Caballo negro

jueves, julio 10


Queridos amigos virtuales,

Las piezas se movían en el tablero conforme sus inexpertos capitanes decidíamos su destino. A veces un afortunado movimiento las llevaba a una poderosa posición, aunque otras eran sacrificadas en favor de la supervivencia de su inútil rey. Sin darnos cuenta, los movimientos creaban una maraña de posiciones tan intrincada que cualquier pieza dependía de las otras en una sutil telaraña de intereses. Un paso en falso, una traición, y la cadena se vendría abajo deshaciendo la trenza en un abrir y cerrar de ojos, sembrando el caos.

—Te toca —dijo Christopher al deslizar la torre al lado de su rey. Esa pieza me recordó a Isabella y sus cartas del tarot, y al encuentro entre él y Alessandro.
—Jaque —afirmé satisfecha. Mi reina amenazaba la seguridad del reino de mi chofer. Si no hacía algo, le cortaría la cabeza a su rey.

Christopher se rascó la cabeza. No era un estratega demasiado hábil, aunque yo tampoco es que fuera ninguna experta, todo hay que decirlo. Al menos aquello nos servía para apaciguar tensiones y pasar el rato tomando un té a la sombra de los árboles. Adam, que estaba regando el jardín, pasaba en ese momento por nuestro lado y le sonreí casi sin darme cuenta. Aquel hombre tenía algo que suscitaba mi simpatía. De repente se puso tan rojo que pensé que iba a estallarle la cabeza.

Miré a Christopher para ver si ya había movido, pero tenía los ojos clavados en mí con una expresión tan hosca que la taza de té se me cayó y ocurrió un desastre: parte de su contenido impregnó mi magnífico vestido. Por fortuna no era cantidad suficiente para quemarme.

—Te está bien empleado —susurró Christopher mirando al tablero.
—¿Disculpa? —pregunté. No sabía si había escuchado bien.
—Si no miraras tanto al jardinero no se te hubiera caído.
—No seas insolente —atajé, risueña.
—Ahora me dirás que no es verdad —añadió moviendo el caballo y colocándolo delante del rey, justo en el ángulo de ataque de mi reina.
—Es que no es verdad —confirmé.
—¿Lo ves?
—Ha sido por tu culpa. Si no hubieras puesto tu cara de catador de limones no se me hubiera caído —sentencié, moviendo la reina a una nueva posición—. Jaque. ¡Oh, mi pobre vestido! Voy a cambiarme mientras mueves.
—Eso, cámbiate, no sea que te vea el jardinerito con esa mancha —satirizó, riéndose.
—¡Pero qué osadía! —me reí al ponerme en pie—. A ver si voy a tener que castigarte, querido.
—¿Y qué vas a hacer, contratar a un ejército de jardineros musculosos para torturarme? —ironizó, volviendo a mover su caballo negro para interponerlo entre su rey y mi reina.
—No suena mal —medité—. Quizá lo haga.
—Seguro, así tendrás cientos de brazos a los que lanzarte —afirmó.
—Si me persigue uno de esos insectos por supuesto que lo haré.
—Y si no también, y si no también —repitió con expresión ceñuda.
—¿Por quién me tomas, por una cabaretera? —inquirí un poco malhumorada, examinando el tablero antes de ir a cambiarme—. ¿Sabes qué es lo mejor, Christopher?
—Qué.
—Que no tengo por qué darte explicaciones —terminé mientras movía la reina hasta la posición del caballo y lo eliminaba de un empujón, dejando al rey atrapado y sin escudo—. Jaque mate.

Me marché triunfante dando un giro de pamela, aunque con cierta sensación de irritación bajo los tacones. No estaba segura de que los comentarios de Christopher fueran tan de broma como quería aparentar, y de ser así su forma de hablarme no me hacía ninguna gracia.

De camino a la habitación escuché otra vez a la sirena que vivía en una copa de martini del mueble bar, mas no le hice caso. Entonces el móvil se iluminó. Había llegado un mensaje: «Feliz no cumpleaños, Pamela. He intentado localizarte varios días para decírtelo en persona, pero ha sido imposible. Espero que la vida te sonría. Llámame. Tu amigo Michael».

Eternamente vuestra, y entre nubes de desasosiego
Pamela

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Multimedia: nada como un martini

miércoles, julio 2


Queridos amigos virtuales,

Su canto es tan irresistible como el de una sirena porque es más sugerente que una fiesta de máscaras. La luz se convierte en un arco iris de agua al atravesarlo, haciendo que su brillo sea más espectacular que el de las piedras preciosas. Y su sabor... es un pecado capaz de desplazar a la mismísima lujuria.




Su textura te arrastrará, convertida en un oleaje de obsesiones. Su exquisito aroma será el torbellino que te nuble la razón. No hay nada equiparable al cóctel de sensaciones que atraviesa el corazón cuando un martini acaricia tus sentidos. Nadie es capaz de resistirse.

Siempre vuestra,
Pamela

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La danza del agua

lunes, junio 30


Queridos amigos virtuales,

Las manos de mi fisioterapeuta eran nubes deslizándose por un valle en el que una manada de caballos salvajes galopaba en libertad. Las crines subían y bajaban con ímpetu cada vez que sus pasos aplastaban la tupida hierba. Ni su reflejo en las gélidas aguas del lago que yacía a sus pies conseguía alcanzarles. Se detuvieron de repente, frente una boca de piedra que tenía un pequeño sol en la garganta. Observaron su calidez con ojos tristes porque no podían alcanzarlo, pues un fino espejo de hielo les separaba de él.

—Hemos terminado —dijo Jabes satisfecho—. La escoliosis ha desaparecido y, como sus piernas son del mismo tamaño, no creo que regrese. Seguramente se debió a algún golpe que le desvió la cadera. De hecho, si no hubiera tardado tanto en venir a la segunda sesión no hubiera sido necesaria ni una tercera.
—Mmm... —gemí al intentar desperezarme—. El otro día estuve haciendo memoria, querido, y puede que tengas razón. Hace tiempo me caí por unas escaleras —afirmé mientras recordaba de nuevo mi desencuentro con Alfred. Últimamente, por uno u otro motivo, no paraba de recordarlo—. Oh, me has dejado como nueva. Nunca me habían hecho masajes así. Tu talento es increíble.
—Sólo tenía una contractura en la espalda —se rió, parpadeando con fuerza. La sonrisa de Jabes era bellísima—. Eso se soluciona con un poco de ejercicio, porque el cuerpo humano está diseñado para moverse —explicó mientras movía la pierna como un muñeco de plástico—. No lo olvide: el movimiento es vida.
—No lo olvidaré.
—La dejaré sola para que pueda vestirse.

Jabes salió de la habitación y, lentamente, me incorporé. Ni siquiera era consciente de que estaba en ropa interior porque ya me había acostumbrado a estar desnuda en su presencia. Respiré hondo para que el oxígeno volviera a activar mis funciones motrices, ya que aún estaba un poco atolondrada. Me vestí y me retoqué el maquillaje con ayuda de la polvera. Al dejarla noté que algo estaba vibrando en el bolso. Era otra llamada de Michael que me apresuré a finalizar.

En las últimas semanas no había dejado de llamarme. Si hubiera sabido donde vivía, estoy segura de que se hubiera presentado sin avisar. Sintiéndolo mucho, no tenía ánimos para hablar ni sobre altas traiciones ni conspiraciones. Cuando estuviera preparada sería yo quién le llamaría.

Llegué a casa con unas ganas terribles de servirme un delicioso vermouth como aperitivo. Puse música clásica, me encerré en mi habitación y me puse a leer, pero ni así pude silenciar los cantos de sirena que salían del mueble bar, exhortándome a que me ahogara en su ambrosía. Lancé el libro sobre la cama y me metí en la ducha, vertiendo sobre mí decenas de litros de agua fría. Tampoco funcionó. Se me ocurrió atarme al tronco de un árbol como Ulises, pero me pareció demasiado dramático.

Salí de la ducha y me extrañó no encontrar ninguna toalla. Christopher se había marchado después de traerme y Adam se encontraba regando el jardín, por lo que estaba sola en casa hasta que llegara el ama de llaves, al mediodía. Abrí la puerta del baño y oteé alrededor: no había tacones en la costa. Salí de puntillas cubriéndome los senos con las manos y dando pequeños saltitos, como si con eso pudiera hacerme invisible a ojos extraños.

Fue entonces cuando empezó a sonar el Claro de Luna de Beethoven, diluyendo los cantos de sirena del mueble bar. Las notas me rodearon como un velo y me sentí mágicamente liberada, como una ninfa cuyo único vestido fueran unas pocas gotas de agua dulce. No sé por qué, pero cerré los ojos y la música me arrastró. Los acordes me cogieron de las manos y mis pies se dejaron llevar por el pasillo en una danza improvisada, dejando un rastro de huellas líquidas.

Aquella sonata era una de las canciones preferidas de mi madre. La que solía poner cuando jugábamos al juego de las pistas los veranos que pasamos en esa casa.

Inconfundiblemente vuestra,
Pamela

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Manchas de tinta

jueves, junio 26


Queridos amigos virtuales,

Después de la noche de miedo que había pasado me moría por servirme un martini, pero no pensaba hacerlo bajo ningún concepto. Mi psicoanalista me había dicho que no debía tomar alcohol si quería que Orlov me dejara en paz. Sí, ya sabéis, queridos, me refiero a la pantera imaginaria que me acechaba en las sombras. Seguramente había sido ella la que me había acosado en mi habitación.

Pedí hora de urgencia con Linus e hice que Christopher me llevara aquella misma tarde. Mi chofer seguía estando raro conmigo, pero no tenía fuerzas para preocuparme por eso. Le dejé y entré a la consulta de mi psicoanalista. Los gestos de Linus me hicieron saber que estaba preocupado por mi repentina llamada. Le conté lo ocurrido y su semblante se ensombreció.

—Tu miedo a la oscuridad se está reavivando —afirmó Linus.
—¿Cómo? ¿Por qué? —pregunté atemorizada.
—No lo sé —dudó mientras se acomodaba la corbata—. Por lo que me has contado no ha habido ningún catalizador para esos terrores nocturnos, excepto la pantera de la que me has hablado. ¿No me dijiste que de pequeña tenías miedo a la oscuridad?
—Sí. También tenía miedo a los insectos y a muchas otras cosas. Mis padres me llevaron al psicólogo y se me quitaron. Los miedos y los tics.
—¿También tenías tics?
—Ahá. Al parecer tenía muchos —recordé mientras me recolocaba la pamela—. Me encantaba ir al psicólogo porque le contaba mis cosas y me hacía dibujar. No sé cómo, pero me lo quitó todo menos el tic del hombro, aunque nadie se da cuenta de que existe porque es muy sutil. Yo tampoco soy consciente de que lo hago.
—¿Ese movimiento que haces a veces con el hombro es un tic?
—Sí —me reí. Saqué la polvera del bolso para comprobar mi maquillaje—, es lo único que me quedó tras mi paso por el psicólogo. Bueno, y el miedo a las alturas.
—Entiendo —meditó acariciándose la perilla—. ¿Y has estado recordando algún episodio traumático últimamente? —Su expresión me dio a entender que se refería a algo concreto.
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes.
—Oh, ¿hablas de Alfred? Sí, lo he recordado alguna vez, pero desde que cerré el piso de arriba no ha vuelto a preocuparme —aseguré—. Linus, tienes que hacer algo. No quiero pasar tanto miedo nunca más.
—Pamela, creo que deberíamos trabajar en el foco del problema. Ese miedo tiene que venir de alguna parte, y por lo que dices lo más probable es que venga de tu infancia. Deberíamos realizar otra sesión de hipnosis. Es la única forma de averiguar algo.
—Linus... —El tono de angustia de mi voz me sorprendió.
—Sé que no te gusta la idea —arguyó mientras mecía su pluma entre los dedos. Una gota de tinta se desprendió y cayó sobre una hoja de papel, expandiéndose como un trozo de noche hambrienta de luz—, pero no se me ocurre otra manera.
—¿Pero y si recuerdo algo nuevo de mis padres? No estoy preparada para otro descubrimiento de ese calibre. A lo mejor me vuelvo loca del todo —especulé. Aquella idea era como una mancha de tinta dispuesta a expandirse por mi cabeza hasta devorarla por completo.
—No digas eso. Tú no estás loca —afirmó, muy serio—. Mira, no pretendo presionarte. Sólo te pido que lo medites, y si después de pensarlo bien sigues sin querer hacerlo, no lo haremos.
—Está bien. Lo pensaré.

Estaba saliendo de la consulta cuando mi móvil decidió ponerse a cantar. En la pantalla parpadeaba la palabra «Michael», que silencié finalizando la llamada. No tenía ganas de charlas incómodas.

No sé por qué, pero antes de llegar a la limusina me detuve a mirar el teléfono otra vez y vi que tenía una llamada perdida. La llamada que había recibido la noche en la que el terror estuvo a punto de volverme loca había sido real. «Número desconocido», decía el celular. Otra mancha de tinta.

Intrigadamente vuestra,
Pamela

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Terror en estado puro

domingo, junio 22


Queridos amigos virtuales,

La noche era cálida. Tumbada en la cama rememoré el beso de James y los vellos de mis brazos hicieron una improvisada fiesta. Sentí calor en mis labios, y aquél fuego líquido me inundó otra vez. Era como un volcán de agua dulce que formaba un río tempestuoso en mis adentros. Las aguas se calmaron y formaron un pequeño riachuelo que desembocó en una alegre cascada. Sus manos de agua acariciaban la anatomía de Marco con un alubión de suspiros. El indescriptible cuerpo de Christopher flotaba plácidamente en aquella laguna tranquila, rodeado de nenúfares. Alessandro se desnudaba en la orilla para bañarse con él. Yo estaba en brazos de Adam a los pies de un inmenso bananero, y Václav, vestido de príncipe, me sonreía desde una roca, rodeado de seis ranas que tarareaban una suave melodía.

A pesar del calor me quedé casi dormida. Fue entonces cuando una mano me acarició el brazo para, poco a poco, ir subiendo hasta el cuello. Al principio me regocijé de placer, pero después noté algo en esos dedos que me transmitió un frío mortal. La cara de Alfred se dibujó en el aire y abrí los ojos, aterrorizada. Estaba tan oscuro que no podía ver nada, pero estaba segura de que había alguien en la habitación. El miedo me ahogó la garganta. En mi locura, me pareció escuchar que mi teléfono móvil sonaba en alguna parte. Con las venas saturadas de terror, corrí a ciegas por la casa hasta dar con el dormitorio de Christopher. Abrí la puerta sin llamar y me metí en su cama, rota por convulsiones incontrolables. Aquel pánico atroz no me dejaba ni hablar, así que me acoplé a su silueta para impregnarme de su seguridad desesperadamente.

—¡¿Pero qué...?! —exclamó Christopher cuando se despertó sobresaltado—. ¡¿Pamela, qué pasa?! ¡Estás muerta de miedo! ¡¿Qué ha pasado?!
—Allí... —logré articular a duras penas cuando sus caricias me devolvieron la voz.

No tuve tiempo de decir más. Christopher encendió la luz y salió disparado por el pasillo sin más atuendo que la ropa interior y su pistola. Al cabo de lo que me parecieron horas regresó. No tuve reparos en acurrucarme a su lado.

—¿Qué has visto? —me preguntó.
—En mi dormitorio —gemí, a punto de echarme a llorar—. Creo que había alguien.
—No hay nadie. He mirado en toda la casa.
—Creí... —dudé.
—¿Estabas soñando?
—No sé...
—Seguro que ha sido una pesadilla. Las ventanas y las puertas están bien cerradas. ¿Estás bien?
—Sí. Lo siento, Christopher.
—No pasa nada. Tranquila —dijo con tono conciliador, abrazándome.
—¿Puedo quedarme contigo? Sólo esta noche.
—¿Conmigo? ¿No prefieres que llame a tu jardinerito? Seguro que él estaría encantado de hacerte compañía —sugirió con sorna.
—Por favor —rogué sin asomo de orgullo—, será mi regalo de cumpleaños.
—¿No me dijiste ayer que no querías ni hablar de tu cumpleaños?
—Christopher, tengo mucho miedo —insistí con voz quejumbrosa.
—Está bien, pero la próxima vez llamaremos al jardinerito.
—Por favor, déjala encendida —le pedí cuando fue a apagar la luz de la mesilla—. Gracias.

Christopher se apartó de mí y se colocó de lado para dormir, dándome la espalda. Como había recuperado la cordura no me atreví a abrazarme a él aunque me moría de ganas. Sin embargo, necesitaba sentir su presencia cuando cerré los ojos, por eso mantuve mi dedo meñique del pié en contacto con su piel hasta que conseguí dormirme.

Aterrorizadamente vuestra,
Pamela

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No mires atrás

jueves, junio 19


Queridos amigos virtuales,

Me bajé de la limusina y comprobé, para mi asombro, que Christopher no acudía a abrirme la puerta como siempre. ¿Estaría perdiendo sus refinadas maneras de caballero? El barullo del tráfico debió impedir que me escuchara al despedirme, porque no contestó. Quizá tenía un mal día.

Todo esto me inquietó el tiempo que tardé en llegar a uno de mis templos del buen gusto y el glamour. Rodeada de los vestidos de alta costura de una de mis tiendas preferidas, todo recuerdo negativo era, sencillamente, borrado de mi memoria. Aquellos fragmentos de tela tan primorosamente unidos con hilos de ensueño me inducían un estado de fantasía en el que era una princesa solitaria deambulando por elegantes palacios. Una princesa cuyo corazón era una rosa que, muy lentamente, estaba perdiendo los pétalos uno a uno.

Cada pétalo tenía grabado el nombre de un hombre, y con cada uno que se marchaba de mi vida otro pétalo caía. Y allí, en el probador, cubierta por un magnífico Chanel rojo, comprendí que cada vez que me esforzaba en cultivar la rosa de un amor, un pétalo de la mía acababa en el olvido y se extinguía en mis ojos una chispa de ilusión, dejándolos cada vez más apagados. Pude advertirlo cuando mi reflejo me miró con ojos vidriosos.

—Oh, es celestial —comentó una voz efusivamente fuera del probador.

Me limpié una lágrima con disimulo y me di la vuelta. La vendedora siempre tenía deliciosas palabras que conseguían animarme a salir cargada de la tienda con decenas de maravillas y el alma llena de autoestima. Sin embargo, esa mujer no era la vendedora. Aquellas palabras habían salido de otra boca muy distinta. Sus ojillos verdes observaban el vestido que llevaba puesto llenos de una extraña viveza. Cuando sus huesudas manos me rozaron para quitar una arruga que se había formado en el hombro, mi piel se convirtió en corteza de sándalos muertos. Su sonrisa, entre taimada y ávida de júbilo, aleteaba perezosamente dejando entrever unos dientes oscurecidos por la amargura del café.

—Querida, es increíble lo bien que te queda —apreció amorosamente, vocalizando de forma extraña.
—Gracias —me atreví a responder, analizando su voz para detectar cualquier anomalía que indicara un ataque inminente.
—Es que tienes una figura que todo te favorece —me halagó, situándose detrás de mí.
—Mi madre decía que cuando una tiene personal style, lo que viene a ser percha en castellano, aunque suene menos glamouroso, cualquier trapito es suficiente —sentencié, intentando no hacer caso al escalofrío que me causaba tenerla a mi espalda mirándome a través del espejo.
—Pues, desde luego, tenía razón. —Hizo una pausa en la que admiró nuevamente el vestido y prosiguió—: Pamela, quería decirte algo.
—Usted dirá, Marquesa —contesté, recelosa.

Su actitud era demasiado sospechosa, así que me preparé para un ataque psicológico. De la boca de la Marquesa de Roncesvalles sólo podían salir palabras tóxicas y, después de halagarme, el ataque sería más ponzoñoso que nunca.

Una bocanada de aire pasó dejando huella bajo mis fosas nasales. ¿Qué era aquél olor entre agrio y dulzón? De repente comprendí. «Oh, por el amor de Dior, ¿es real lo que huele mi olfato? ¿Alcohol?». No tardé en llegar a una conclusión: ¡la Marquesa de Roncesvalles estaba ebria, queridos! A eso se debía el brillo de sus ojos, el ligero temblor de los dedos y su inusual actitud. Todo encajaba.

—Estaba pensando que, ahora que has vuelto a casa y siendo vecinas —sugirió, trastabillando—, es una pena que no nos veamos más a menudo. Deberíamos mantener una amistad más cercana. ¿No crees?

La Marquesa me dejó descolocada. Su erupción de cariño se materializó en el espejo en forma de una pequeña y repulsiva criatura de ojos caídos que tenía dos alas deformes y cuatro dientes torcidos. No miré atrás para ver si era real. Aquella visión me provocó un carraspeo que se convirtió en un espasmo cuando la saliva se me fue por el otro lado y, finalmente, derivó en un breve ataque de tos. No sabía qué responder. No estaba preparada para aquellas inesperadas palabras.

—Bueno —dudé—, como estaré allí una temporada supongo que nos veremos más —«Aunque ojalá no sea así», cavilé sin querer.
—Será estupendo, ya lo verás —dijo, apretándome los hombros en una especie de abrazo por la espalda. Su contacto me repugnó.
—Sí —afirmé sin demasiada convicción, zafándome de su contacto con la excusa de recolocarme un zapato.
—No sé por qué dejamos de frecuentarnos —reflexionó, acariciándome otra vez mientras dejaba ir su siniestra risilla—. Al principio nos veíamos con asiduidad.
—La vida es así, con unas personas dejas de verte y otras pasan a ocupar tu tiempo —expliqué disimulando mi completo desinterés—. Todo fluye de forma natural por algún motivo.
—Pero eso se puede cambiar.
—Si me permite, voy a cambiarme. Creo que me llevaré el vestido.
—Oh, harás muy bien porque te queda genial —indicó mientras salía del probador.
—Hasta ahora —me despedí, cerrando la puerta con urgencia.

Me sentí aliviada al perderla de vista. Pensándolo bien, queridos, casi prefería a la odiosa Marquesa. Ésta me desconcertaba y me repelía hasta límites inimaginables. Tanto era así que tuve que sacudirme en silencio para liberarme de la pegajosa sensación que se había quedado a mi alrededor.

Estaba claro que esta situación requería de mis habilidades de súper heroína, así que, cuando me hube cambiado, abrí un poco la puerta y espié. Mis ojos me indicaron que la Marquesa entraba en el probador contiguo, y los oídos que había empezado a desvestirse. La vendedora esperó un momento y se marchó. Con los tacones en la mano, me dispuse a recorrer el pasillo en modo sigilo, disimulando para no llamar la atención. No me di cuenta de que no había abierto la puerta del probador lo suficiente y que mi pamela se había quedado atrapada en el hueco. Al notar que se me caía di un respingo para interceptarla en el aire, lo que hizo que mi bolso se me desprendiera de la mano. Si caía al suelo el frasco de perfume que llevaba en él seguramente se rompería haciendo demasiado ruido. No dudé. Me lancé con la velocidad de un águila y lo recuperé antes de que impactara.

—Es demasiado grande —escuché que se quejaba la Marquesa, aparentemente hablando consigo misma. Entonces habló en voz alta—: Señorita, ¿puede traerme una talla menos?

Debía hacer algo o la Marquesa saldría y me encontraría en el pasillo descalza y con las manos llenas de bolsos y pamelas en una extraña postura. Mi poder camaleónico se activó por sí solo.

—Desde luego. Enseguida se lo traigo —dije amablemente, con una vocecilla nasal producto de que me había tapado la nariz con los dedos.
—Gracias —contestó.

Al llegar al mostrador, ya con los zapatos puestos, me debatí entre irme rápidamente de la tienda o detenerme a comprar las exquisitas prendas que me había probado. Mas, con todo el dolor de mi corazón, elegí marcharme sin mirar atrás.

Huidizamente vuestra,
Pamela

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Mi héroe

lunes, junio 16


Queridos amigos virtuales,

No podía arriesgarme a que nadie supiera que aquella desagradable cosa había decidido hacer de mi cocina su morada. Imaginad lo que ocurriría si la Marquesa de Roncesvalles llegara a enterarse. Por eso decidí que sería Adam, mi gallardo jardinero, quién se encargaría de restaurar el equilibrio energético de mi humilde hogar.

Mi salvador llegó envuelto en un aura maravillosa. Su uniforme se había convertido en algo futurista por la mochila que llevaba, de la que salía una pequeña manguera por cuyo extremo manaba un líquido incoloro. Por un milisegundo, queridos, deseé morir en el veneno de aquel hombre rudo e instintivo. Después zarandeé la pamela y recuperé la cordura.

—¿Una mochila fumigadora?
—¿A que es una pasada? —apuntó Adam, entusiasmado cual niño con un juguete nuevo—. La he pedido en la empresa. Como por teléfono usted me dijo que era algo tan alarmante supuse que haría falta una buena artillería.
—¡Has hecho muy bien! —exclamé, entusiasmada ante la idea de aniquilar apoteósicamente al insecto.
—¿Y bien? ¿Quién será mi enemigo? —preguntó embravecido.
—Pasa, por favor. Se encuentra aquí. ¡Tienes que matarlo! —rogué mientras le llevaba a la cocina.
—¿Está en el sótano? ¿En la buhardilla? Seguro que está en el sótano, ¿no? ¿De qué se trata? ¿Son ratas? —insistió, moviendo rápidamente la manguera cada vez que cruzábamos una puerta, como un cowboy con la pistola cargada a punto de enfrentarse a una banda de forajidos.
—Es uno de esos nauseabundos insectos. ¿Te lo puedes creer? La verdad es que no sé cómo ha podido ocurrir, Adam. Como puedes ver, la limpieza de la casa es impecable. ¡Cucarachas aquí! No sé dónde vamos a parar. Tienes que arreglarlo porque no puedo soportar la idea de vivir bajo el mismo techo que esa cosa. Les tengo pánico. ¡Imagina que pone huevos o algo así! ¡No puedo soportarlo!
—Son cosas que pasan. Seguramente se coló por alguna ventana. ¿Sólo es una cucaracha? —dijo Adam, muy decepcionado.
—¿Te parece poco? ¡Jamás había pasado algo así!
—Entonces será mejor que deje esto —dijo refiriéndose a la mochila con tono apático—. Creo que no hará falta.
—¿Pero por qué? ¡Claro que hará falta! Ese demonio es muy listo.

Adam se marchó y volvió con un botecito. Desganado, empezó a propulsar un polvo blanco por debajo de los muebles. Estaba a punto de marcharme por indicación suya, para no respirar aquella sustancia tóxica, cuando el insecto salió despavorido de su escondite. De repente y como por arte de magia, ¡echó a volar directo hacia mi cara! ¿Acaso eran capaces de semejante prodigio esas criaturas? No sé si fue por el grito de terror que salió de mi boca, pero el bicho dio media vuelta y fue a parar sobre Adam, quien todavía se encontraba agachado.

—¡Adam, cuidado, lo tienes en el cuello! —grité despavorida, llevándome las manos a la cara.

Creí que iba a desmayarme cuando vi al insecto caminando sobre la piel morena de mi jardinero. Él intentó sacudírselo, con tan mala suerte que cayó por el cuello de la camisa y se perdió en su interior. Llega a ocurrirme eso a mí, queridos, ¡y me muero allí mismo! Si estuve a punto de sufrir un desvanecimiento con sólo imaginarme aquellas patas corriendo sobre mi abdomen. Pero Adam era un hombre valiente, así que se puso rápidamente en pie, se soltó las tiras del peto y, de un tirón, se arrancó los botones de la camisa haciendo que salieran disparados por el aire. Durante un latido, en lugar de a un hombre vi a un súper héroe convirtiéndose en su poderoso alter ego.

El insecto salió volando otra vez. Yo estaba paralizada, no sabía qué hacer. Sin embargo, cuando vi que se me acercaba peligrosamente, salí disparada y salté sobre Adam, que por inercia me cogió en brazos sin demasiado esfuerzo. Finalmente, el bicho hizo una espiral y cayó abatido fuera de la cocina, posiblemente por el efecto del veneno.

Un pie que pasaba por ahí justo en ese momento, enfundado en un zapato negro de chofer, arrancó del insecto un desagradable crujido que me hizo enterrar la cara en el cuello de Adam y dar un gritito de angustia.

—Mi héroe —susurré.
—¿Pero qué estáis haciendo? —preguntó Christopher con ojos desorbitados.
—Esto no es lo que parece —contestó Adam, ruborizado de pies a cabeza.

Sí, reconozco que la escena se prestaba a equívoco. Adam había enrojecido y tenía el torso semidesnudo envuelto en su camisa desgarrada, torso que me habría impresionado de no haber estado descolocada por la situación. Yo estaba en sus brazos y agarrada a su ancho cuello. El peto, al no estar sujeto por las tiras, se le había caído a la cintura dejando parcialmente a la vista su ropa interior y el relieve de su hombría. Era increíble que sus músculos fueran incluso más fuertes que los de Christopher.

Todos los pronósticos apuntaban a que éste sería un verano caluroso.

Veraniegamente vuestra, y desconcertada
Pamela

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Demonio rojo

domingo, junio 15


Queridos amigos virtuales,

Me desperté de madrugada, sedienta. La luz de alguna farola se filtraba por la ventana haciéndome creer que el camino de baldosas amarillas partía hacia Oz desde el pie de mi cama. Lo seguí, y en unos pasos me hallé echándome ambrosía en una copa de cristal con pulso tembloroso. Cuando me di cuenta de que había cogido la botella de martini en lugar de la jarra de agua, rectifiqué y cogí una nueva copa, muy a mi pesar, porque mi psicoanalista me había prohibido beber. El agua me besó al deslizarse entre mis labios.

Me pareció ver por el rabillo del ojo que algo se movía tras la barra americana. No le di importancia, puesto que debía tratarse de Orlov, mi pantera negra imaginaria, que había decidido salir otra vez a vigilarme. Fue cuando regresaba a la habitación cuando supe que no se trataba de él.

Una pequeña sombra se desprendió de un rincón y, como un pedacito de sangre en movimiento, se dirigió directa hacia mí con la intención de destruir mi karma. Primero me entró el pánico pero, cuando estaba a punto de alcanzarme y creía que tendría que irme a urgencias para someterme a una desinfección integral, mi instinto de súper heroína se anudó a mis piernas haciéndome subir a la barra de un salto. Me quedé sentada sobre la fría superficie, inmóvil, muerta de miedo. Ni tan solo grité.

Completamente horripilada, vi pasar al demonio bajo mis pies. Era un repugnante espanto de seis peludas patas que se movían con increíble celeridad. Sus grandes cuernos rojos le permitían verlo todo, aún en la oscuridad. En mi lista mental de criaturas nauseabundas y detestables, aquella era sin duda la primera. De hecho, si hubiera un cataclismo nuclear, sería uno de los pocos seres que sobreviviría. Incluso sin cabeza era capaz de subsistir durante días, hasta morir de inanición. Era el horror más pavoroso. Era una cucaracha.

El pequeño demonio desapareció bajo uno de los muebles. Salté hacia la puerta de la cocina cual atleta olímpica a punto de conseguir la medalla de oro y, desafiando a la oscuridad, entré en la caseta donde Adam guardaba los productos de jardinería. Sólo cuando lo tuve en la mano respiré tranquila. No estaba dispuesta a convivir con aquella criatura bajo el mismo techo, así que, aún a costa de mi propia integridad higiénica, cogí el insecticida y regresé. Coloqué una silla en la entrada de la cocina y esperé sentada con los pies en alto.

—¿Dónde te has metido, pequeña Marquesa de Roncesvalles? —dije, hablando con la cucaracha en un tono aparentemente amable, pero que pretendía camuflar una amenaza de muerte.

No iba a perder aquella guerra. Exorcicé con mi líquido sagrado los bajos de los muebles y, cada vez que veía una sombra sospechosa, la rociaba con el spray desde una distancia prudencial. Tal vez aquellos seres fueran capaces de resistir un holocausto nuclear, pero no podrían resistir el huracán Pamela.

No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando quise darme cuenta había amanecido y Christopher intentaba arrebatarme el arma de las manos. Yo seguía obsesionada con la idea de aniquilarlo. De hecho, no podía pensar más que en tres cosas: enviar de vuelta al infierno a ese demonio rojo, dar un rapapolvo a mi ama de llaves por permitir su existencia y, evidentemente, avisar con urgencia a mi jardinero para que fumigara.

Siempre vuestra, y repugnada
Pamela

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El aroma de la vida

viernes, junio 13


Queridos amigos virtuales,

Estaba muy preocupada porque había descubierto que era invisible para los hombres. Ya no les atraía sexualmente. ¡Oh, mundo cruel! Desde que me había marchado a la mansión mi sex-appeal parecía haberse volatilizado como por arte de magia, como un aroma que pasa de largo con el viento. ¿Me habría privado de su gracia la diosa del deseo? ¿Habría llegado al otoño la rosa secreta que había en mi corazón? Si así era, estaba decidida a descubrirlo y nada podría detenerme.

Ya atardecía cuando entré en mi habitación y abrí los cajones de la cómoda para desplegar mis mejores picardías sobre la cama. Mariposas de seda que aleteaban únicamente para mí. Desesperada, me los probé uno tras otro hasta dar con el que me pareció adecuado para lo que me proponía. Sobre el cuello deslicé una gargantilla de rubíes que hacía juego con mi tono de labios, los cuales sólo abrillanté con un ligero gloss transparente de sabor a fresas silvestres. En las orejas coloqué unos largos pendientes que acentuaban la línea perfecta de mi cuello. Para los pies, unos zapatos con tacones sobre los que el vértigo amenazaba con sacudirme, adornados con lazos carmesí.

Esperé sentada sobre las sábanas, temblando de nervios ante las agujas del tiempo. Al fin, el sonido de unos pasos se dibujaron en el aire. Procuré poner una pose casual, jugando con un mechón de pelo entre los labios como si pensara en los graves problemas del mundo de hoy.

– Creía que ya te habías acostado –dijo Christopher.
– Oh, no. Estaba aquí, pensando –repliqué distraídamente, mirándome en el espejo.
– ¿Ah, sí? En qué pensabas, cuéntame –se interesó mientras entraba en la habitación con paso tranquilo y se sentaba a mi lado.
– Pues pensaba en... –¡No sabia qué responder, queridos! No había previsto aquella pregunta, así que tuve que improvisar. Lo más importante era que los nervios no asomaran sus pequeños deditos sobre mi cara.
– ¿Sí? –insistió.
– Pensaba en lo rápidos que pasan los días. Recuerdo que cuando era pequeña los meses se hacían eternos y la vida parecía infinita. Cuando jugaba con mi Barbie Malibú todo parecía tan sencillo...
– Sí, es verdad –rió. Su risa era maravillosa–. Creo que le pasa a todo el mundo. ¿Así que jugabas con la Barbie? Debías ser adorable de pequeñita.
– Oh, sí, encantadora –comenté con sarcasmo–. Tenía el tamaño de un gorila.
– ¿En serio?
– Sí, tenías que haberme visto. No había niña más grande que yo. La Barbie debía parecer una liliputiense en mis manos.
– Pobrecita Barbie –Christopher soltó una risotada ante la idea.
– Sí. ¿Sabes qué hacíamos Claire y yo a los diez años? Bueno, con Barbie y su novio Ken. Tenían citas imaginarias en las que la llevaba a cenar a un restaurante romántico y luego, cuando la traía en su descapotable rosa, ¡los hacíamos fornicar! ¿Te lo puedes creer? Por favor, si no teníamos ni idea. Debía ser cosa de mi vecina Claire, porque ella era mayor que yo –confesé, prácticamente hablando conmigo misma. Cuando me di cuenta de lo que había dicho se me erizaron las comisuras de los labios. ¿Por qué había dicho eso? ¡Qué desastre!
– ¿De verdad? –Christopher estalló en carcajadas, para mi alivio–. ¡Qué mentes tan calenturientas para unas niñas! –bostezó.
– Sí. Qué aberrante, o sea, ¿no?
– Creo que voy a acostarme –indicó al bostezar de nuevo. Después me colocó un mechón de pelo tras la oreja. Pero no era el gesto que hace un hombre a una mujer, sino el que podría hacer un hermano–. Estoy cansado. ¿Quieres que te lleve por la mañana a algún sitio?
– No, querido –negué con la cabeza. La magia del momento se desvaneció, convirtiéndonos otra vez en jefa y empleado.
– Muy bien –indicó mientras salía de la habitación.
– Por cierto, Christopher.
– ¿Sí?
– Gracias.
– ¿Por qué? –inquirió sorprendido.
– Por quedarte conmigo en casa para que no estuviera sola.
– De nada, es un placer. Además, a mí tampoco me entusiasma estar solo en casa.
– Gracias igualmente.
– No hay de qué –sonrió–. Hasta mañana.

Estaba claro que, si alguna vez las había tenido, mis dotes de seducción se habían ido a relajarse muy lejos. Aún así, no estaba triste. Un pequeño tulipán floreció de repente en mi interior ante la certeza de que la luz de un nuevo día traería consigo el fresco aroma de la vida.

Siempre vuestra,
Pamela

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