiéndolo sin descanso.

Deseé acariciar su alma cansada y sanar sus heridas con el cariño que me inspiraba, así que le abracé con lágrimas en las pestañas y le susurré al oído que no había sido culpa suya, pero me apartó con brusquedad y se sirvió un whisky que se bebió de un solo trago. El gusano no le permitía aceptar la indulgencia ni la compasión, tan sólo el castigo. El tenso silencio no desaparecía y él sólo estaba ahí con las manos apoyadas en el mueble bar y la cabeza gacha, así que me disculpé diciendo que iba al tocador, pero entonces me detuvo cogiéndome del brazo y me pidió disculpas acercándome a él. Ante mi asombro me besó, pero era un beso lleno de ira y violencia que me transmitía el desgarro que se producía en su interior. Separé mis labios de los suyos mirándole con comprensión pero diciéndole con la mirada que aquella no era la manera ni el momento. Su árbol todavía necesitaba tiempo para crecer recio y fuerte.

A pesar de mi ofrecimiento de que se quedara a dormir en una de las habitaciones de invitados, prefirió marcharse a su casa, así que nos despedimos y yo me quedé sola en la mansión. No fue hasta que quise subir las escaleras que llevaban al primer piso, donde estaba mi habitación, cuando me asaltaron los demonios que llevaban la máscara del rostro de Alfred. Mi cuerpo empezó a verse sacudido por temblores incontrolables, azotado por siniestros recuerdos, queridos. Como pude conseguí llegar al sofá y me cubrí con los cojines hasta que un sueño intranquilo se me llevó.

Incansablemente vuestra,
Pamela

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El viaje de Marco

jueves, enero 11


Queridos amigos virtuales,

Sí, sé que no os he felicitado la nochebuena, la navidad, la nochevieja, el año nuevo, los reyes... y no sabéis cuánto lo siento en mi frágil alma de cristal, pero de nuevo me he visto arrastrada por la olas del mar de la vida a lugares nuevos y desconocidos hasta ahora para mí. Me he sentido como Ulises en su increíble odisea, sin saber cómo volver a Ítaca. He experimentado la pérdida y mi corazón se ha roto en miles de pequeños pedazos que han salido volando como la purpurina de colores que vuela tras las campanadas. Y es que cuando haces relaciones estrechas con personas a las que cada vez quieres más te has metido en una trampa para el corazón sin darte ni siquiera cuenta, oh, mundo cruel. Desde que el afecto nace como una pequeña flor, se crea un lazo de seda invisible que une tu corazón al de la otra persona, y el abrazo de ese lazo puede ser suave como la caricia de un pétalo de rosa resbalando por la piel o puede apretar mi grácil cuello como una soga que intenta cortarme la respiración.

Yo he sentido ambas cosas, primero la caricia, tan liviana, tan dulce que puedes notarla sobre el corazón llena de una calidez y de una serenidad que van más allá del mero entendimiento, y después las espinas de la distancia, la lejanía impuesta por las circunstancias de un mundo que no se preocupa por tu sensibilidad, sensibilidad que se queda abandonada como una niña que ha perdido a su madre entre el gentío, llorando desconsolada, sin comprender. Oh, queridos, cuán apenada me siento ahora mismo.

Acabo de regresar de San Francisco. Sí, queridos, allí es donde he pasado las navidades, fluyendo por la vida cual pantera en peligro de extinción, sintiéndome amenazada por todos los flancos. Mi querido Marco... mi irremplazable profesor de maracas... el amor brasileño que había conquistado poco a poco mi corazón con su radiante sonrisa, su incombustible alegría y sus melodías tropicales... se ha marchado para no volver. Lo sé, no podéis creerlo como no pude creerlo yo cuando lo supe, pero tendréis que superarlo. Me dio la noticia el último día de noviembre, me dijo que tenía que irse de Barcelona, que se iba a San Francisco el día uno de diciembre porque le había surgido una importante oportunidad que no podía desaprovechar y que además hacía tiempo que no se sentía bien aquí. Su alma se estaba quedando tan seca en esta ciudad como seca está la copa de martini que tengo a mi lado, tan seca como secos se han quedado mis ojos de llorar.

Lo primero que sentí al saberlo fue ira. Una ira tan ciega que por un momento no supe ni lo que hacía, cuando recuperé el sentido ya tenía mi mano sobre el rostro de mi querido Marco. Le propiné una bofetada que dejó marcada sobre su piel la silueta de cada uno de mis dedos, dando testimonio de los vientos tormentosos que azotaban en ese momento mi corazón. No pude decir nada. Mientras corría lejos de él a refugiarme bajo las alas de mi copa, único lugar donde me siento segura, las lágrimas me corrían por el rostro haciendo que mi rimel se convirtiera en un río de tinta. Mi pamela salió volando pero no me importó.

Cuando llegué al bar de mi hotel, Alessandro me vio y se preocupó muchísimo. Me vi reflejada en sus increíbles ojos negros. Entonces fue cuando comprendí. Vi en Alessandro otra de las personas con las que había creado uno de esos lazos de seda, es más, podía ver el lazo que nos unía, saliendo de mi pecho y entrando en el suyo, brillante, etéreo. Ni las mejores costureras de Christian Dior eran capaces de crear una maravilla semejante. Me sentí amenazada, vulnerable a él, porque podía tirar de ese lazo cuando quisiera para lastimarme, pero a su vez era consciente del milagro que suponía. Tuvimos una larga conversación que duró toda la tarde y casi toda la noche.

Me desperté rodeada de sábanas de seda sabiendo que había cometido un grave error. El tamborileo de mi cabeza no me dejaba pensar, pero queridos, yo lo sabía, y lo sabía porque podía sentirlo en mis adentros. Tenía que hablar con Marco antes de que se marchara, pero cuando conseguí estar presentable y llegué al aeropuerto, su vuelo hacía diez horas que había salido. Me quedé mirando los aviones a través del cristal como si estuviera mirando un sueño que ha pasado de largo para siempre. Una decisión cuajó en mi cerebro en ese mismo instante, así que sin pensarlo más cogí el primer vuelo que salía a San Francisco y me presenté en el que sería el nuevo hogar de Marco.

Marco, mi profesor de maracas, en San FranciscoLa puerta de su apartamento estaba abierta y él estaba ahí, apoyado contra la pared de espaldas a mí, rodeado de cajas de embalaje a medio abrir y tocando su fiel saxofón mientras contemplaba la vista de su ventana. La pamela que se me había caído cuando salí corriendo estaba sobre la mesa. Recordé nuestro encuentro en el balneario y sentí una pequeña chispa. Sonreí. La sensual melodía que emanaba del instrumento lo envolvía todo con un aura de misticismo especial que hizo vibrar la curva de mis pestañas. Cuando me vio, su cara me lo dijo todo, todas sus emociones se reflejaban en la sonrisa que latía en su mirada, en la comisura de sus labios, en la graciosa curva de su nariz. Nos fundimos en un abrazo que me devolvió el calor que creía haber perdido. No hicieron falta palabras.

Las semanas siguientes estuve ayudándole a instalarse y a conseguir que su humilde morada tuviera algo más de estilo y glamour. O sea, los hombres son tan despreocupados para las cuestiones estéticas pero en cambio me asombra la belleza y el encanto de los que ignoran que son dueños. Nunca había pasado tanto tiempo en un apartamento de esas características, por decirlo así, pero me negaba a irme a una suite sacrificando así la posibilidad de disfrutar del tiempo que compartía con Marco mientras vivía con él.

Los días volaron y finalmente llegó la navidad, la cena de nochebuena. La celebramos en su apartamento porque se negó a que le invitara a cenar en un lujoso y exclusivo restaurante de San Francisco. Quería que disfrutáramos esa nochebuena de una forma sencilla y auténtica, solos los dos, dos buenos amigos, en familia. La verdad es que Marco tiene una excelente mano para la cocina, cosa que siendo sincera no se puede decir de mí porque mi buen Ambrosio, que era un ángel bajado directamente de los reinos celestiales, nunca me dejó mover un dedo en ese territorio. Así que la cena fue una delicia y el vino una joya de rubíes para los sentidos. Después del postre tocamos las canciones que tantas veces habíamos practicados juntos en sus clases, pero esta vez Marco usó el saxofón mientras yo le acompañaba con las maracas y bailaba como una loca a su alrededor. Fue tan divertido que acabamos riendo como posesos en el sofá de la sala hasta que no podíamos casi ni respirar. Después nos quedamos en completo silencio, un silencio que en realidad decía tantas cosas que hubiera sido imposible pronunciarlas todas, decía que esta vez las canciones habían sido diferentes porque sabíamos que quizá era la última vez que las tocaríamos juntos, decía que nos queríamos, que nos teníamos un aprecio sincero y puro, decía que la felicidad giraba a nuestro alrededor en forma de montones de pequeños duendecillos invisibles que lanzaban tréboles de cuatro hojas. Nuestras miradas se cruzaron y ocurrió. Queridos, no sé que ocurrió, pero ocurrió, y aún no puedo creerlo, la mariposa de la vida se posó en el saliente de la ventana y el tiempo se detuvo por una noche. Nos besamos como si fuera la última vez que fuéramos a vernos e hicimos el amor allí mismo, lenta y apasionadamente. Ardí hasta las cenizas consumida por una sorprendente pasión de la que no sabía que era capaz, y como un ave fénix me sentí renacida a la mañana siguiente. Estaba llena de luz.

Poco más hay que contar, queridos, al día siguiente Marco me acompañó al aeropuerto y nos despedimos, fue una despedida melancólica pero alegre a la vez, en la que te llevas mucho pero en la que te encuentras el dilema de que es imposible llevártelo todo, y sobretodo lo más importante. Subí al avión sintiendo que un pedazo de mí se quedaba en San Francisco en forma de un valioso diamante de amistad, y mientras veía como los edificios se reducían hasta hacerse diminutos y mi mano descansaba sobre las maracas que Marco me había regalado. Derramé lágrimas agridulces, lágrimas de pena y alegría a la vez, y sentí que la esperanza y la fe entraban a vivir en mi corazón para no volver a dejarlo jamás. Fue el mejor regalo de Navidad que he recibido en toda mi vida.

Siempre vuestra, e invadida de nostalgia
Pamela

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