Siroco de pasión
jueves 13 de marzo de 2008
De pie en mi habitación, me miré en el espejo y suspiré. Me sentía algo vacía, como si un muro intangible se interpusiera entre mi corazón y la belleza de todo cuanto me rodeaba, impidiendo que llegase a alcanzarme. Acababa de visitar el castillo de Praga y era frustrante no haber sentido nada al recorrerlo. No me había imaginado ser la princesa de una noble estirpe entre sus muros, ni una aventurera en busca de un tesoro ancestral acechada por las demoníacas gárgolas de la Catedral de San Vito. Una coraza pétrea me aislaba del frío y el calor, de lo bueno y lo malo.
Encendí mi teléfono móvil y seleccioné un número de la agenda, ignorando las numerosas llamadas perdidas de mis supuestos amigos de Barcelona. De Christopher, de Samantha. Al cabo de unos segundos me respondió la voz de Linus, preguntando repetidamente si había alguien ahí, pero por alguna razón no respondí. Colgué el teléfono y lo apagué otra vez.
Me estaba poniendo los pendientes para dar el toque de gracia a mi atuendo, ante la escrutadora mirada de mi reflejo, cuando alguien llamó a la puerta.
– ¿Sí? –pregunté.
– Servicio de habitaciones –dijo la voz al otro lado de la puerta.
– Lo siento, pero debe haberse equivocado. Yo no he pedido nada.
– ¿No ha pedido un cóctel cosmopolitan? Muy frío y removido pero no demasiado agitado. –En efecto, ésas eran las instrucciones que solía dar cuando pedía el cóctel.
– Oh, disculpe. Debo haberlo olvidado. Enseguida le abro. Un momento, por favor.
¿Me estaría volviendo loca? En verdad no recordaba haber pedido nada. Ultimé mi maquillaje y me apresuré a girar el pomo. Cuando abrí la puerta, el bolso se me cayó de las manos y se escuchó un cristal romperse dentro de él, pero ni siquiera pude procesarlo mentalmente. Toda mi atención estaba centrada en la persona que había enfrente mío.
Era un hombre envuelto en un traje negro a rayas grises. Su elegante silueta dilató inexorablemente mis pupilas al acariciarlas. Su masculinidad resultaba tan atractiva como la luz del candil para las incautas mariposas nocturnas.
La corbata dorada, a juego con el pañuelo que asomaba tímidamente del bolsillo de la americana, se meció sobre su pecho cuando alzó el brazo para impedir que cerrara la puerta, cosa que intenté hacer impulsada por el miedo que me produjo su mirada. En ella había valor y determinación, tan potentes que supe que podían incinerarme por dentro si los dejaba pasar.
Pero no tuve la fuerza necesaria, y retrocedí. Él, lenta pero implacablemente, dio un paso al frente y cerró la puerta de un preciso empellón. Firme, decidido, completamente serio. Di otro paso atrás, él otro al frente. Cada poro de mi piel temblaba de pura vulnerabilidad. Resbalé al chocar contra el borde de la cama y caí sobre las sábanas de seda, tiritando como una gatita espantada.
Él se subió a la cama y, apoyando los codos y las rodillas a mis lados, se quedó mirándome en silencio, sin rozarme siquiera. Estaba tan cerca que podía sentir la respiración que manaba de sus labios. De repente me sentí torturada y desesperada por acabar con ese momento interminable. Deseaba gritar para aliviar la tensión que me estaba desgarrando el alma. Abrí los labios, pero mi garganta se tropezó consigo misma.
Él acercó su mano a mi mejilla y me acarició, admirándome como si en el mundo no existiera nadie más, como si fuera el diamante más preciado y bello del universo. El muro interior que me protegía se derritió ante tanta intensidad. Deslizó su cara hasta mi cuello y ascendió poco a poco, aspirando suavemente mi perfume, rozándome la piel casi imperceptiblemente. Al llegar a la cúspide de mi rostro, de camino al otro lado del cuello, sus labios pasaron sobre los míos, apenas con un ligero roce, pero que me sacudió como un siroco, dejándome mareada y confusa. Supe que estaba perdiendo el control.
Apoyó sus manos sobre las mías, inmovilizándome. Ante el primer beso dejé de temblar. Nuestros dedos se entrelazaron. Me arrastró una ola de cálida ternura que me transportó al reino de la vida. Fluí. Me convertí en princesa de la noche y sacerdotisa de la pasión. Objeto de deseo y dueña de mi ser. Delicada a la par que contundente.
Me veo incapaz de narrar las escandalosas delicias a las que ese hombre me sometió con su ternura, mas si pudiera, sólo sería comparable a una lluvia de sensaciones cuyas gotas me hicieron estremecer como si fuera un campo de hierba, sediento y exuberante.
A ti, Václav, mi inesperado amante, te dedico estas exiguas líneas.
Perennemente vuestra, y renacida
Pamela
Etiquetas: Mi vida
Mientras iba de camino al aeropuerto para escapar del país, no podía dejar de verlos una y otra vez, como el más terrorífico de los filmes inimaginables, reproduciéndose sin cesar en mis retinas. Había descubierto a














