Siroco de pasión

jueves 13 de marzo de 2008


Queridos amigos virtuales,

De pie en mi habitación, me miré en el espejo y suspiré. Me sentía algo vacía, como si un muro intangible se interpusiera entre mi corazón y la belleza de todo cuanto me rodeaba, impidiendo que llegase a alcanzarme. Acababa de visitar el castillo de Praga y era frustrante no haber sentido nada al recorrerlo. No me había imaginado ser la princesa de una noble estirpe entre sus muros, ni una aventurera en busca de un tesoro ancestral acechada por las demoníacas gárgolas de la Catedral de San Vito. Una coraza pétrea me aislaba del frío y el calor, de lo bueno y lo malo.

Encendí mi teléfono móvil y seleccioné un número de la agenda, ignorando las numerosas llamadas perdidas de mis supuestos amigos de Barcelona. De Christopher, de Samantha. Al cabo de unos segundos me respondió la voz de Linus, preguntando repetidamente si había alguien ahí, pero por alguna razón no respondí. Colgué el teléfono y lo apagué otra vez.

Me estaba poniendo los pendientes para dar el toque de gracia a mi atuendo, ante la escrutadora mirada de mi reflejo, cuando alguien llamó a la puerta.

– ¿Sí? –pregunté.
– Servicio de habitaciones –dijo la voz al otro lado de la puerta.
– Lo siento, pero debe haberse equivocado. Yo no he pedido nada.
– ¿No ha pedido un cóctel cosmopolitan? Muy frío y removido pero no demasiado agitado. –En efecto, ésas eran las instrucciones que solía dar cuando pedía el cóctel.
– Oh, disculpe. Debo haberlo olvidado. Enseguida le abro. Un momento, por favor.

¿Me estaría volviendo loca? En verdad no recordaba haber pedido nada. Ultimé mi maquillaje y me apresuré a girar el pomo. Cuando abrí la puerta, el bolso se me cayó de las manos y se escuchó un cristal romperse dentro de él, pero ni siquiera pude procesarlo mentalmente. Toda mi atención estaba centrada en la persona que había enfrente mío.

Era un hombre envuelto en un traje negro a rayas grises. Su elegante silueta dilató inexorablemente mis pupilas al acariciarlas. Su masculinidad resultaba tan atractiva como la luz del candil para las incautas mariposas nocturnas.

La corbata dorada, a juego con el pañuelo que asomaba tímidamente del bolsillo de la americana, se meció sobre su pecho cuando alzó el brazo para impedir que cerrara la puerta, cosa que intenté hacer impulsada por el miedo que me produjo su mirada. En ella había valor y determinación, tan potentes que supe que podían incinerarme por dentro si los dejaba pasar.

Pero no tuve la fuerza necesaria, y retrocedí. Él, lenta pero implacablemente, dio un paso al frente y cerró la puerta de un preciso empellón. Firme, decidido, completamente serio. Di otro paso atrás, él otro al frente. Cada poro de mi piel temblaba de pura vulnerabilidad. Resbalé al chocar contra el borde de la cama y caí sobre las sábanas de seda, tiritando como una gatita espantada.

Él se subió a la cama y, apoyando los codos y las rodillas a mis lados, se quedó mirándome en silencio, sin rozarme siquiera. Estaba tan cerca que podía sentir la respiración que manaba de sus labios. De repente me sentí torturada y desesperada por acabar con ese momento interminable. Deseaba gritar para aliviar la tensión que me estaba desgarrando el alma. Abrí los labios, pero mi garganta se tropezó consigo misma.

Él acercó su mano a mi mejilla y me acarició, admirándome como si en el mundo no existiera nadie más, como si fuera el diamante más preciado y bello del universo. El muro interior que me protegía se derritió ante tanta intensidad. Deslizó su cara hasta mi cuello y ascendió poco a poco, aspirando suavemente mi perfume, rozándome la piel casi imperceptiblemente. Al llegar a la cúspide de mi rostro, de camino al otro lado del cuello, sus labios pasaron sobre los míos, apenas con un ligero roce, pero que me sacudió como un siroco, dejándome mareada y confusa. Supe que estaba perdiendo el control.

Apoyó sus manos sobre las mías, inmovilizándome. Ante el primer beso dejé de temblar. Nuestros dedos se entrelazaron. Me arrastró una ola de cálida ternura que me transportó al reino de la vida. Fluí. Me convertí en princesa de la noche y sacerdotisa de la pasión. Objeto de deseo y dueña de mi ser. Delicada a la par que contundente.

Me veo incapaz de narrar las escandalosas delicias a las que ese hombre me sometió con su ternura, mas si pudiera, sólo sería comparable a una lluvia de sensaciones cuyas gotas me hicieron estremecer como si fuera un campo de hierba, sediento y exuberante.

A ti, Václav, mi inesperado amante, te dedico estas exiguas líneas.

Perennemente vuestra, y renacida
Pamela

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Duendes perversos

domingo 9 de marzo de 2008


Queridos amigos virtuales,

No volví a ver a Václav. Supuse que tendría ocupaciones que no podía abandonar, y lo cierto es que yo necesitaba tiempo para meditar sobre los últimos acontecimientos de mi vida, así que durante dos semanas me dediqué a pasear por las calles de Praga intentando encontrarme de nuevo a mí misma, aunque debo reconocer que sin demasiado éxito.

Pensé mucho en lo ocurrido en la joyería. El ataque de ira por el que me vi poseída me resultaba más preocupante cuanto más lo recordaba, sobretodo porque estaba segura de que no era fruto de un acto de heroicidad. ¡Qué hubiera pasado si aquél delincuente hubiera usado su arma contra mi delicado cuerpo! Esta falta de control me parecía un indicio claro de que algo no andaba bien dentro de mí. Una semilla había crecido bebiendo el agua de la furia en Barcelona, día tras día, hasta convertirse en un pequeño huevo de Fabergé del que había nacido una criatura vil y perversa que debía ser arrancada de raíz.

Debía restaurar el equilibrio de mi aura y recuperar la dulzura original de mi maravilloso ser, sólo que no sabía cómo. Sabía cuál era la puerta que tenía que cruzar, pero no conseguía dar con la llave de oro que la abría.

Pasaba los días caminando sin cesar hasta que se desgastaron imperdonablemente las suelas de mis preciosos manolos rosas. Y cuando me cansaba de andar, me sentaba a ver la gente pasar humedeciendo mis labios con una copa de martini. Y cuando me cansaba de mirar a la gente, no podía evitar asomarme a las boutiques más selectas para dejarme seducir por las caprichosas formas, trabajadas a mano, del mejor cristal de bohemia. Es cierto que algunas de aquellas fruslerías conseguían apaciguar mi alma, pero su efecto sólo perduraba escasas horas.

Me dirigía al hotel cargada con mis compras cuando el tacón de mi zapato izquierdo se encalló entre las incómodas baldosas del suelo de Praga. Uno de los traviesos duendes a los que tanto les gustaba importunarme estaba haciendo de las suyas otra vez. Estiré con todas mis fuerzas para liberarme y, tras escuchar un chasquido, salí despedida hacia atrás. Conseguí mantener el equilibrio de puro milagro, pero el tacón se había roto. Los ojos se me inundaron de lágrimas.

Fue entonces cuando una ráfaga de aire se llevó mi pamela. En cierta forma me resultó lógico, puesto que cualquiera la querría para sí. Se trataba de un refinado modelo que había comprado en una de mis tiendas predilectas de Londres. Sin embargo, ¡era mía y no pensaba permitir que ningún duende perverso me la arrebatara! Cojeando, corrí tras ella tan rápido como pude. Al final me detuve, exhausta, y cuando volví a mirar contemplé horrorizada cómo se inmolaba lanzándose a las aguas del río Moldaba. No me lo podía creer. Sin ella me sentía completamente desnuda, y una catarata de inseguridad se abalanzó sobre mí como una fiera despiadada. Absolutamente desolada por la pérdida, me cubrí la cabeza con la mano libre y me fui cojeando lentamente.

Decididamente, era víctima de alguna suerte de complot maligno y retorcido.

Indudablemente vuestra,
Pamela

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Pesadilla

domingo 24 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Estaba en un edificio en ruinas lleno de pasillos abandonados. El sudor me resbalaba por el rostro en mi esfuerzo por encontrar un escondite, pero por más que corría y corría no conseguía escapar. Miré atrás y pude ver a Alfred siguiéndome los tacones, cada vez más cerca, sonriendo de forma macabra.

Entré en una habitación y me detuve al ver que estaba llena de cuervos que habían entrado por una ventana rota. Sus ojos eran pequeñas jaulas de cristal en las que querían encerrar mi alma para toda la eternidad, así que di media vuelta, pero las tablas del suelo cedieron con un crujido seco. Caí al vacío durante lo que parecieron horas.

Tardé unos momentos en vencer el dolor que me provocó la caída. Alcé la vista y vi que alguien me tendía la mano para ayudarme a incorporarme. Era Christopher, tan apuesto como siempre en su uniforme de trabajo. Me sentí aliviada... sabía que él me protegería de Alfred. Mas cuando intenté tomar su mano, la apartó echándose a reír. Sus carcajadas resonaron frías en la estancia.

Sin saber cómo, de repente tenía una tabla llena de clavos en la mano. La cólera me trastornó y le golpeé con todas mis fuerzas. Incluso cuando ya había dejado de moverse, no paré de golpearle una y otra vez. Entonces me vi.

El espejo que había al fondo de la habitación me devolvió la imagen de una mujer con la cara desfigurada por la rabia, cubierta de sangre. No llevaba mi vestido de Chanel, sino un horrendo modelo de Ágata Ruiz de la Prada, acampanado y multicolor, que tenía una etiqueta colgando en la que ponía "rebajas 50%".

Atemorizada, huí hasta que caí de rodillas, rota por los calambres. Algo me susurró desde las sombras del pasillo. Susurros crueles, llenos de una malignidad sin límite. Un dedo afilado me recorrió la mandíbula y me obligó a alzar la cabeza para mirar a los pozos negros de Samantha. Su cara era demoníaca, pero su cuerpo me aterrorizó aún más. Era el de una araña gigantesca que emergía de un túnel de telarañas grises.

Desperté en mi cama del hotel cubierta de un sudor frío. Mi pecho subía y bajaba como si acabara de hacer mis ejercicios de fitness. Estaba cansada, más que antes de acostarme, sin embargo no pude volver a dormirme.

Perpetuamente vuestra, e inquieta
Pamela

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Espinas de grosería y pétalos de ilusión

sábado 23 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Al bajar de la motocicleta me sentí abrumada por la emoción del viaje, y por qué no decirlo, también por el atrevimiento de haberme sentado como una amazona en el sillín en vez de como una señorita, algo que mi tía siempre me prohibió.

Una vez estacionada la máquina, entramos en el lunch bar del hotel y nos sentamos. El ambiente acogedor tuvo un instantáneo efecto relajante sobre mi espíritu, supe que estaba en casa y a salvo, pero esa sensación se disipó cuando me fijé en cómo nos miraban las personas de alrededor. Sus ojos se deslizaban de Václav hasta mí, con una mezcla de mofa y superioridad que resultaba degradante.

Inmediatamente comprendí lo que pensaban. Su sofisticada presencia no merecía convivir con la sencillez de una persona que vestía moda de masas en lugar de prêt-à-porter y que llevaba en la mano un casco de moto en vez de las llaves de un Audi. En realidad sucedía lo que sucedía en todas partes, Václav era diferente a ellos y por ende debía ser marginado sin clemencia. Me sorprendió no enfurecerme, ni siquiera indignarme, lo que sentí fue vergüenza ajena.

Václav me observaba con la barbilla apoyada sobre las manos cruzadas, luciendo una sonrisa limpia que irradiaba una luz pura, llena de serenidad. Transmitía una seguridad conmovedora, no fruto de la arrogancia, sino de su innata naturalidad. Entonces supe que era alguien muy especial, más grande de lo que mucha gente llegaría a ser nunca en toda su vida, y de repente me aislé en la burbuja de su aura y todo lo demás simplemente se desvaneció.

– ¿Qué quieres tomar? –le pregunté a Václav cuando se acercó el garçon.
– Algo bueno.
– ¿Te gustan las bebidas dulces?
– Oh, no, algo caliente mejor. –Imaginé que quería decir fuerte.
– ¿Un dry martini tal vez?, ¿un whisky sour?
– Vino caliente está bien.
– Vino caliente y un cosmopolitan –solicité al camarero.
– No tenemos vino caliente –respondió con desdén, aparentemente indignado porque hubiéramos pedido algo tan ordinario en su bar.
– Entonces whisky con cola –dijo Václav. El camarero se marchó sin decir ni una palabra de cortesía, poniendo los ojos en blanco.
– Será grosero –murmuré en castellano.
– Pamela, ¿estás bien?
– Sí, querido, es sólo que no entiendo la actitud de algunas personas.
– ¿Qué actitud?
– Oh, ninguna, cosas mías.
– Aquí tienen, un cóctel cosmopolitan y un whisky con cola –sentenció el camarero al regresar con las bebidas.
– Disculpa –apuntó Václav al ver el vaso on the rocks–, ¿puedes traer un vaso largo?
– Lo siento, señor –respondió el camarero, poniendo un ligero énfasis en esa palabra–, pero es que no tenemos vasos para este tipo de combinados.
– Pues lléveselo y tráigalo en un vaso collins –intervine al no poder contenerme más, cogiendo el vaso y colocándolo en la bandeja–, con eso bastará. Ah, y ponga dos cubitos de hielo para que se mantenga frío. Gracias.

El camarero no volvió a importunarnos con su insolencia, y si lo hizo no me percaté de ello. Trajo la bebida tal como se la había pedido y se retiró, ahora sí, con un poco de educación.

La voz de Václav empezó a desvelar frente a mí los detalles de su historia personal. Nacido en Praga hacía dieciocho años, acabó sus estudios y se dedicó a aprender el oficio de su padre. Desde que su bisabuelo montara el taller, su familia se había dedicado al arte de la orfebrería. Según decía, no daba dinero a raudales, sin embargo les permitía vivir bastante bien y muy felices.

Václav era un adicto a la lectura, antes de irse a dormir siempre aprovechaba para viajar por universos de todos los géneros. Devoraba los libros sin ni siquiera leer la contraportada, para que así le sorprendieran. No obstante, los que le maravillaban eran los que versaban sobre lo que llamó fantasía heroica, un subgénero de la literatura fantástica que se caracterizaba por ser de aire medieval y gozar de la presencia de seres mitológicos. Era por eso por lo que tenía el corazón lleno de cuentos, sobre princesas y dragones, sobre héroes y villanos. De ahí procedía el porte caballeresco que se intuía en él y los valores que formaban su estandarte.

A Václav sólo había una cosa que le gustaba tanto como los libros: las antigüedades. Aún no había adquirido más que un pequeño relicario de plata y un joyero victoriano, pero esperaba poder reunir un sinnúmero de ellas con el paso de los años.

Tras la provechosa charla, Václav me acompañó hasta la puerta de mi habitación. No pude evitar sentirme como una adolescente cuando nos despedimos, a causa del nerviosismo que de repente hizo acto de presencia entre nosotros. Me dio un beso tierno en la mejilla y se marchó paseando lentamente con una sonrisa en los bolsillos.

Cerré mi habitación y me dejé caer sobre la puerta mientras un suspiro inconsciente escapaba entre mis labios. Sentí que una brisa de ilusión daba vueltas dentro de mí, conforme la mariposa de la vida aleteaba con más brío. Sin embargo, una sombra de duda planeaba sobre ella: Václav se me antojaba demasiado joven.

Deliciosamente vuestra, y caminando sobre pétalos de ilusión
Pamela

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Ángel de la guarda

viernes 22 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Tras tomarme declaración sobre lo sucedido, salí de la sala y me senté en el primer banco que encontré en el recibidor. La comisaría era un hervidero de gente que iba y venía, pero yo me sentía como un espectro de una realidad paralela que nada tenía que ver con el mundo real. Lo único que me recordaba que estaba en el plano físico era el dolor del golpe que me había dado al desmayarme. Pero el golpe que había sufrido en el alma me dolía infinitamente más. Intenté no llorar por todos los medios, pero tenía en los ojos una cortina de lágrimas que no tardaría en derramarse.

Por mucho que lo intentaba, no conseguía entenderlo. S. Nouveau era el nombre de la persona que había comprado el anillo, el nombre de mi admirador secreto. ¿Pero por qué Samantha haría una cosa así?, ¿para reírse de mí como Christopher y Alessandro?, ¿para hundirme?

Hice un repaso mental de los pasos de Samantha desde que apareciera en mi club social, hacía más de un año, y ahora lo veía claro. Lo había planeado todo desde el principio, tejiendo meticulosa como una araña, preparando su tela con paciencia para atraparme cual mariposa indefensa, aprovechándose de mi cándida ingenuidad. Por eso siempre se había acercado a mis amigos y aparecía en los lugares que yo solía frecuentar. Poco a poco logrando que confiara en ella, para después destruirme por Dior sabe qué motivo. Pero su plan había fallado, y gracias a mis virtudes para el espionaje el final de esta historia sería otro muy distinto al que ella esperaba.

– ¡Pamela! –gritó una voz.
– ¡Václav! –grité mientras me lanzaba a sus brazos y me echaba a llorar. No puedo describir el alivio y el consuelo que me proporcionaron sus brazos, cuya fuerza noté incluso a través del abrigo.
– ¿Por qué lloras? –me preguntó nervioso mientras rodeaba mi cara con sus grandes manos, fijando en mis ojos los suyos–, ¿estás bien?, ¿tener daño?
– No –respondí con una leve sonrisa ante el placer de saber que alguien se preocupaba por mí–. Bueno, un poco, pero nada importante. ¿Pero cómo has...? ¡¿Qué haces aquí?!
– Fui a la tienda y decir lo que pasó. Venir aquí después.
– ¡Oh, gracias, gracias, gracias! ¡No sabes cuánto necesitaba ver una cara amiga! –Le besé afectuosamente en la mejilla y le abracé otra vez. Entonces me di cuenta de que prácticamente éramos desconocidos y me aparté, aunque era tarde para que mis mejillas no se tiñeran del color de mi pintalabios. Avergonzada, bajé la vista al suelo–. Qué amable de tu parte. Querido, no sé cómo agradecerte que estés aquí.
– Yo sé. –De nuevo su sonrisa pícara me arrancó una carcajada.
– A ver, cómo.
– Yo llevarte a hotel.
– No sé qué habré hecho para merecer un ángel de la guarda, pero doy gracias al cielo.
– ¿Qué?
– Nada, querido, que acepto.

Salimos de la comisaría y fuimos hasta una motocicleta aparcada cerca de allí. De repente me puse nerviosa ante la idea de montar en moto por primera vez. Él se dio cuenta y me tranquilizó, alegando que no me preocupara, que era de lo más sencillo, pero el hormigueo que sentía decidió que no quería abandonar el nuevo hogar que había encontrado dentro de mí. Haciéndole caso omiso, me quité la pamela y deshice el recogido que llevaba para poder ponerme el casco.

Cuando arrancó, pensé que acabaría hecha un ovillo de piernas y tacones sobre el asfalto, pero Václav me cogió las manos anudando mis brazos alrededor de su torso, al que me agarré con todas mis fuerzas. A pesar del miedo, no pude evitar ruborizarme de nuevo ante el contacto de mi cuerpo con su amplia espalda.

Y, en unos minutos, llegamos al hotel en el que me hospedaba.

Incansablemente vuestra, y agradecida
Pamela

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Atraco a mano armada

jueves 21 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Partí del hotel al atardecer, camino a la tienda donde se había vendido el anillo y que había localizado gracias a la inestimable ayuda del galante Václav.

Mis zapatos de tacón no tardaron en llevarme a la Ciudad Vieja, y cuando pasaba por su plaza, las campanadas del Reloj Astronómico se sincronizaron casualmente con el sonido de mis pasos. Los acontecimientos se estaban alineando como las esferas de ese prodigio mecánico, podía sentirlo como una vibración sobre la piel, y me pregunté si lo astros tendrían algo que ver en todo lo que me estaba sucediendo. Tras echar un último vistazo al anillo del zodíaco, proseguí mi camino, dejando atrás a los turistas.

En breve me encontré en una callejuela poco transitada que, de no saber en que año me encontraba, me hubiera hecho creer que había retrocedido en el tiempo hasta el medievo y que al girar la esquina encontraría al príncipe de mis sueños. Allí había una tienda, una pequeña y acogedora joyería en la que también se podían adquirir antigüedades.

Me acerqué a la entrada y me detuve a pensar unos segundos en lo que iba a decir, sintiéndome llena de emoción, otra vez como una audaz espía arrastrada por las circunstancias de la vida. De cerca pude ver que había algunos símbolos de aire medieval grabados en la madera del marco. Abrí la puerta y entré.

Por dentro era como una cueva de Aladino maravillosamente desordenada y llena de objetos repartidos por todas partes. Tuve que hacer un considerable esfuerzo mental para no dejarme arrastrar por la llamada de las piedras preciosas. El vendedor me miraba con atención. Era un señor de mediana edad, de movimientos serenos y porte distinguido.

Dobrou noc –me dijo a modo de bienvenida–, ¿en qué puedo ayudarla?
– Buenas noches. Si me permite darle mi opinión, tiene un establecimiento encantador.
– Muchas gracias.
– Verá, busco una información, y tal vez usted pueda ayudarme.
– Usted dirá.
– Resulta... Bueno, estoy buscando a un familiar, un primo, del que hace un año que no tengo noticias, y la última vez que supe de él creo que estaba aquí en Praga. Mentiría si dijera que no estoy preocupada por él, porque normalmente se pone en contacto conmigo con frecuencia –mentí. Para ser una historia que había inventado en unos segundos no me había quedado del todo mal.
– Entiendo.
– Me mandó este anillo, creo que lo compró aquí. ¿Me lo podría confirmar?
– No puedo proporcionarle ese tipo de información. Lo siento, señorita –me respondió al tiempo que la puerta de la tienda se abría y entraba un hombre joven de aspecto dejado que se puso a mirar los objetos. El vendedor le dijo algo en checo, el hombre le respondió y continuó mirando.
– Por favor –rogué poniendo la mejor cara de pena que pude–, ¿no podría hacer una excepción?
– No puedo, señorita, lo siento. Vulneraría la privacidad de mis clientes.
– Oh, por favor, señor. ¡Es muy importante para mí!
– Le ruego que no insista.

Todo ocurrió muy rápido. Noté una gran fuerza que me propulsó con violencia, haciéndome caer al suelo a unos metros de distancia. En mi confusión escuché gritos que transmitían una enérgica advertencia. Cuando recuperé el control, vi que el hombre que había entrado antes en la tienda llevaba una navaja en la mano y amenazaba al vendedor con una mueca de odio en la cara. Ambos se enzarzaron en una acalorada discusión. El hombre parecía cada vez más furioso y desesperado, pero el vendedor no parecía dispuesto a ceder.

Primero sentí una oleada de miedo que me dejó paralizada y temblando de pies a cabeza, pero al cabo de un rato mi indignación hizo que se transformara en una rabia ponzoñosa que empezó a supurar de cada uno de los poros de mi cuerpo.

La mariposa de fuego estalló en una tormenta de llamas.

Mi mente se fue nublando a una velocidad alarmante conforme la tapa de la caja de los truenos cedía. En un segundo, reviví mi conflicto con Christopher, mi desafortunada conversación con Linus, el desagradable trato que me habían brindado Alessandro y su novia Agnieszka y, sobretodo, el momento en que descubrí a mi chofer y a mi barman en el almacén de la sala de fiestas de mi hotel.

Mis manos se cerraron como tenazas, pero no sentí cómo las uñas se me clavaban en la carne. Me puse de pie lentamente, ciega de ira, con el corazón latiendo como un volcán en erupción. Lo siguiente que recuerdo es que me lancé contra el hombre focalizando en él toda mi cólera, empuñando el bolso Louis Vuitton en el que llevaba todas mis pertenencias.

El golpe le cogió desprevenido. La fuerza feroz que le había proporcionado, junto con el peso de todo lo que llevaba en el bolso, incluyendo mi ordenador portátil, le derribaron. Sin saber lo que hacía empecé a patearle fuera de control, clavándole los tacones de aguja de mis Ralph Lauren recién estrenados a la vez que seguía golpeándole una y otra vez con el bolso.

Cuando me detuve para tomar aire, el hombre aprovechó para salir corriendo despavorido. Ni siquiera miró atrás. Dejé caer el bolso y me di la vuelta, respirando agitadamente. El vendedor me miraba con una expresión de pánico y asombro en la cara.

– Por favor, dígame el nombre de la persona que compró el anillo. Se lo ruego –dije, y mi voz sonó despótica y llena de soberbia.
– Sí, ahora mismo –respondió el vendedor, apresurándose a buscar el libro donde llevaba el registro de ventas con pulso tembloroso–. Aquí está.

Miré el lugar que me había señalado con el dedo y el nombre impactó sobre mis ojos como un latigazo sacudiendo todas y cada una de mis neuronas. Entonces las piernas me temblaron y las fuerzas que momentos antes hervían dentro de mí se desvanecieron como jirones de una pesadilla. Sentí que todo me daba vueltas y, mientras caía desmayada y la negrura me engullía, esa línea del libro invadió toda mi mente: "Nouveau, S.".

Totalmente vuestra, y sin límite estupefacta
Pamela

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Silenciosa compañía

martes 19 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Comprobé de nuevo la dirección. Era correcta. Cuando toqué el timbre sentí un estremecimiento eléctrico que se deslizó a través de mis dedos, recordándome que la mariposa de la vida aún revoloteaba dentro de mí, en alguna parte.

Me parecía mentira que ya hubiese pasado un año desde que Patrick, mi joyero, me ayudara a localizar este lugar. Un año entero en el que había dejado de lado este asunto. Sí, queridos, lo había hecho a propósito porque tenía miedo, lo reconozco. Tenía miedo de averiguar quién era mi admirador secreto y descubrir que, con toda probabilidad, la fantasía que había tejido a su alrededor con el paso de los meses no era más que una cruel falsedad de la araña de mi mente.

Pero había llegado el momento de saber la verdad. Aquél que con tanta habilidad me había dejado notas de amor, ofreciéndome los secretos de su alma, sería desenmascarado sin piedad. La ira que los últimos acontecimientos me habían hecho sentir se había solidificado en forma de valor, un valor que me impulsaba a seguir por este camino.

La puerta se abrió y un hombre de avanzada edad asomó tras ella, pero para mi desgracia no entendía ni una sola de sus palabras. Al final, con cierta desesperación, me indicó que pasara con las manos, haciendo alarde de un interminable elenco de gestos nerviosos. De no ser por su afable sonrisa, su presencia me hubiera resultado de lo más inquietante, sobretodo por la forma en que apretaba sus pequeños ojillos.

– ¿Hablar inglés? –me preguntó un joven que había salido del fondo de lo que parecía un taller orfebre. El chico debía haber dejado atrás la adolescencia hacía poco, pero su aspecto me turbó en cuanto impactó sobre mis pupilas. Unos años más y estaba segura de que sería uno de los hombres más atractivos del planeta.
– Sí –respondí entusiasmada–, eso es, inglés. ¿Tú también?
– Un poco, señorita. ¿Querer algo? Cerrando.
– Oh, lo siento, discúlpame. Me llamo Pamela, Pamela Von Mismarch. Siento venir tan tarde, pero necesito urgentemente una información, es cuestión de vida o muerte.
– ¿Puedes repetir? –Por la cara que puso, supe que no había entendido nada de lo que había dicho, así que saqué el anillo y se lo mostré.
– Este anillo, ¿ha sido hecho aquí? –Cuando cogió el anillo nuestros dedos se rozaron y un hormigueo zigzagueó sobre mi piel.
– ¡Oh, sí, sí! Es modelo nuestro. Muy bonito. Yo hacer con ayuda de padre –comentó señalando al señor mayor, quien hacía rato que había vuelto a su trabajo.

De repente sentí que las ruedas del destino encajaban con obsesiva precisión. Los vellos de mi cuerpo se erizaron al instante. Estaba frente al chico cuyas varoniles manos eran las artífices de una de las joyas que más emociones me habían brindado nunca, lo cual me provocó una experiencia mística que me hizo saber que estaba en el lugar adecuado en el momento justo. Fue una sensación indescriptible.

– Por favor –imploré con vehemencia mientras le tomaba de los antebrazos, presa de la excitación–, ¿puede decirme el nombre de la persona que lo compró?
– Oh, no, señorita, lo siento –respondió mientras miraba con cierto asombro mis manos y yo recuperaba el suficiente autocontrol para soltarle–. No vender aquí. Vender en tienda.
– ¿En tienda? ¿En qué tienda?
– Espera.

El chico se fue y volvió al cabo de un rato con un libro de grandes proporciones. Tras hojearlo unos minutos me miró.

– Aquí. Esta es la tienda.
– ¡Gracias! –Me apresuré a anotar la dirección en mi glamourosa agenda–. No sé cómo agradecerte tu ayuda.
– Yo sé –dijo con una gran sonrisa–. Yo acompaño a la tienda mañana. Hoy ya cerrada.
– Oh, no, querido. Te lo agradezco, pero no puedo permitir que pierdas más tiempo en mi persona. Ya has hecho suficiente.
– ¿Ah? No comprendo.
– Digo que iré sola, pero que muchas gracias.
– No comprendo, lo siento –repitió, pero la sonrisa pícara que se dibujó en su boca me indicó lo contrario y no pude evitar echarme a reír.
– Ya veo. Yo sí comprendo.
– Me llamo Václav.
– Encantada Václav. Ha sido un verdadero placer, pero ahora debo irme. Seguro que tienes trabajo.
– No, no. Mi padre termina, no preocupar. Yo acompaño a tu casa. No está bien señorita vaya sola de noche. –El delicioso atrevimiento de Václav me provocó un estallido de carcajadas lleno de ternura.
– Está bien, pero con la condición de que así quede saldada mi deuda.
– Perfecto, no problemo –apuntó con convicción, satisfecho con el trato.

Václav me acompañó al hotel brindándome el apoyo de su brazo mientras paseábamos. No nos dijimos nada en todo el trayecto, simplemente disfrutamos del paseo nocturno en mutua compañía. Una compañía inusualmente cómoda para dos personas que se acaban de conocer, extraña a la par que intrigante.

Es curioso, queridos, pero cuanto más sola quieres estar, más parece querer acompañarte la gente.

Absolutamente vuestra, y esperanzada
Pamela

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Burbujas del pasado

lunes 18 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

No alquilé una limusina, preferí caminar para sentir el aire frío, que contrastaba con el cálido ambiente de la ciudad. Las calles de Praga me transformaron en la princesa de un cuento medieval en el que no había ni brujas ni príncipes, sólo belleza. Las fachadas en tonos pastel de los edificios daban la sensación de estar en un bosque de casas de galleta y caramelo.

Ya oscurecía cuando atravesé el Puente de Carlos. Envueltas en la niebla, las estatuas resultaban magnificentes y poderosas, inspiraban un temor reverencial. Sus ojos inertes contenían una muda advertencia, me decían que tuviera respeto porque estaba atravesando un lugar que era suyo por derecho y que yo sólo era una invitada.

Me asomé por el puente para contemplar las aguas del río Moldava. En ellas se reflejaban recuerdos que ya creía olvidados, burbujas perezosas que ascendieron a la superficie con un gorgoteo. Un día, hacía muchos años, yo había recorrido estas aguas a la luz de las velas, en un yate, mientras cenaba con un hombre de gafas gruesas y aspecto antiguo que mi tía veía con buenos ojos...

Aunque era primavera, yo me sentía árida por dentro. Cada bocado era tan insípido como el anterior y el vino resbalaba por mi garganta sin dejar huella en el paladar. Las notas del violín caían por la borda y se hundían en la lánguida apatía del río, en un intento por disimular la inexistente conversación entre nosotros.

Cuando nunca se ha estado despierta, cómo saber que se está dormida. Yo, a mis dieciocho años acabados de cumplir, asumía mi gris realidad como la única posible y me conformaba con la compañía de ese hombre, la máxima a la creía que podía aspirar mi corazón. Así me habían educado. No me malinterpretéis, queridos, Andrew no era un mal hombre, todo lo contrario, era serio, responsable y de buen corazón, y según mi tía era el mejor partido al que una mujer de provecho podía ofrecerse en matrimonio, pues disponía del adecuado patrimonio y era de buena cuna.

Pero una parte de mí me increpaba silenciosamente, consternándome sin piedad, aunque yo me negara a escuchar. Me decía que Andrew era veinticinco años mayor que yo, que sería el homicida involuntario de mi felicidad, que sería el carcelero de una jaula de oro en la que me colmaría de riquezas pero me privaría de lo más importante: la libertad de amar.

Un día desperté y comprendí que la felicidad era un tesoro que sólo hallaría al final del arco iris, si seguía el dictado de mi corazón. Desaparecí como un pétalo acunado por el viento, en silencio, abandonándolo todo sin decir adiós. Así fue como llegué a mi querida España. Sé que obré mal, pero era tan joven... No supe cómo enfrentar tan espinosa situación.

Reanudé mi camino por el puente preguntándome qué sería ahora de Andrew, si sería feliz, si tendría hijos o si, por el contrario, no llegó a casarse. Entonces me di cuenta de que un pintor me miraba con intensidad. Al parecer me había inmortalizado acariciando el lienzo con su pincel.

En el cuadro había una estilosa mujer que miraba al horizonte, pero tenía los ojos apagados.

Eternamente vuestra,
Pamela

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Multimedia: ira gélida

domingo 17 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

La ira nace desde las profundidades más oscuras de nuestro ser. Es una bestia gélida y agresiva, de filo implacable y orgullo desmedido, que amenaza con devorar lo que encuentre a su paso. Si no somos capaces de entonar la melodía que la calme, nos arrastrará por sendas tenebrosas y acabará por convertir nuestra alma en una estatua de carbón deforme y retorcida.




En nuestra mano está dominar a la bestia y apoderarnos de su energía para transformarla en una fuerza creativa capaz de moldear la roca del futuro a nuestro antojo. Debemos acariciarla con delicada sensibilidad y férrea determinación al mismo tiempo. Entonces el corazón se revelará con un brillo cegador: el del más puro diamante.

Siempre vuestra,
Pamela

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Tesoros

sábado 16 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Pensé que, al darse cuenta de que era yo quién le había tirado el café encima en aquel avión, Verner me trataría sin mucha simpatía, pero fue al contrario, resultó estimulante y vivificante. El vuelo a Praga pasó muy rápido en su compañía. Su capacidad de conversación y sus constantes duelos dialécticos me mantuvieron entretenida y con la mente lo suficientemente ocupada para no pensar en otras cosas.

Por lo visto, Verner era un apasionado de los viajes y la historia. Siempre que tenía unos días libres aprovechaba para marcharse a cualquier parte del mundo. Le gustaba revivir los recovecos de la historia de cada calle y cada monumento, descubriendo los rincones menos conocidos y los secretos más ocultos de cada ciudad.

Ya en tierra, se ofreció amablemente a deleitarme con alguno de los tesoros de Praga, si disponía de tiempo, pero rehusé la invitación apuntando que tenía demasiados compromisos ineludibles. En otras circunstancias quizá hubiera aceptado, queridos, pero en ese momento no estaba de ánimo.

Aunque lo intenté, no me quitaba de la cabeza a Christopher y Alessandro. Eran como dos fantasmas que veía dondequiera que mirase. Me parecía mentira que, hacía tan sólo unos días, incluso había llegado a creer que uno de ellos era el príncipe de cuya mano viajaría al lejano reino del amor. ¡Oh, qué ilusa fui!

Ahora sabía la verdad. Sabía que habían estado inmersos en ocupaciones que nadie se habría imaginado. Sabía que eran amantes. Me pregunté cuánto tiempo hacía que se proporcionaban calor el uno al otro a escondidas. No me sorprendía de Alessandro, pues algo dentro de mí siempre había intuido sus preferencias, pero de Christopher... Recordé todas las veces que les había visto juntos, sus risas cómplices, sus miradas, y me sentí humillada, vilipendiada. Sentí que se habían reído de mí.

El corazón me ardió de ira. Una ira que evaporó mis lágrimas y me instó a mirar hacia delante con una intensa determinación. Si el amor no venía a mí, yo iría en su busca. Eso era lo que me había traído a Praga.

Me puse el abrigo, cogí el bolso y salí de mi habitación taconeando con ímpetu. Nadie pudo verlo, pero en mi bolsillo había un tesoro muy especial. Un anillo que había sido confeccionado en esta ciudad, el que mi admirador secreto me había regalado por San Valentín hacía un año.

Absolutamente vuestra, e iracunda
Pamela

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Llorando entre extraños

viernes 15 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

Conseguí moverme como una autómata, carente de toda emoción, hasta que caí derrumbada en el asiento del avión. Una vez allí, la visión se me nubló a causa de las lágrimas. Me cubrí la cara con las manos y empecé a sufrir unos pequeños espasmos. No quería llorar estando rodeada de gente, pero la presa que había construido para mantener a raya mis emociones estaba desmoronándose por momentos. Mi corazón era un nido de mariposas negras que pugnaban por echar a volar como murciélagos.

No podía dejar de ver a mis dos príncipes envueltos en aquel torbellino de pasión. Una y otra vez la imagen giraba ante mis ojos hasta acaparar cada uno de mis pensamientos.

La presa se rompió. En silencio, rompí a llorar, sintiendo que los ojos me ardían.

– ¿Se encuentra bien? –me preguntó la voz de un hombre con ligero acento alemán. No respondí, el nudo que tenía en la garganta me lo impedía. Debió interpretar que quería que me dejase tranquila, porque la voz no dijo nada más. Hasta pasado un largo rato.
– Praga es una ciudad preciosa. La ciudad de las cien cúpulas, la llaman. Su historia está ligada a la de su castillo, la fortificación medieval más grande del mundo, que fue construida el año 870 por la dinastía premyslida. Ah, cuán majestuoso, ¿lo ha visitado? –Seguí con las manos en la cara, no podía permitir que nadie viera mi rostro en el estado tan lamentable en el que debía encontrarse. ¿Y si era el hombre de mi vida?–. Si no lo ha hecho, hágalo, es una visita imprescindible. En el Callejón del Oro vivió Kafka dos años, ¿lo sabía?
– Sí –respondí con un gemido agónico que casi pareció un lamento.
– ¿Y sabía que también se le llama el Callejón de los Orfebres? –Imágenes de impresionantes joyas cruzaron volando mi pamela, causándome una inmediata sensación de bienestar. Bajé las manos sin darme cuenta.
– ¿Joyas? –La voz me brotó débil y lastimera de la garganta.
– Ah, suponía que le interesarían las joyas, mi señora. Las joyas de la Corona checa se guardan sobre la puerta Dorada, en la cámara de la Coronación, al final de unas escaleras a las que se accede desde una puerta cerrada con siete llaves, oculta en el flanco sur de la capilla de San Wenceslao, una de las capillas más importantes de la Catedral de San Vito. Dígame, ¿se encuentra mejor? –Lo cierto era que el hipo había desaparecido.
– Sí, pero no vuelva a llamarme señora –le increpé sin fuerzas mientras me enjugaba las lágrimas con un pañuelo. El hombre se echó a reír.
– Y, si me permite, ¿cómo quiere que la llame? –me preguntó con un tonillo irónico.
– Señorita está bien, gracias. También puede llamarme Pamela, si lo prefiere.
– Yo soy Verner, Verner Drexler. Disculpe, señorita –puso un énfasis extraño en la palabra mientras examinaba exhaustivamente mi rostro–, pero su cara me resulta familiar, ¿nos conocemos?
– No lo creo –respondí evasivamente, haciendo ver que no me daba cuenta de que sus ojos ligeramente saltones me estaban recorriendo.

Nos miramos en silencio. Era un hombre que debía hacer unos años que había traspasado la treintena, de rasgos varoniles aunque no demasiado atractivos. Tenía los ojos de un color azul frío y el pelo, de un rubio oscuro, hacía años que le había empezado a ralear. Una perilla afilada le enmarcaba los finos labios, en los que se dibujaba una sonrisa aviesa.

Entonces nos reconocimos: era el hombre al que le había tirado encima el café en mi último vuelo.

Sincerely yours, and sad
Pamela

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Funesto San Valentín

jueves 14 de febrero de 2008


Queridos amigos virtuales,

En contra de lo aconsejable, me dejé seducir por la inesperada proposición de Samantha: una sesión nocturna de cine fantasmagórico. Sé lo que estáis pensando, queridos, ir a un desfile de Ágata Ruiz de la Prada también hubiera sido un buen sustitutivo y sin tan funestas consecuencias para mí, pero ella no hubiera conseguido que los astutos duendes del miedo se encaramasen a mis zapatos de tacón como lo conseguía un plan como ése. El cine de terror me atraía irremisiblemente, incluso en contra de mi quebradiza voluntad. Y era mejor que quedarme sola en mi habitación la noche de San Valentín, idea que se me antojaba de lo más deprimente.

En un principio me negué en redondo, pues sabía que algo así no haría sino crecer la semilla de pavor que se había alojado en mí desde la otra noche, pero después de escuchar que Samantha tenía en su casa una habitación habilitada únicamente con propósitos cinéfilos, no tuve más remedio que rectificar. Debéis entenderlo. Además, debo confesar que tenía cierta curiosidad por ver la residencia de mi amiga y descubrir más cosas sobre ella.

Así que bajé de mi habitación para tomarme un bloody mary antes de que Christopher me condujera a mi destino, momento que pensaba aprovechar para pedirle disculpas por la reprimenda a la que le sometí el mes pasado. Pero cuando llegué a la sala de fiestas, la encontré completamente vacía. A esa hora Alessandro solía ultimar los detalles del bar para tenerlo todo preparado para el día siguiente, ya que era muy meticuloso, pero imaginé que se habría marchado antes de lo habitual para disfrutar de una romántica velada con su novia Agnieszka.

Mientras esperaba a que apareciera mi querido chauffeur, me serví yo misma un dry martini. Debo reconocer que no era tan delicioso como los de mi barman, pero tuve que conformarme.

Fue entonces cuando escuché el ruido. Los duendes del miedo abandonaron mis zapatos para recorrerme la columna, y automáticamente cayó sobre mi pamela una cascada de tenebrosas ideas sobre espíritus y aparecidos. Con el corazón latiéndome en las sienes, me dirigí hacia el origen del sonido armada con una cucharilla batidora.

Cuando se escuchó otra vez el ruido, pensé que iba a desmayarme allí mismo. Provenía del almacén. La puerta estaba abierta. Me acerqué a ella con el más absoluto sigilo, utilizando mis poderes de espía. Y cuando llegué, deseé estar muerta desde lo más profundo de mi ser.

La cucharilla se desprendió de mis dedos y cayó al suelo con estrépito. Me descubrieron. Salí corriendo sintiendo que ríos de lágrimas inundaban mis mejillas. Huí del hotel y, desesperada, me lancé sobre el primer taxi que encontré. Entonces vino una imagen a mi memoria: la Torre; y lo entendí todo.

¿Cómo voy a volver a mirarles a la cara? ¡Si ni siquiera soy capaz de describirlo aquí! ¡Oh, Dior mío, cuán nefasto es el destino, cuán cruel!

Corazón rotoMientras iba de camino al aeropuerto para escapar del país, no podía dejar de verlos una y otra vez, como el más terrorífico de los filmes inimaginables, reproduciéndose sin cesar en mis retinas. Había descubierto a Christopher envuelto en un torbellino de pasión abrasadora, comiéndose a besos a... mi barman.

Eternamente vuestra, y con el corazón roto
Pamela

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