Pamela y la semilla mágica

lunes, agosto 11


Queridos amigos virtuales,

Como os decía, mi jardinero me inmovilizó sobre la mecedora del cobertizo. Entonces, para mi asombro, me obligó a besarle. Forcejeé con todas mis fuerzas, hasta quedarme sin resuello, pero fue inútil. Era demasiado fuerte. Al final sus labios consiguieron derrumbar mis barreras psíquicas y el terremoto de temblores que zarandeaba mi cuerpo se apaciguó. Aún así, su beso estaba helado por dentro, muerto y áspero como las hojas doradas del otoño.

—No —dijo Adam de repente, apartándose de mí como si yo fuera un arma nuclear a punto de irradiar muerte a discreción—, no puedo, lo siento.
—¡Pero si me has besado tú!
—Lo siento, no he sabido controlarme.
—¡Pues contrólate, ¿quieres?! ¿Se puede saber qué te ocurre conmigo? —pregunté exasperada.
—Lo siento... —se disculpó de nuevo. Fue hacia la puerta y dio la vuelta, consciente de que estaba atrapado.
—¡Dímelo de una vez! —vociferé muy nerviosa.
—Tengo novia —musitó. Ni siquiera se atrevió a mirarme a la cara.
—¡¿Qué?! No puedo creerlo —gruñí llena de odio, arrastrando las palabras como si las estuviera serrando con los dientes para hacer leña—. ¿Sabes? Estoy harta de los hombres como tú. Sois deleznables, egoístas y ruego al universo que os extingáis para no volver a aparecer jamás.
—Pamela, no...
—¡No me interrumpas! ¡Ni te atrevas! ¿Sabes qué espero? Espero que algún día la justicia divina haga su trabajo y que todos vosotros, malditos infieles, recibáis vuestro merecido castigo. Arderéis en el fuego de los celos y la tristeza os arrugará el corazón hasta que no quede de él más que un puñado de cenizas.
—¡Pamela, ya no estamos juntos, tranquila!
—Oh —no supe qué decir. Había metido el tacón hasta el fondo de la copa.
—Lo hemos dejado, aunque yo sigo pensando en ella a todas horas —mencionó con tristeza, sentándose sobre un cubo. Se llevó las manos a la cara y empezó a llorar.
—Lo siento mucho —dije. Deseaba consolarle, pero no me atrevía a acercarme a él.
—Ya.
—¿Y cómo estás? —pregunté suavemente.
—Mal. No sé, fue tan repentino. No me di cuenta de nada.
—Debe ser doloroso.
—Estoy fatal, Pamela —apuntó dramáticamente—, no puedo hacer nada sin pensar en ella.
—Claro —asentí tratando de poner cara neutral al recordar mi encuentro con Adam y sentirme como el vestido de urgencia que una lleva por si le ocurre algo al que se lleva puesto—. ¿Sería indiscreción preguntar qué pasó?
—A ella le gusta mucho bailar, es su pasión. Siempre hace clases de baile después de trabajar y, semanas atrás, su profesor le propuso hacer una prueba para bailar en uno de sus locales, una discoteca o algo así. Yo me negué. No soportaba la idea de que la miraran así.
—Normal —tartamudeé vigilando las estrechas paredes. Las palabras "clases de baile" resonaron en mi cabeza como un eco.
—Al principio aceptó no hacerlo, pero un día cambió de opinión. Decía que quería aprovechar esta oportunidad porque quizá sería la última —sollozó.
—¿Y qué ocurrió? —pregunté respirando con dificultad. «Una prueba de baile», pensé, «una prueba de baile». Las piernas me empezaron a temblar otra vez.
—Cometí el error de darle un ultimátum: la prueba o yo —gimoteó, enjugándose las lágrimas con la manga de la camisa—. Y aquí estoy. Cinco años llevábamos juntos. Dijo que no era por lo del baile, que se había dado cuenta de que lo nuestro ya no era lo mismo, que necesitaba tiempo para pensar porque no sabía lo que sentía.
—¿Una prueba de baile? —farfullé casi sin respiración, apoyándome en un estante. La habitación daba más vueltas conforme las piezas del puzzle iban encajando en mi cabeza. Ya sabía de qué me sonaba toda esta historia, sólo tenía que confirmarlo.
—Pamela, ¿estás bien? Estás pálida —apuntó Adam. Al centrar su atención en mí dejó de lloriquear.
—Cómo se llama tu novia. Dímelo.
—¿Mi novia? Pamela, ¿qué te pasa?, ¿estás mareada?
—Cómo se llama.
—Carla, se llama Carla. ¿Qué importa eso? ¡Pamela!

¡Carla! Podía ser otra Carla y, sin embargo, estaba segura de que no lo era. Sabía que tenía que ser ella porque dentro de mí una estrella se había encendido. No podía creerlo. Tenía que ser la secretaria de Michael, la mujer a la que yo había aconsejado que hiciera esa prueba de baile, hacía días, a pesar de decirme que su novio se oponía. Una decisión que había terminado en una drástica situación para esa pareja y, en consecuencia, para Adam. ¡Dior mío, y encima había tenido un affaire con él! ¿Cómo era posible que mi jardinero fuera el novio de la secretaria de Michael? ¿Por qué la casualidad se cebaba tanto conmigo? Santo cielo, ¡qué le había hecho yo a los dioses!

Noté que tenía algo en la boca. Era una extraña semilla de cristal, tallada como un diamante. Dentro tenía un brillo mortecino como la luz de la culpabilidad. Se me escapó de los dedos y cayó en el saco de tierra que había a mis pies. Al instante, nació una enredadera que creció a un ritmo vertiginoso hasta no caber en el cobertizo. Alucinada, contemplé cómo el ancho tronco destrozaba el techo para seguir creciendo hasta el cielo. Aunque no podía ver nada por culpa de las nubes, supe que arriba del todo había un tesoro custodiado por una gigante con los hombros encorvados y los dientes ennegrecidos por el café. Era un tesoro que tenía una luz suave y especial, un corazón de oro que palpitaba lleno de amor, encerrado en una pequeña jaula. No sabía cómo, pero tendría que escalar aquella planta para arreglar el desaguisado del que, en parte, era la responsable.

Entonces me desmayé, entre temblores incontrolables y envuelta en un sudor frío.

Inertemente vuestra,
Pamela

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Una rosa en un pajar

domingo, agosto 10


Queridos amigos virtuales,

Mientras mi cerebro trataba de asimilar lo que significaba que el pomo de la puerta estuviera en la mano de Adam, mi cuerpo no dejaba de temblar. ¿Estábamos encerrados? Miré alrededor y presté atención por primera vez al interior de aquella pequeña estancia. Estaba llena de herramientas y olía a tierra, a madera y Dior sabe a qué más. ¡Me sentí como una vulgar campesina atrapada en un pajar! El suelo estaba lleno de cristales rotos porque los vidrios de la puerta habían estallado cuando se cerró de golpe. El techo era demasiado bajo. El mero hecho de pensar que estaba encerrada con mi jardinero tras el momento de tensión que habíamos vivido antes me ponía todavía más nerviosa. Mis temblores se acusaron de repente.

—¿Qué le pasa? Está temblando —se sorprendió Adam.
—No es nada, es que el puñetazo que has dado antes me ha cogido por sorpresa.
—Lo siento mucho —se disculpó acercando su mano a mi brazo, aunque se detuvo antes de llegar—, no quería asustarla. Últimamente lo hago todo mal.
—No te preocupes —murmuré mientras me apartaba de él a pata coja e iba hacia la puerta tratando de conservar la dignidad, si es que eso era posible dando saltitos con un pie—. El pomo, por favor —ordené con frialdad, tendiéndole la mano. Adam me lo dio sin mirar.

Sí, queridos, soy perfectamente consciente de que ir dando saltitos no resultaba muy apropiado para una dama, pero el suelo estaba lleno de cristales, yo había perdido un zapato al esquivar a aquel dichoso gato y me negaba a aceptar cualquier ayuda de Adam.

Los temblores no me dejaban acertar a introducir el pomo en la abertura, hasta que al final lo conseguí. Automáticamente un ruido metálico se escuchó del otro lado. Nerviosa, aunque con mucho cuidado para no cortarme, metí el brazo por el espacio de uno de los cuatro vidrios de la puerta e intenté llegar al pomo por fuera. No había nada porque se había caído al suelo. La puerta no se abriría.

—¡Maldita sea la Marquesa! —exclamé al sentir una punzada de dolor. Me había cortado con uno de los cristales rotos que quedaba en el marco de la ventana.
—¡¿Está bien?! —me preguntó Adam mientras se apresuraba a comprobar el estado de mi brazo.
—¡No es nada! —refunfuñé al apartarme bruscamente. Miré al techo, cada vez parecía más bajo. El gato con botas no dejaba de mirarme desde la rama del árbol—. Es un corte de nada.
—A veces me sorprende lo burra que puedes llegar a ser, con lo fina y elegante que pareces —soltó mi jardinero, tuteándome por primera vez.
—¡¿Cómo has dicho?! —exclamé. Lo miré estupefacta, negándome a dar crédito a mis oídos. Aquella osadía podía ser motivo de despido. Me percaté de que mi respiración era agitada y estaba empezando a sudar.
—Dame el brazo, venga —ordenó.
—¡Cómo te atreves a...! —no pude terminar la frase porque Adam me arrastró hasta la mecedora que descansaba en el fondo del cobertizo y, como si fuera una niña pequeña, me sentó sobre su regazo. Tenía una fuerza descomunal, así que no pude más que seguir temblando en silencio y ruborizarme hasta las pestañas, entre colérica y halagada. Las paredes del cobertizo se me antojaron demasiado estrechas.
—Aquí está —afirmó Adam rescatando un botiquín del caos de la estantería. Aprovechando el descuido intenté escapar, aunque no pude—. Vamos a ver —dijo para sí mientras examinaba la herida con una delicadeza sorprendente para unas manos tan rudas—. No parece muy profundo. A quién se le ocurre meter la mano por una ventana rota.
—¡Ay! —me quejé cuando me pasó un algodón impregnado en alcohol por la herida.
—Si te quedaras quieta no te dolería tanto —me reprochó.
—Quería salir, ¿sabes? No soporto estar encerrada y me estoy asfixiando. Aquí no hay aire suficiente.
—Pues antes de meter la mano ahí sin pensar podrías haber intentado salir por una ventana. Son pequeñas para mí, pero tú seguro que cabes. Todavía estás temblando, ¿sigues asustada por el golpe?
—No estoy temblando —gruñí medio asfixiada. Cada vez veía el cobertizo más pequeño.
—¿No? Pues entonces quédate quieta.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Quiero decir... ¡que no quiero! —solté con altanería y me crucé de brazos—. Y si no es mucho pedir preferiría que dejases de tutearme, resulta un exceso de confianza por tu parte.
—Perdone, no me había dado cuenta —contestó, sumiso—. Ha sido sin querer.
—Eso está mejor —rezongué satisfecha.
—De todas formas —se rió, y un atisbo de desobediencia cruzó su semblante—, si me permite el comentario, resulta muy graciosa cuando pone esos morritos. Dan ganas de morderla, con todos mis respetos —murmuró tímidamente, amedrentado por mis gestos de soberbia.
—¡Eres un atrevido! —grité.

Le empujé en señal de rechazo, aunque no logré moverle ni un centímetro. Su torso era tan contundente como una caja fuerte. Traté de ponerme en pie, pero Adam me cogió por las muñecas como si nada y atrapó mis piernas entre las suyas. Intenté forcejear, mas fue en vano. Su cara, surcada de bastantes arrugas para su edad, probablemente a causa del sol que tomaba en su trabajo, estaba muy cerca de la mía.

Demasiado cerca.

Atrapadamente vuestra,
Pamela

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El gato con botas

sábado, agosto 9


Queridos amigos virtuales,

Estaba confirmado: Adam me estaba evitando. Se le veía triste, iba de un lado a otro del jardín como un alma en pena y, en cuanto me veía salir por una puerta, se esfumaba entre los setos.

Convencida de que debía hablar con él para zanjar este asunto y arreglar las cosas, me propuse abordarle. Esperé agazapada, espiando tras los cristales. Mientras observaba, sentí mis súper poderes pamelísticos activarse. Controlé los movimientos de mi jardinero casi sin pestañear y, cuando entró en el cobertizo donde guardaba los enseres de jardinería, moví los tacones a cien metros por hora. El cobertizo sólo tenía una entrada, así que esta vez no podría escapar.

Mientras cruzaba a toda velocidad el sendero de piedras del jardín, procurando que mis tacones no se clavaran entre las baldosas, mi pamela salió volando y mi melena rubia se soltó al viento, haciéndome sentir como una leona atravesando la sabana en busca de su presa. Tan sólo unos metros me separaban de mi objetivo. ¡Entonces un gato negro cayó de la nada y se plantó en medio del camino! Jamás había visto uno de aquellos animales en mi jardín, ¡y tenía que aparecer justo en ese momento! Di un salto para esquivarlo y, mientras volaba, la cara de Samantha atravesó mi cabeza. Al aterrizar a semejante velocidad perdí un zapato y tuve que hacer un movimiento antinatural para no romperme el tobillo. Aquello me hizo perder el equilibrio por completo. Grité al embestir con el hombro la puerta del cobertizo, que rebotó contra la pared y se cerró con gran estruendo, pero grité aún más al darme cuenta de que me iba de cabeza contra la sonrisa dentada de un rastrillo.

Cerré los ojos. Sin embargo, el mordisco metálico no llegó. Me había parado en seco. Cuando miré vi a Adam con cara de susto, que me había detenido al vuelo y me sostenía en una postura que recordaba a la posición final de un baile de salón. Sus anchas manos me sujetaban sin esfuerzo.

—¿Se ha hecho daño? —dijo con su boca de pajarillo, muy preocupado.
—No. Creo que estoy bien... gracias a ti —contesté. Su cara quedaba lo suficientemente cerca de la mía para que resultara difícil concentrarse, pero intenté recordar el motivo que me había llevado allí. Lo recordé cuando vi que Adam me estaba mirando el escote—. Adam, venía a hablar contigo.
—Lo sé. Sé lo que quiere decirme —sentenció convencido.
—¿Ah, sí? —pregunté sorprendida.
—Sí. Que lo que pasó el otro día fue un terrible error, ¿verdad? —afirmó. Sus ojos se encendieron con la llama del deseo—. Yo también lo pienso.
—Exacto, fue un terrible error... —repetí cual autómata descerebrada. Aquella llama que ardía en sus pupilas me nublaba la mente. No podía pensar.
—Y que no puede volver a pasar. —Los labios de Adam pronunciaban las palabras con un tono de voz que parecía querer decir justo lo contrario de lo que estaban diciendo. Sus manos se cerraron a mi alrededor con más fuerza.
—No puede volver a pasar, no... —coreé, obnubilada, observando cómo Adam se me acercaba cada vez más sin poder hacer nada para evitarlo.
—Y que esto no está bien. Una mujer como usted y yo, su jardinero... —Su barba estaba a punto de rozar mi piel cuando, de repente, Adam se puso tenso y, con voz seria y cara de pesar, añadió—: No, esto no está bien. No está nada bien.

La llama de sus ojos desapareció. Adam me incorporó, me alisé el vestido y recuperé la compostura. Había tal tensión en el aire que si hubiera sacado el lápiz labial habría podido pintar en él. Era el momento de recuperar el control.

—Bueno —carraspeé—, en realidad había venido a hablar contigo de otra cosa.
—Lo siento —contestó Adam muy turbado. Me miró, aunque no parecía verme, y después se fue directo hacia la puerta del cobertizo. Los cristales rotos que cubrían el suelo crujieron bajo sus pies—. Debo irme.
—¿Estás bien? —le pregunté. Parecía realmente afectado.
—¡Maldita sea! —gritó Adam tras intentar abrir la puerta, y dio un violento puñetazo que hizo temblar las paredes del habitáculo.
—¡Oh! —respingué sobresaltada. El golpe había sido tan fuerte y me había cogido tan de improviso que me puse a temblar del susto.
—No puede ser... —suspiró Adam.

Se apoyó en la pared, abatido. En su espalda se dibujó la sombra de un felino. El gato se había subido a la rama de un árbol y nos miraba con interés a través de la ventana rota de la puerta del cobertizo. Se decía que un gato negro era señal de mala suerte, y éste además tenía una mirada espeluznante. Nos miraba como si fuéramos pajarillos con los que divertirse. Sin embargo, las patas del gato no eran negras, sino grises, de forma que parecía que llevase unas elegantes botas.

Adam se dio la vuelta con cara de circunstancias y me mostró la mano. En ella estaba el pomo de la puerta. Estábamos encerrados.

Enclaustradamente vuestra,
Pamela

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El don de Isabella

jueves, agosto 7


Queridos amigos virtuales,

Me subí las gafas de sol para espiar un rato desde detrás de la cortina. Hubiera sido mejor subir al piso de arriba, pero aún me temblaban las piernas cuando lo intentaba. El fantasma de Alfred todavía vivía por allí.

No parecía haber nadie vigilando la mansión, así que salí por la puerta de atrás, atravesé el jardín usando los setos para esconderme y, casi sin abrir la verja, llegué a la calle. Abrí la guía de Barcelona para huir discretamente como si fuera una turista confusa. Estaba segura de que tal como iba vestida nadie podría reconocerme porque había usado mi poder camaleónico para disfrazarme. En lugar de pamela me había cubierto la cabeza con un pañuelo anudado a la barbilla; en vez de tacones llevaba unas sandalias desgastadas que me había puesto, por lo menos, tres veces; y un vestido ancho ocultaba mi fantástica silueta, sin mencionar que no me había puesto maquillaje. Si alguien pretendía seguirme lo iba a tener muy difícil. Un arrebato de emoción me recorrió al pensar en mi intrepidez.

En cuanto llegué a la avenida tomé un taxi y me perdí entre el tráfico, camino a mi destino. Había decidido irme sola a la playa para relajarme y aclarar mis ideas. No me miréis así, queridos. Sé que es una locura salir como una transeúnte más, sin limusina ni guardaespaldas, disfrazada y siendo acosada por una familia de dementes, pero qué queríais que hiciera si el corazón me decía que debía concederme el antojo, y yo, pobre de mí, no tenía fuerzas para desobedecer sus designios.

Ya en la playa, pedí un cosmopolitan al garçon y fui al servicio, aunque al salir ya no era la misma que había entrado. Había vuelto a usar mi poder camaleónico y ya no llevaba vestido, sino un precioso bañador estampado de tulipanes que se abrazaba apasionadamente a mi cuello. El pañuelo se había convertido en una pamela adornada con flores y el tono de mis labios hacía juego de nuevo con el de mis párpados.

—¡Pamela! —gritó una voz. Era Isabella, la amiga de Alessandro, hecha un ciclón de energía—. ¿Cómo tú por aquí? Oh, qué gusto verte. A ver, ponte de pie —me pidió cogiéndome de la mano. Cuando me levanté sentenció—: Absolutamente maravillosa. ¿Puedo sentarme contigo, verdad? No sabes cuánto me apetece. Camarero, tomaré lo mismo que ella —gritó—. Es que tiene muy buena pinta, querida.
—¿Cómo estás? —pregunté cuando Isabella se detuvo a respirar.
—Mmmm... Me gusta que me hagas esa pregunta porque suena sincera en tus labios, ¿sabes? Hoy en día la gente ya no pregunta como están los demás con sinceridad. Es una pena que se haya convertido en una fórmula sin sentido. El típico qué tal que no pretende saber en realidad como te encuentras ni nada —explicó poniendo los ojos en blanco—. Pues querida, estoy bien, aunque siempre se puede estar mejor, claro. Ya sabes que soy una pobre inmigrante africana que nadie quiere aquí —dijo escandalosamente en tono jocoso, gesticulando con las manos—. Pero hablemos de ti: ¿cómo estás?
—Yo muy bien.
—¡Oh! ¿Y cómo se llama ese bien? —indagó con ojillos risueños y aquella sonrisa traviesa suya, poniéndome los dedos sobre la mano y quedándose en silencio, como si se hubiera quedado congelada de repente.
—¿Eh?, o sea, ¿qué quieres decir?
—Venga, no te hagas la tonta, Pamela, que lo veo en el brillo de tus ojos. Estás con alguien. ¿A ver?, mírame. —Sus ojos negros se anclaron en los míos, desnudándome. Sin embargo su mirada no resultaba incómoda—. Mmmm, ¡qué diablesa! ¡Pretendías ocultárselo a Isabella! Sí, se ve claramente que hay alguien, y me alegro mucho por ti, querida. ¿Tienes una foto suya?
—¿Cómo lo haces? ¿Eres adivina o algo así?
—¡Pero claro que no! —soltó una estruendosa carcajada—. Simplemente tengo los ojos abiertos y soy intuitiva.
—Isabella, eso no es intuición.
—Que sí, Pamela. Es intuición echándole un poco de imaginación.
—¿Para qué quieres una foto suya? —indagué.
—Te lo digo si no se lo cuentas a nadie. Es que me da vergüenza, ¿sabes? Yo en realidad soy muy tímida.
—Tranquila, sé guardar un secreto —aseguré.
—Pues verás, es que tengo un pequeño don —susurró, acercándose a mí y mirando hacia los lados. Sus trencitas se mecieron al son de su cabeza.
—¿En serio? ¿Cuál?
—¡Oh, qué vergüenza! No tenía que habértelo dicho —se mordió los labios, arrepentida.
—¡Ahora tienes que contármelo! —exigí.
—Mmmm, pues... Pero es insignificante, ¿eh?
—No importa.
—Verás, es que al ver la cara de un hombre puedo saber cosas de él.
—¿Qué cosas?
—Puedo saber, entre otras cosas —me susurró al oído—, como son sus atributos.
—¿Sus atributos?
—Sí, ya sabes, sus atributos masculinos —insinuó con una sonrisa, mirando al suelo con fingida ingenuidad. Sus dientes se veían radiantes en contraste con su oscura piel. Su expresión era como la del gato de Cheshire.
—¡¿Qué?! —me atraganté con el Cosmopolitan.
—¡Lo sé! ¿No es absurdo? Me pasa desde adolescente. Veo la cara de un hombre y ¡zás!, lo sé todo: tamaño, forma... todos los detalles. Da igual quién sea. La verdad es que no es un don muy útil, pero es el que me ha tocado a mí. ¿Qué le voy a hacer?
—¡¿Hablas en serio?!
—Totalmente.
—Qué impacto —me dije. Mis vellos organizaron una fiesta sobre mi piel mientras meditaba las posibilidades de semejante don—. ¡Qué emocionante! Ojalá yo tuviera un don tan extraordinario. Yo no tengo poderes sobrenaturales.
—¿Te parece extraordinario? —se sorprendió Isabella.
—Desde luego. Cualquier don sobrenatural lo es.
—Y yo creyendo hasta ahora que era simplemente ordinario, sin extra —carcajeó.
—¡Si eres como una súper heroína!
—Querida, ¡no se puede salvar a nadie con un don como ése!
—¡Claro que se puede! O sea, puedes prevenir a tus amigas antes de que salgan con el hombre inadecuado y salvarlas de decepciones amorosas, ¿no? ¿Te parece poco?
—Nunca me lo había planteado así —meditó.
—Ten, aquí está la foto —busqué en mi bolso, nerviosa—. Se llama Adam.
—¿Es reciente? —inquirió Isabella al mirar la foto.
—Sí.
—Estoy confusa —afirmó con seriedad—. Por la foto diría que este hombre está increíblemente triste por culpa del amor. Diría que ha sufrido una decepción amorosa recientemente, tan grande que incluso sus atributos sexuales han dejado de funcionar. Pero no puede ser si está contigo. Lo siento, Pamela. Me parece que hoy mi don está estropeado.

¿Pero y si no lo estaba? A mí también me había parecido otear cierta tristeza en la actitud de Adam estos últimos días e incluso le había descubierto evitándome. ¿Y si por eso no había querido hacerme suya? ¿Sufría Adam los estragos de un fracaso amoroso?

Curiosamente vuestra,
Pamela

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Piruetas en el aire

lunes, agosto 4


Queridos amigos virtuales,

No entendía absolutamente nada. ¿Quién era esa gente y qué quería de mí? Primero Samantha, luego James y ahora ese hombre del ojo de cristal que había aparecido en mis recuerdos. El mismo que aparecía en la fotografía de la cartera de James. No había duda, los dos niños que estaban con él en la imagen tenían que ser ellos. Samantha debía tener unos tres años y parecía una niña tímida por cómo se agarraba al cuello de aquel hombre, aunque incluso de pequeña tenía esa mirada inquietante. James, en cambio, ya parecía osado con apenas diez o doce años, y tenía en los ojos aquella picardía revoltosa.

Saqué la foto de la cartera con manos temblorosas y comprobé si había algo escrito en la parte de atrás. Ponía "Philippe, Sammy y Valentino. París". Philippe debía ser el hombre del ojo de cristal. Quizá era algún familiar. Busqué otras fotografías en la cartera que pudieran darme más información, pero sólo encontré imágenes en las que aparecía Valentino de adulto con gente que debían ser amigos suyos. Por si acaso, lo fotografié todo con mi cámara digital, incluida la documentación personal de James. Sí, ya sé que hacer eso no estaba bien, queridos, pero me habían dado motivos para ser ilegal y mi detective interior ya andaba suelta por mis venas.

Necesitaba respuestas, y sabía muy bien por dónde empezar.

Cuando llegué al aeropuerto, Bernard me esperaba apoyado en la avioneta con la parsimonia de siempre. Era hombre de pocas palabras. Su aliento y sus manos desprendían siempre un fuerte olor a tabaco negro, pero hacía tantos años que pilotaba para mí que estaba dispuesta a pasar por alto aquel defecto. Gozaba de mi total confianza, así que cogí su mano y subí a la avioneta. Mi invitado no tardó en aparecer en su deportivo.

—¿Querida, puedes decirme qué hacemos aquí? —indagó mi cirujano plástico al bajar del coche.
—¿No es evidente, mi querido Michael? —contesté. No pude evitar que se intuyera una amenaza latir en mi voz—. Me apetecía dar un paseo en avioneta por el cielo de Barcelona. Marco y yo siempre lo hacíamos.
—Llámame loco si quieres, querida, pero resulta un poco —se detuvo para pensar la palabra—: raro que desaparezcas tres meses y luego me llames para dar una vuelta en avioneta.
—Quería hablar contigo y me pareció buena idea charlar en el aire, ¿no lo es? —mencioné con aparente ingenuidad. Me sentía como una bruja de cuento embaucando a un suculento niño.
—No sé qué te ocurre, pero esta no es mi Pamela —sentenció frunciendo los labios—. Quiero que vuelva la otra, la de siempre. Ahora pareces más... no sé, siniestra. Tienes algo en la mirada que me pone los pelos de punta.
—¡Pero qué dices, querido! —me reí a carcajadas, poniéndole la mano en el hombro para darle confianza, aunque sin darme cuenta le hinqué las uñas. Sin embargo, el astuto Michael tenía toda la razón. Tenía que hacerle subir a la avioneta si quería volver a confiar en él. No podía hacer otra cosa. Tenía que estar segura—. ¿Quieres subir de una vez? Se nos va a hacer tarde. Anda, sé bueno.
—¿Seguro que no te pasa nada? —insistió Michael mientras entraba en el aparato desconfiadamente, como Hansel en la casa de galletas. El portazo que dio Bernard al cerrar le hizo dar un salto y se golpeó la cabeza—. ¡Au!
—Siéntate. ¿No querrás hacerte daño? —le advertí sonriente.

Volar sobre Barcelona siempre me había hecho sentir como un hada volando en libertad, aunque hoy no era un hada, sino una bruja taimada volando sobre su escoba. La ciudad vista desde el aire era una verdadera preciosidad. Michael no dejaba de mirarme de soslayo como esperando que algo malo fuera a pasar. Y estaba en lo cierto: algo malo iba a pasar. Pasábamos muy cerca de la Torre Agbar cuando hablé.

—Michael, tengo que hacerte una pregunta —sugerí mientras acariciaba la rosa roja de mi escote. Mi voz sonó verdaderamente siniestra.
—¿Cuál? —inquirió tembloroso.
—Es importante que medites bien tu respuesta —apunté con desesperante tranquilidad.
—¡¿Pero qué te pasa?! Estás empezando a asustarme.
—No tienes por qué tener miedo. Al menos no si dices la verdad —sonreí, y el Rouge Dior de mis labios resplandeció.
—No sé de qué va esto, pero quiero bajarme del avión ahora mismo —se quejó. Sus músculos estaban tensos.
—Michael, quiero que me digas qué te traes entre manos con Samantha —ordené.
—¿Qué?
—Contesta. ¿Estás con ella?
—¿Te has vuelto loca? Quiero bajar. Dile al piloto que aterrice —gruñó mientras intentaba soltarse los cinturones de seguridad.
—Yo de ti no haría eso, querido. Bernard, es el momento —le dije al piloto mientras me sujetaba la pamela con tranquilidad. La avioneta se inclinó poco a poco hasta que nos quedamos boca abajo y Michael se puso a gritar. Al cabo de unos segundos habíamos dado una vuelta completa.
—¡Tú no estás bien de la azotea! —gritó Michael enfadado—. Pamela, no me gustan estas bromas. Sabes muy bien que me mareo y lo paso fatal.
—Esto no es ninguna broma, querido. ¡Contesta! ¡¿Estás con Samantha o no?! —exploté.
—¡Pero qué dices!
—Bernard, parece que mi invitado quiere que le des otra vuelta —sugerí a mi piloto como quién pide otra taza de té.
—¡No, por favor! —imploró Michael. Pero ya era tarde. Bernard había comenzado a trazar en el aire un tirabuzón horizontal. Michael empezó a ponerse blanco y añadió—: Creo que voy a vomitar.
—Oh, no te preocupes, aquí tienes una bolsa —le ofrecí con una sonrisa—. ¿Y bien, vas a decirme si estás con Samantha o quieres otra pirueta? Bernard las hace muy bien. Como has podido comprobar es todo un experto.
—Sabía que estabas un poco desquilibrada tal vez, pero esto ya es demasiado.
—Bernard —sugerí otra vez, alzando las cejas con fastidio.
—¡No! —exclamó Michael con la mano extendida—. ¡Está bien, te diré lo que quieras! No, no estoy con Samantha. ¿Todo esto es por el beso que me dio en mi despacho?
—No, es por mucho más —contesté con rabia—. Es el momento de que me digas todo lo que sepas.
—¿Todo lo que sepa? ¡Sobre qué!
—Sobre Samantha y su plan, evidentemente.
—¿Su plan? ¿Pero de qué demonios hablas?
—Michael, no estoy bromeando. Esa mujer se trae algo entre manos, ella y su familia, y quiero saber que es.
—Hablas en serio —entendió al fin.
—Completamente.
—Mira, Pamela, te estoy diciendo la verdad. No sé de qué va todo esto. Aquél día cuando entraste en mi despacho Samantha se lanzó a besarme de repente. Hacía rato que coqueteaba conmigo, como siempre, pero jamás pensé qué fuera a hacer algo así. Y eso fue todo lo que ha pasado entre nosotros —explicó. Parecía sincero—. El hombre con el que viniste, Valentino, es su hermanastro por parte de madre. Es un elemento de cuidado, pero supongo que eso ya lo sabrás puesto que lo conoces. Samantha y él no parecen llevarse muy bien. Ella es francesa como su padre y él creo que es italiano. Tienen padres distintos. Su madre es española, por eso están aquí. Y eso es todo lo que sé.
—Querido, tengo que contarte algo —anuncié.

Narré mis sospechas sobre Samantha desde el principio, el día que descubrí que ella era mi admirador secreto, la conversación que escuché desde debajo de la mesa de su secretaria y los últimos descubrimientos con Linus. Al principio Michael me miraba estupefacto, como si le estuviera contando una película que no era capaz de creer, pero al final su expresión cambió y se tornó seria.

—Pamela, no puedo con tu vida —aseguró, muy afectado.
—Querido, siento mucho haberte tratado así —me disculpé con lágrimas en las pestañas—, pero tenía que hacerlo para saber que decías la verdad. Había perdido la confianza en ti, ¿entiendes? Por eso me he comportado como una majareta. ¿Me perdonas?
—¡Oh, pues claro! Mira que eres tonta —dijo él con intención de abrazarme. No pudo porque las correas de seguridad nos impedían movernos. Me cogió de la mano y nos echamos a reír tontamente. Una vez en tierra nos dimos un afectuoso abrazo.
—Te he echado tanto de menos, querido —gimoteé.
—Tengo que reconocer que has bordado tu papel. ¡Dabas un miedo terrible! En verdad parecía que te habías vuelto loca.
—Lo sé —sonreí, gozosa—, tengo un don para la investigación. Creo que se me daría muy bien ser la policía mala. —Entonces recordé que llevaba encima la fotografía de James—. Oh, Michael, una cosa más: ¿reconoces al hombre de esta fotografía? —pregunté señalando a Philippe, el hombre del ojo de cristal.
—Sí, Samantha me enseñó esa misma foto. ¿Cómo es que la tienes tú? Oh, déjalo, no quiero saberlo. Ese hombre es el padre de Samantha.

Mi mente dio una voltereta más mirando la fotografía. ¡Dior mío! ¡El niño al que le había pegado la patada en el museo por levantarme la falda era James! El destino se estaba trenzando de una forma tan atroz que tuve que tomarme un martini con urgencia. Cuando rodó por la copa de camino a mi garganta, la aceituna se convirtió en otro interrogante: ¿acaso tenía algo que ver mi familia con aquella gente?

Malignamente vuestra, aunque algo mareada
Pamela

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El zapato de Cenicienta

viernes, agosto 1


Queridos amigos virtuales,

No me creía lo que había hecho. Sin asomo de pudor había seducido a mi jardinero como una Mata Hari acostumbrada a devorar a los hombres. Y en lugar de estar avergonzada, como cualquier dama que se precie hubiera hecho, me sentía orgullosa. De hecho estaba tan relajada como no lo estaba desde hacía tiempo. Al final Linus tenía razón y lo que necesitaba era un gran momento de relax.

Mis pies se mecían en el agua de la piscina trazando pequeños círculos mientras el sol hacía que mi piel se tornara aún más morena. El lazo de mi bañador se movía cada vez que un soplo de brisa lo acariciaba. Y encima una maravillosa copa de fresas impregnadas en martini me inundaba el paladar cada vez que yo quería. Aquello sí que era relax.

¿Estaba dormida? ¿Estaba sumida en un sueño? ¿O acaso sufría de nuevo una extraña alucinación? Eso pensé cuando vi que el mismísimo James aparecía en el jardín y venía hacia mí con una sonrisa socarrona. Iba vestido con ropa informal en lugar de ir enfundado en un traje como siempre. En la mano llevaba un zapato de tacón. Se agachó a mi lado y me sacó un pie de la piscina.

—Si me permite, hermosa dama —dijo con voz seductora sin apartar sus ojos azules de los míos.

¿Azules? Pero si estaba convencida de que los ojos de James eran verdes. De un increíble verde esmeralda. Lo recordaba perfectamente. Estaba tan estupefacta que no pude decir nada. Aún no estaba segura de que fuera real, así que le dejé actuar. Con gran delicadeza enfundó mi pie mojado en el zapato. Su tacto me pareció real, porque la piel me ardió, como siempre que él me tocaba.

—Sí, está claro que sois la damisela que andaba buscando. Es suyo este zapato de cristal, ¿no es así? —preguntó con sus grandes labios.

Miré el zapato. Lo cierto es que me resultaba familiar. Sí, aquel tacón de aguja era mío sin ninguna duda. Era el zapato que perdí cuando salí corriendo el último día que estuve con James, el día en que le besé en la clínica de Michael.

—Parece que al fin he encontrado a Cenicienta —añadió, risueño.

Un fogonazo de ira se metió en mi cuerpo a través de mis enormes gafas de sol. ¿Cómo se atrevía a colarse en mi casa sin permiso el hermano de Samantha? ¡Qué intolerable desfachatez! ¿Pero quién se creía que era?

Me levanté lenta e implacablemente, notando cómo iba perdiendo el control. Le miré con desprecio mientras me arrancaba el zapato del pie. Con un rápido movimiento, se lo tiré. Después le empujé y empecé a gritarle cosas que ni yo misma entendía, tantas eran las palabras que se me agolpaban en la lengua. James cayó de espaldas, asustado por mi reacción. Se levantó como pudo y salió corriendo.

—¡Largo! —fue lo único que se entendió del galimatías que grité.

Me quedé ahí de pie, alterada, sin saber con certeza si todo aquello había sido real. Pero una cosa me demostró que sí lo había sido: a James se le había caído la cartera. La cogí y vi varias fotografías. En una de ella se veía a un hombre en compañía de unos niños. Un latigazo me perforó la pamela y vi un hombre en mi mente. Era un hombre con un ojo raro, un ojo que no se movía porque era de cristal. Sobreponiéndome al fuerte dolor de cabeza, miré la cartera otra vez. El hombre de la fotografía de James era el mismo hombre que había visto en mi cabeza, el mismo del que había hablado en la sesión de hipnosis con mi psicoanalista, el que cuando era pequeña me encontró en aquel museo francés, el que había discutido con mi padre por un escarabajo.

Devastadamente vuestra, y enterrada bajo los escombros de la memoria
Pamela

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Cóctel: Daiquirí Floridita

martes, julio 29


El Daiquiri —o Daiquirí, como se llamaba antes de pasar al inglés y perder la tilde— es una bebida cuya base se compone de lima y ron endulzado. La historia más popular cuenta que se inventó en 1896, cuando un ingeniero americano llamado Jennings Cox que trabajaba en una mina cercana a Santiago de Cuba lo mezcló buscando una bebida adecuada a sus propósitos. Fue uno de sus compañeros de trabajo, un ingeniero italiano llamado Giacomo Pagliuchi, quien lo bautizó con el nombre de aquella mina: Daiquirí.

En realidad, según me contó Alessandro, la base de aquella receta ya estaba inventada desde mucho antes, porque había una bebida similar, aunque distinta, que tomaban los marineros británicos en sus barcos llamada Grog, muy común en el Caribe, que consistía en ron mezclado con lima o limón, especias como la canela o el clavo, y agua endulzada. Después, con la llegada del hielo, simplemente se sustituyó el agua.

Aunque comenzara algunos años antes, la verdadera expansión del Daiquiri se produjo a partir de 1914 cuando un español llegó al famoso bar Floridita de La Habana: el cantinero catalán Constantino Ribalaigua, natural de Lloret de Mar. Él, con ayuda de una máquina de moler hielo recién traída de los Estados Unidos, creó el famosísimo Daiquirí Floridita. Su toque especial: una cascada de suave hielo frappé coronada por unas gotas de marrasquino. El cóctel dio la vuelta al mundo de mano de todas las celebridades que, al visitar Cuba, pasaban por el Floridita llevándoselo consigo. Entre dichas personalidades estaba el ilustre Ernest Hemingway, que fue con toda seguridad el mayor de los impulsores del Daiquirí a través de los veinte años que acudió a tomar el cóctel. Una estatua del escritor saluda solemnemente a los visitantes todavía en el Floridita de La Habana, dando fe de que así fue.

Sin embargo, el Floridita ya existía mucho antes de que naciera el Daiquirí. Al principio se llamaba La Piña de Plata, y fue con la llegada del hielo, poco después del 1770, cuando brilló en todo su esplendor y se convirtió en uno de los locales más famosos de todo el Caribe. El ron, eterno licor cubano, esperaba en los barriles para crear un extenso abanico de bebidas exóticas al mezclarse con horchatas, helados y refrescos. Al cumplir cien años, en 1898, el local se puso de celebración coincidiendo con el reconocimiento español a la autonomía cubana, siendo rebautizado con el nombre de La Florida en honor a un territorio español de Norteamérica. No sería hasta años después cuando se convertiría en la catedral del Daiquirí.

En la actualidad, a parte del Clásico y el Floridita, existen Daiquiris de muchos sabores porque se suele mezclar con frutas exóticas como mango, fresa, piña o banana. El que yo os voy a anotar aquí, no obstante, es el Floridita, en honor a tan famoso local de La Habana, en Cuba.

Daiquirí Floridita- 2/3 parte de ron blanco [4.5cl.]
- 1/3 parte de zumo de lima [2cl.]
- Una cucharadita de azúcar
- Hielo
- 5 gotas de marrasquino
- Unas notas de habanera
- Adorno: dos pajitas cortas
- Cristalería: copa de martini
- Tomar: antes de comer

Mezclar los ingredientes, excepto el marrasquino, en una batidora. Batir intensamente durante treinta segundos hasta que el hielo esté a punto de nieve, momento en que se considera frappé. Verter en la copa y manchar la nieve con unas gotas de marrasquino. Acompañar de dos pajitas cortas. Ideal para beberlo con un pirata del Caribe dispuesto a asaltarte el corazón al son de ritmos de La Habana.

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Volcán en erupción

lunes, julio 28


Queridos amigos virtuales,

Aunque debo confesaros que me reí varias veces al releer las locuras de James, metí la carta en un cajón y decidí olvidarme de ella. Decididamente, ese hombre estaba loco de remate. Después tuve la necesidad de llamar a Alessandro y le pedí que me contara en qué consistía un daiquiri y lo que sabía acerca de él. No tardé en sentir unas irrefrenables ganas de tomarme uno, así que, mientras hablaba por teléfono, fui al mueble bar y lo preparé. Me lo llevé a la boca mecánicamente, sin ser consciente de lo que hacía, pero cuando el líquido rozó mis labios sentí un éxtasis indescriptible. El primer sorbo me llevó al segundo, distraída con la conversación, y antes de darme cuenta la copa estaba vacía.

Entonces me percaté de lo que había hecho. ¡Linus me había prohibido tomar cualquier tipo de bebida alcohólica! La culpabilidad hizo mella en mi espíritu inmediatamente. En cualquier caso lo hecho, hecho estaba, por lo que no le di más vueltas y lo coloqué todo en su sitio para hacer ver que aquello no había sucedido. Mi cuerpo, en cambio, no opinaba lo mismo. Como llevaba tantos días sin beber, aquella copa se me subió a la cabeza con la fuerza de un tornado e hinchió mi pecho con un fuego abrasador. Las manos me temblaron conforme el corazón se me llenaba de valor.

—Me marcho ya —anunció Adam, que había entrado en casa para despedirse. Estaba algo abatido. Lo sabía porque hacía días que no silbaba al trabajar.
—¿Antes puedes venir un momento, por favor? —contesté. Mi voz sonó distinta, como desbordada de seguridad.
—Claro. ¿Qué pasa? —inquirió Adam con la cabeza gacha. Desde que me había visto los senos no osaba mirarme a la cara. O quizá era porque estaba avergonzado por la pelea.
—¿Por qué ya no me miras a los ojos?
—Lo siento, es que me da un poco de vergüenza.
—¿Es por la situación incómoda del otro día?
—Puede ser —titubeó.
—Mírame —ordené. Él obedeció lentamente, aunque no tardó en apartar la vista otra vez. Me acerqué y alcé su barbilla. Tenía una mandíbula espectacular—. Mira, yo no quiero que te sientas incómodo conmigo, así que vamos a tener que arreglar esto de alguna forma. ¿Se te ocurre cómo?
—No. Supongo que ya se me pasará —conjeturó. Se notaba que le estaba costando un gran esfuerzo mantenerme la mirada, aun obligándole con la mano.
—¿Supones? Eso no es suficiente —sentencié mientras le observaba de arriba abajo. Era un increíble espécimen de varón humano, hermoso y viril.

Con paso sereno, fui a la puerta y la cerré con llave. Adam se quedó paralizado. Entonces supe que era más fuerte que él. De alguna manera, como si fuera una vampiresa psíquica, había absorbido toda la seguridad que hubiera a un kilómetro a la redonda y tenía a mi jardinero presa de un poderoso hechizo.

Regresé a su lado y me situé a tan poca distancia que mi nariz casi rozaba su barbilla. Con movimientos pausados a la par que harmónicos, tomé sus grandes manos y, con un descaro del que nunca me hubiera creído capaz ni en mis más atrevidos pensamientos, las situé encima de mis pechos. Casi se podía palpar el latido de nuestros corazones en el ambiente.

Aquel instante se convirtió en una pequeña eternidad plagada de matices que vibraron en forma de pequeñas chispas danzarinas. Su pista de baile eran nuestros ojos, y el aire que desprendían sus pasos salía disparado a través de nuestra respiración.

Adam no pudo aguantar más la tensión. Sus labios devoraron los míos con tanta fuerza que su barba se clavó en mi piel como un milagro y, con el ímpetu de un búfalo, puso sus manos en mis piernas y me lanzó sobre él. Yo me colgué de su ancho cuello como Jane sobre Tarzán al saltar de liana en liana. Después me sentó sobre la mesa y de un tirón desgarró mi vestido y mi sujetador, dejando mis senos a merced de su apetito sin fin. Aquello me encendió como una estrella fugaz.

Adam devoró cada centímetro cuadrado de mi cuerpo con tanta ansia que a veces incluso me clavaba los dientes. No obstante, aquello no conseguía sino encender mi fuego todavía más. Deseé que me hiciera suya por encima del bien y del mal, mas no lo hizo. Siguió devorando mi carne sin límite sobre la mesa, como si fuera el único plato que necesitaba para saciar su hambre, hasta que estuve a punto de perder el conocimiento y exploté como un volcán.

A ti, mi ardiente Adam, te dedico este suspiro de papel.

Enardecidamente vuestra, y colapsada de placer
Pamela

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Carta de James

sábado, julio 26


Querida Pamela,

Lo admito: te mentí. ¿Pero qué esperabas? Cuando te conocí en Praga no sabía si eras una loca que se dedicaba a romper parejas o sólo la damisela encantadora que parecías ser. No te traduje todo lo que dijo aquella mujer. ¡Y me besaste en un ascensor sin apenas conocerme! Reconoce que no daba la impresión de que estuvieras muy equilibrada. Por eso te dije que me llamaba James en lugar de decirte mi verdadero nombre. Luego una cosa llevó a la otra y, cuando me di cuenta, me había metido en mi propia trampa. ¡Perdóname! ¿No irás a condenarme a vivir sin tu presencia para siempre por eso, no? Venga, tienes que reconocer que no te lo pasas tan mal conmigo.

Has de saber que decidas lo que decidas yo estaré ahí para no acatarlo y echarle un poco de sal a tu vida. ¿Acaso crees que te librarás de mí tan fácilmente? No eres tan ilusa. ¡Seguro que no te das cuenta de lo hermosa que eres! ¿Quién estará ahí para recordártelo, sino yo? Pamela, anda, no seas tonta y pon un James en tu vida. Vale, está bien, no me llamo James, sino Valentino. Ése es mi verdadero nombre. Es un nombre italiano, ¿sabes? Soy italiano, y como buen romano no me rindo fácilmente.

No puedo prometerte nada porque, al fin al cabo, soy un hombre sencillo. No voy a engañarte: es verdad que tengo poco que ofrecer. Pero, si me dejas verte, puede que sea quién que te haga sonreír cuando estés triste o quién devuelva el brillo a tus ojos cuando las cosas no vayan bien. Además, no puedes desaparecer sin más después de darme un beso como el que me diste la última vez que te vi. ¡Ten piedad!

Empecemos de cero, ¿quieres? Me llamo Valentino, Valentino Pagliai. Encantado de volver a verte.

Un sincero beso de caballero en el dorso de tu mano,
James

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